Desde el principio de la historia los humanos hemos intentado afiliarnos a un grupo que nos proporcione un sentimiento de pertenencia y nos proteja del otro. El otro es el ajeno, el extraño, el que viene de lejos. El otro es quien tiene una lengua, religión o costumbres diferentes. Sin embargo, pocas veces reflexionamos por qué alguien que ha sido “de los nuestros” se aleja y se convierte en un otro.
Hace unos años se puso de moda en el mundo anglosajón el concepto de la “cultura de la cancelación” (“cancel culture”), que consiste en expulsar públicamente a los transgresores de lo establecido. En este momento de la historia estamos asistiendo a otro fenómeno, llamado en inglés “otherization”, y que podemos traducir como “otrorización”. Mientras la cancelación se basa en la expulsión del otro, la otrorización es el alejamiento de uno de los nuestros ante la imposibilidad de dialogar con el poder.
La cancelación del diferente ha sido una constante en la historia de la humanidad. En algunos casos el rechazo se dirigía hacia una persona, como en la novela “La letra escarlata”, de Nathanael Hawthorne, ambientada en la puritana Nueva Inglaterra del S.XVII, donde Hester Prynne es declarada culpable de adulterio y obligada a llevar en público la letra “A” en su ropa por negarse a desvelar la identidad del padre de su hija. En otros casos, la cancelación del diferente afecta a enteros grupos humanos, como en los genocidios que sufrieron millones de personas a lo largo del siglo XX. En la mayor parte de los casos los autores intelectuales acompañaban a la persecución argumentos difundidos públicamente para justificar la barbarie.
El pensamiento subyacente a la cancelación se describe en el libro de Wilhem Reich de 1933 “Psicología de masas del fascismo”, reeditado recientemente en España. Esta obra analiza magistralmente la manipulación ejercida por los líderes totalitarios no tanto porque posean una brillante capacidad dialéctica o intelectual, sino porque las masas aceptan pasivamente sus dictados. Por desgracia, el siglo XXI sigue siendo testigo de la cancelación del diferente tomando como excusa la identidad étnica o religiosa, como en el caso de los cristianos en algunos países del mundo o de los musulmanes rohingya en Myanmar.
En estos momentos estamos asistiendo a una creciente debilitación de la sociedad civil yal declive de las organizaciones sociales, sean estas políticas, religiosas, sindicales o de cualquier otra naturaleza. Estas instituciones servían tradicionalmente como identificación, interlocución y defensa de los ciudadanos. La ausencia de estructuras intermedias ente el poder y el individuo conduce a la asimetría de la capacidad de reacción de los individuos frente a la autoridad.
Ante el exceso de información a menudo contradictoria y difusa, los nuevos líderes convencen a la ciudadanía de que conocen las preguntas que plantea nuestro mundo, por lo que pueden ofrecer las respuestas. En estos tiempos de pandemia quienes disienten tienen poca capacidad de oposición porque la comunicación virtual permite ignorar los mensajes no deseados. Por ello, al igual que debemos oponernos a la cancelación del otro defendiendo todas las identidades, también debemos resistir a la otrorización y seguir cultivando el pensamiento crítico. Como diría Juan José Laborda, el disenso es el único camino para construir el consenso.