Opinión

Steve Runciman y el sentido de la historia

TRIBUNA

Juan José Laborda | Sábado 16 de enero de 2021

He disfrutado leyendo la gran obra de sir Steve Runciman (1903-2000): Historia de las cruzadas (1951-1954), por lo que se aprende en sus más mil páginas, y porque la escritura de su autor es bella y fascinante; los relatos históricos de Runciman inspiraron obras de ficción como las de J.R.R.Tolkien (1892-1973), y las sagas cinematográficas de La guerra de las galaxias.

James Cochran Stevenson Runciman fue miembro de una aristocrática y acaudalada familia whig o liberal, y el joven Steve hizo el consabido itinerario escolar de los de su clase, primero en el colegio de Eton, para pasar después al Trinity College de la Universidad de Cambridge, donde fue discípulo de J.B.Bury(1861-1927), el filólogo e historiador que realizó los primeros estudios científicos de Bizancio, y que Runciman continuaría, convirtiendo la investigación de la historia del imperio bizantino en la tarea de su vida.

Steve Runciman destacaría desde niño por su prodigiosa capacidad para aprender idiomas, y sus novedosas investigaciones históricas las hizo gracias a que dominaba los grandes idiomas europeos actuales, y además, griego, latín, árabe, ruso, turco, persa, farsi, hebreo, siriaco, armenio y georgiano, en sus modalidades clásicas y actuales. Viajó por los países de oriente, y fue profesor en Turquía de historia antigua, y escribió libros que le hicieron famoso.

Su estilo, del que después no me resisto a dar algún ejemplo, cautivó a lectores no especialistas en historia, y ya he señalado que influyó a escritores de literatura imaginativa. Runciman poseía una cultura prodigiosa, y cultivaba muchos registros, desde tocar el piano, a jugar a las cartas del tarot y otras antiguas diversiones esotéricas y adivinatorias. Fue amigo y condiscípulo de George Orwell (1903-1950) y de Aldous Huxley (1894-1963), y al igual que la de ellos, su vida fue creativamente intensa y un punto extravagante.

Steve Runciman escribe, en el prefacio de su libro, lo siguiente: “Enfrentado con verdaderas montañas de minucias del saber y atemorizado por la severidad alerta de sus colegas, el historiador moderno se refugia a menudo en artículos eruditos o en trabajos estrechamente especializados, pequeñas fortalezas fáciles de defender contra un ataque. Su obra puede tener un valor muy notable; sin embargo, no es un fin en sí misma. Yo creo que el deber supremo del historiador es el de escribir historia, es decir, intentar registrar en una extensa sucesión los hechos y movimientos más importantes que han dominado, con su vaivén, los destinos del hombre. El escritor que sea lo suficientemente temerario para acometer tal intento no debería ser tachado de ambicioso, aunque merezcan censura la insuficiencia de sus materiales y la inanidad de sus resultados.”

Su prefacio me parece clarividente. La historia no es ciencia exacta, y lo importante de ella no consiste en sintetizarla en construcciones eruditas y en leyes sociales o económicas, como si la historia procediese como la química o la economía, sino que las obras de los historiadores puedan llegar a la mayor parte de los lectores de libros, para que así la discusión y los avances en el conocimiento científico del pasado reviertan en la sociedad; la química o la economía, aunque sólo sean leídas por especialistas, llegan en diversas formas a todos los habitantes del mundo. ¿Tiene sentido que la historia sólo la lean los expertos de su especialidad?

El juicio de Runciman es ahora más pertinente que cuando lo escribió en 1950. En nuestros días, cuando muchas personas se informan y forman sus opiniones en los destellos instantáneos de internet, y cuando muchos sienten ansia por afirmar sus criterios y convicciones en la historia, no tiene mucho sentido que la historia científica (cuyo objetivo es la verdad del pasado) esté siendo desplazada por narraciones fantasiosas, o intencionalmente mendaces, que se venden como historia.

La moda por instituir la llamada “memoria histórica” ha abierto la puerta a que la posverdad haya entrado en el ámbito de la política, como se ha podido ver y escuchar en las consignas de Donald Trump a sus partidarios. Fue impactante, y a vez, hilarante, oír a una seguidora de Trump, quejándose por los golpes que recibió de la policía cuando asaltó el Capitolio: ¡pero si estábamos haciendo la revolución!, manifestaba entre sollozos y rascándose la cabeza.

En próximos artículos comentaré la obra de Steven Runciman, pues creo que las cruzadas enseñan mucho del fanatismo y de la intolerancia, y ahora me resta sólo mostrar su estilo: “Cierto día de febrero del año 638, el califa Omar entró en Jerusalén, montado en un camello blanco…A su lado estaba el patriarca Sofronio, como principal magistrado de la ciudad rendida. Omar se dirigió en seguida hacia el lugar del Templo de Salomón, desde donde su amigo Mahoma había ascendido a los cielos. Contemplándole allí, el patriarca recordó las palabras de Cristo y murmuró entre lágrimas: “He aquí la abominación del asolamiento, anunciada por el profeta Daniel”. ¡A que no se olvida!