La mayoría pro comunista del Parlamento acusa al Presidente de llevar una política que perjudica al país e intenta por medio del “impeachment” de destituirlo. El presidente disuelve el parlamento y éste se subleva contra el Presidente, acudiendo a las armas.
El Presidente, al mismo tiempo el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, llama al ejército y le manda a desalojar la sede del Parlamento por la fuerza militar. Empieza un tiroteo. Los seguidores de los rebeldes parlamentarios intentan asaltar la TV y algunos centros administrativos de la capital.
En los enfrentamientos armados muere gente. Entre las víctimas hay personas inocentes que no tienen relación alguna con las partes enfrentadas en un conflicto político transformado en un inicio de la guerra civil.
El ejército logra acabar con la rebelión y los cabecillas son juzgados y encarcelados. El Presidente gana a la oposición por la fuerza y prosigue con su política de las profundas reformas que necesita el país, sumido en la corrupción y en la resistencia de las élites políticas y económicas a los cambios que está promoviendo el Presidente.
Lo que estoy describiendo no es lo que puede suceder muy próximamente en los Estados Unidos de América. Todo esto ya ocurrió hace 28 años. Y no en EE.UU, sino en Rusia. Y el Presidente no es Donald Trump, sino Boris Yeltsyn. El rebelde Jefe del Parlamento no es la venerable Sra. Pelosi, sino el “ex camarada” Jasbulatov. Y el Vicepresidente traidor no es el religioso jurista Mike Pence, sino el general de aviación Alexander Rutskoy.
Como puede ver el lector, los sucesos que tuvieron lugar hace casi treinta años en Rusia son bastante parecidos a los hechos que se están produciendo en los Estados Unidos de hoy. Aunque el contenido de las reformas de Boris Yeltsyn en la Rusia de entonces y el de las de Donald Trump en la América actual son sustancialmente diferentes.
El Presidente ruso estaba intentado convertir a la Rusia heredera de la totalitaria Unión Soviética en un país libre y democrático. Y lo que está intentando el Presidente norteamericano es no dejar que su país emprendiera el camino hacia un socialismo-comunismo del que con numerosas víctimas y enormes sacrificios había logrado escapar el pueblo ruso.
Pero aunque el contenido de ambas reformas no fuera igual, el objetivo sí que era el mismo: reformar y mejorar sus respectivos países para el bien de sus ciudadanos.
Y ambos presidentes reformistas se han enfrentado a la igual resistencia anti democrática y egoísta de las élites en sus países, acostumbradas a poner sus intereses y privilegios por encima del bien y del interés común de sus pueblos.
Ya he comentado en mi artículo anterior (1) bajo el mismo título que el presente (2), cómo fui un testigo presencial del acoso que estaba sufriendo el presidente Yeltsyn por los opositores políticos y por los medios de comunicación rusos a los que él mismo había garantizado la máxima libertad, jamás existente en el régimen comunista anterior.
Un acoso bien parecido de los medios de comunicación al presidente Trump estamos viendo hoy en día. Y no sólo en los propios Estados Unidos, sino a nivel mundial.
He vivido más de treinta años en la URSS y he visto lo que es el totalitarismo, la censura, la flagrante violación del derecho a la libre expresión y de otros derechos individuales en el país del comunismo triunfante. Pero jamás he podido imaginar que algo parecido podría haber sucedido en la “Ciudadela” de la democracia mundial y en otros países que presumen de ser “democráticos”.
Silenciar al Presidente de una potencia más poderosa del planeta, quitarle el derecho constitucional a reclamar el fraude electoral en su propio país, hasta ahora un ejemplo para otros países democráticos. Acusarle de todos los males existentes y no valorar prácticamente nada positivo de su legislatura de cuatro años, durante la cual el paro había alcanzado los mínimos históricos, los soldados norteamericanos no participaron en ninguna guerra fuera de sus fronteras y, gracias a la política pacificadora de la administración Trump, varios países árabes entablaron las relacionas diplomáticas con su hasta hace poco el enemigo acérrimo – el Israel.
Es evidente que durante el gobierno de Donald Trump el nivel de vida del pueblo americano se ha mejorado sustancialmente y se han rebajado enfrentamientos y tensiones en varios puntos “calientes” de la palestra internacional. Pero la “libre” y “objetiva” prensa democrática mundial lo ignora por completo.
Repito, yo jamás podría imaginar la tan unánime manipulación de los hechos, sólo comparable con la que he visto y he vivido en la época soviética.
¿Qué, entonces, ha pasado y se está pasando en la Gran América y en los países democráticos del mundo entero para que algo parecido hubiera podido suceder? ¿Quién está orquestando esta campaña “anti Trump” y contra la libertad en general a nivel planetario? ¿Cómo es posible que la opinión pública, la mayoría de los políticos, intelectuales y periodistas en los países considerados “democráticos” – incluida España – no protestan contra este evidente ataque a las instituciones básicas del sistema democrático mundial? ¿Hacia dónde va a evolucionar el “mundo libre” si el Presidente Trump pierde finalmente su batalla contra las élites políticas “capitalinas” y contra los magnates del dinero y de la información?
Si no seamos capaces de reflexionar y buscar las respuestas a estas y otras preguntas del mismo contenido, no podremos llamarnos unas personas “libres”, ni ser merecedores de la propia Libertad.
Dijo un sabio que la historia suele repetirse, pero ya en forma de una farsa. Más farsa que la que se puede observar en estos momentos es difícil de superar.