cine

"Los girasoles ciegos": negro drama en la posguerra

crítica de cine

Domingo 31 de agosto de 2008
En la primera escena, un interesante diálogo entre Salvador, el diácono, y su superior en el seminario marca la pauta del tono de la narración en una sociedad hipócrita y reprimida donde los malos están encarnados por el religioso, obseso y vengativo, y los buenos por Ricardo, quien mira con miedo la vida desde el interior de un armario en el que está escondido para que no le maten a causa de sus ideas.

La historia es una de las cuatro incluidas en la novela homónima del escritor Alberto Méndez quien, a sus 63 años vio publicada su obra por primera vez, aunque no pudiera disfrutar plenamente de su éxito ya que falleció tan sólo once meses más tarde. Después de 21 ediciones y 150.000 ejemplares, está claro que los relatos de su obra emocionaron a los lectores entre los que se encontraba el propio Cuerda y el también fallecido recientemente Rafael Azcona, que realizaron juntos un guión respetando, en palabras del propio director manchego, el tono y el espíritu de la novela en la mayor medida posible. Sin embargo, el guión y, por tanto la propia película, carecen de la carga emotiva que se podía esperar después de leer la novela.

No es que el drama sea aquí menos drama, pero la película se detiene tanto en la presentación de los personajes que la acción tarda demasiado en arrancar y, cuando lo hace, esos personajes cercados por la espantosa negrura social y política no consiguen convencer. La excepción, que la hay, viene de la mano del diácono, un personaje obnubilado por sus deseos carnales, interpretado por un magnífico Raúl Arévalo que se adueña de la película desde las primeras escenas. Son sus diálogos con el rector del seminario, a quien da vida José Ángel Egido, los momentos de más realidad de todo el largometraje. Por su parte, Maribel Verdú se esfuerza en realizar una interpretación que nos muestre todo el dolor contenido de Elena, pero, por desgracia, el resultado es una actuación carente de fuerza. Algo de lo que adolece asimismo la interpretación de Javier Cámara en el papel de Ricardo, que a pesar de ser el personaje más triste y dramático, no consigue llegar con todos sus matices al espectador.

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