Opinión

Umbral ¿muerto?

Luis de la Corte Ibáñez | Domingo 31 de agosto de 2008
He escrito a la luz de una linterna, a la luz de una gota de agua, a la luz de la noche, sobre las rodillas, en un papel sucio, buscando la consoladora asonancia de una prosa o un verso simples…

Escritura del día a día, de todos los días; en la prensa, en sucesivos libros; escribiendo un libro detrás de otro, a veces varios al mismo tiempo; la escritura en la lectura (porque el escritor verdadero también se siente escribir al leer, lee para seguir escribiendo). En dos palabras: “escritura perpetua”. Francisco Umbral inventó esa expresión (y el concepto que ella misma entraña) para poner titulo a un libro suyo sobre César González Ruano. Esas dos palabras juntas (“escritura … perpetua”) se ajustan aún mejor a la definición del propio Umbral en tanto que escritor total e infatigable.

Pero el legado literario de Umbral no es mero sinónimo de perseverancia u obsesión por la escritura. Con ser importantes, esas cualidades pueden asistir igualmente a Shakespeare que a un autor de folletines. Claro que Umbral diría que los autores de folletines, como otra mucha gente que vive de la letra impresa, no escriben, simplemente redactan, pues “escribir” sería otra cosa (esta distinción se la leí en algún sitio alguna vez, no recuerdo donde). Ese el modo en que Umbral anuncia su opción por un modelo de literatura donde la calidad de página y la voluntad de estilo predominan sobre cualquier otra meta estética o intelectual. Lo de la voluntad de estilo no hace falta explicarlo. Los críticos más ácidos de Umbral solían remitirse a sus habilidades retóricas y poéticas como supuesta prueba de sus limitaciones y defectos. Según esto, lo suyo era la “prosa sonajero”. Pero este juicio delata la sensibilidad estética de un calamar, o bien una ignorancia supina respecto a la intrincada pero muy unitaria obra de Umbral. Una obra que rezuma vastísimos conocimientos y evidente influencias de los mejores prosistas y poetas españoles pero en la que es imposible encontrar el más leve pecado de artificiosidad o de plagio estilístico. Por tanto, no sólo estilo brillante, no únicamente forma atractiva sin contenido, sino lo que Julián Marías definió como “calidad de página”: una aleación entre belleza expresiva y la originalidad literaria que sólo nace cuando un escritor logra erosionar la sintaxis hasta crear un genero propio tallado a la medida de su propia visión del mundo. Y así, sin dejar de asomarse nunca a la actualidad española y a la historia de España, sin olvidar a sus maestros e ídolos literarios (Larra, Proust, Valle Inclán, Gómez de la Serna, Ortega, González Ruano, D´Ors, Cela, los poetas del 27, etc.) iría saliendo una obra inmensa, con la calidad de página como sello y desparramada en géneros: novela, ensayo, crónica, crítica, memorias, diarios … Obra labrada en prosa, salvo algunos poemas, aunque siempre contaminada de poesía; unas veces en breves dosis, otras de forma absoluta. Obra con algunas cimas bien conocidas. Entre ellas las de su bagaje periodístico (seguramente el mejor columnista literario que ha dado España) o textos inclasificables como Mortal y rosa o Un ser de lejanías, algunas novelas verdaderamente singulares (mi preferida Leyenda del César visionario) y algunas suculentas glosas literarias de una sutileza crítica a la que nunca han llegado sus peores detractores (ahí quedan, por ejemplo sus estudios sobre varios de los autores antes citados o sobre Lorca).

Sin ser crítico literario he escrito todas estas líneas porque han pasado pocos días desde que se cumplió el primer aniversario de la muerte de Umbral. Se hizo eco de la efeméride el diario El Mundo, dando continuidad a varios homenajes póstumos que han venido celebrándose desde el mismo día de su desaparición. Aprovechando mis responsabilidades subsidiarias como director del Aula de Cultura ABC que patrocina el grupo Vocento, yo mismo tuve el placer de poder organizar un acto de recuerdo a Umbral allá por el mes de marzo. Invité entonces a su viuda, María España, y al crítico literario Miguel García Posada, profundo y cordial estudioso de la obra umbraliana, que impartió una conferencia memorable. Pero al cerrar el acto, y a modo de confidencia, García Posada se me quejaba del corto reconocimiento concedido a Umbral en un país como España, con tanta tradición de conceder a sus muertos ilustres las bondades y gentilezas que previamente les son negadas en vida. En efecto, comparado con otros autores fallecidos de mucho menor fuste, los recuerdos dedicados a Umbral no han sido suficientes. Pero termino volviendo a sus censores.

Dicen que las animadversiones despertadas por Umbral se las ganó por tener un carácter atrabiliario y soberbio. Como no le conocí más que por la tele y por sus textos no puedo pronunciarme. A veces, desde luego, parecía un tipo irritable e irritante que siempre venía a “hablar de su libro”…. ¿Pero donde está ahí el criterio literario?. Para subestimarlo mejor sus críticos siempre empezaban reconociendo la “brillantez” de su prosa. No obstante, mientras vivió, Umbral supo responderles con agudeza. “Eso de la brillantez es cosa de limpiabotas –escribió una vez-, … pero es que hay gente que de un escritor no ve mucho más arriba de los zapatos”. Pues eso. Y que conste que, para los buenos lectores, Umbral no ha muerto.

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