Opinión

IDEAS Y RESULTADOS DEL SEÑOR ZAPATERO

Domingo 31 de agosto de 2008
Empieza el nuevo curso político. Es frecuente por estas fechas escuchar declaraciones de intenciones de los diversos líderes políticos, dando las claves de sus ideas y propuestas. No es el propósito de esta reflexión centrarnos en temas económicos coyunturales. Por dura y acuciante que sea la crisis, pretendemos invitar al lector a fijarnos en temas de larga duración y trascendencia, por cuanto el Presidente Zapatero ha expresado su opinión sobre una serie de cuestiones que, sin duda, marcan la agenda política: pasada, presente y –mucho nos tememos que- futura porque nuestro Presidente, aún descontando sus innegables e inagotables dotes de histrión y su afición a la intriga, la simulación y el regate electoral en corto, deja traslucir parte de lo realmente piensa. Y lo preocupante para la ciudadanía –que es el único protagonista e interés de este periódico- es que, en algunos puntos fundamentales, el señor Zapatero piensa mal. Y piensa mal, a pesar de su astucia, por simple y crasa ignorancia.

Por eso, sigue negándose a plantear siquiera un debate serio en política energética. Es cierto que no es el único responsable de un déficit, dependencia y desequilibrio energético español que viene de lejos. Pero también es cierto que el Presidente lleva ya demasiados años en el cargo como para seguir con el ocultismo fetichista y retrógrado que hurta incluso el debate serio y científico sobre el tema. Se trata de una actitud reaccionaria que pagaremos los ciudadanos mucho después de que Zapatero haya salido del poder, aunque importemos energía de Francia –o precisamente por eso- de centrales nucleares que están lejos de León pero cerca de Barcelona , San Sebastián o Huesca.

Del mismo modo, continúa sin comprender el panorama internacional, en general, y los intereses exteriores de España, en particular. La visión distorsionada que Zapatero tiene de los EE. UU. le impide entender que, para un país bi-continental, como España, que habla español, tiene miles de millones de dólares invertidos en América –de norte a sur- un problema de seguridad estructural en el Estrecho y una amenaza del terrorismo islamista reciente pero contundente, unas relaciones sólidas con la Unión Americana son fundamentales y van mucho más allá del color del partido –o del inquilino- que ocupe la Casa Blanca. El problema es que el señor Zapatero –a él que tanto se le calienta la boca hablando en tono adanista de “su generación”- es un espécimen único en Europa: quizá el único jefe de gobierno que ni ha vivido en el extranjero ni apenas ha viajado ni siquiera lee –no hablemos ya hablar- ningún idioma, además del inglés, un instrumento imprescindible para su cargo y que tampoco maneja. Por eso, en lugar de evaluar intereses, se aferra a gustos y colores, “latiguillos” de canciones “progres” de hace cuarenta años que, por muy bien que den en los sondeos, no nos llevarán muy lejos como país. Por otra parte, el recorrido que han tenido las amistades peligrosas con personajes pintorescos pero intrascendentes –amén de indigenistas y antioccidentales- a la vista está. En todo caso, el mejor elogio a la política de Estado realizada por los Presidentes González y Aznar –y mantenida precisamente en las dos guerras de Irak, independientemente de énfasis y traspiés- es que el hueco incomprensible que ha dejado la España de Zapatero en su relación con los EE.UU. se ha apresurado a ocuparlo Francia.

Por último, no parecen remitir los guiños al nacionalismo, con quienes el líder “dizque” socialista comparte su idea de reforma constitucional, sin detallar aquí tampoco qué puntos se tocarían. El plan hegemónico de Zapatero de establecer un “cordón sanitario” entre el PP y el resto de fuerzas políticas, pasaba obligatoriamente por una alianza estructural con los nacionalistas, que marginase a los populares del sistema político. Para ello, Zapatero no dudó en cambiar de socio constituyente, rompiendo el consenso constitucional con una serie de concesiones sin precedentes ni contrapesos, en que el Estatut es su mejor ilustración. A pesar de que la intención era construir una larga hegemonía electoral, la maniobra podría habernos salido bien a los ciudadanos españoles, socialistas o populares, si el juego maquiavélico del político leonés hubiera resultado en una mayor integración de los nacionalistas en el sistema. Pero es un hecho que no ha sido así. Los nacionalistas, insaciables, en lugar de integrarse han extremado sus exigencias, al punto que el nacionalismo moderado ha desaparecido: casi todos son pacíficos pero también casi todos son extremistas; es decir, soberanistas. Lo único que hemos sacado los ciudadanos de las astucias de nuestro Presidente es la confederalización de su propio partido y la aparición de tendencias similares en el principal partido de la oposición.

Esa es la realidad: en política energética, internacional y autonómica. Y, sin embargo, el señor Zapatero se muestra encantado y satisfecho en su “País de las Maravillas”. Y no todo es teatro. Lo peor es que, al menos en parte, se lo cree honestamente.

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