Las farmacéuticas están haciendo no lo más justo, sí lo más lógico. Crece la demanda, sube el precio de la oferta. No sé hasta qué punto se habrá previsto en los contratos el mantenimiento del precio, pero está claro que la vacuna anti-Covid se ha convertido en el gran negocio de lo que va de siglo.
Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y, con gran probabilidad, algunos otros países están abonando a las farmacéuticas por la vacuna una cifra que dobla a la que pagamos en Europa. Y, claro, nos han relegado. Los europeos no somos la primera opción. Los que pagan más se han convertido en los clientes preferentes.
Existen fórmulas jurídicas para obligar a las farmacéuticas contratadas a cumplir sus contratos, pero enredarse en procedimientos judiciales internacionales, cuando la pandemia apremia, sería un nuevo error. Es necesario negociar, pagar más si no quedara otro remedio y, una vez derrotada la Covid-19, denunciar ante los tribunales internacionales los abusos que presuntamente hayan podido cometerse.
Tanto Israel como varios países árabes han hecho lo que estaba en la lógica: adelantarse a los torpes europeos y anticiparse pagando más. Como la oferta se está haciendo cada mes más variable, la Unión Europea encontrará fórmulas para evitar que se ralentice la administración de la vacuna.
El libre mercado tiene sus exigencias y hay naciones que han sabido aprovecharse de su funcionamiento. En lugar de tanta verborrea condenatoria, las autoridades europeas tienen que abrir caminos para garantizar que en unos meses el 70 por ciento de los habitantes del viejo Continente queden inmunizados ante este virus devastador.