Hace unas semanas una bailarina de flamenco se desnudaba simbólicamente ante las cámaras para protestar por la desprotección de los artistas durante la pandemia del Covid-19. Creo que siempre, y especialmente en estos momentos, la promoción del arte y la cultura afecta a nuestra conciencia colectiva. El arte enaltece y serena el espíritu en tiempos de crisis, y la belleza, sea ésta musical o visual, ayuda a superar las dificultades con la paciencia que ofrece el ejercicio de la creatividad. Nietzsche hablaba de “la lenta flecha de la belleza” porque la belleza más sublime no es la que nos conquista inmediatamente, que habitualmente conduce al hastío, sino la que se insinúa lentamente y se adueña del alma con delicadeza.
En noviembre de 2010 la UNESCO declaró el flamenco patrimonio inmaterial de la humanidad. A pesar de este reconocimiento, el año pasado la Unión Flamenca presentó un informe sobre la situación de los músicos tras la primera ola de la pandemia con los siguientes datos: el 73,4% de los encuestados ve “muy pocas perspectivas de futuro a su profesión flamenca”. Además, si la situación no cambia, la estimación de la encuesta es que un 42,4% de artistas tendrá que abandonar su carrera. Como contraste, puedo confirmar que los artistas han sido siempre generosos en apoyar las causas solidarias a las que se les ha convocado.
Uno de los motivos del desapego entre el flamenco y la sociedad proviene de la etapa escolar. No es frecuente que los centros educativos lleven a sus alumnos a presenciar estos espectáculos ni la música es una asignatura relevante en el currículum escolar. Hace algunos años Jean-Claude Michéa advertía en su libro “La escuela de la ignorancia” contra la tentación de convertir la educación en un parque temático. No solo la educación, también la realidad corre el riesgo de convertirse en un parque temático, como expresaba el artista británico Banksy en “Dismaland”. En este parque temático distópico el universo Disney daba paso al mundo de lo “dismal”, que significa “sombrío, deprimente”. En Dismaland el visitante experimentaba de cerca la realidad que nuestra sociedad no desea ver: a modo de ejemplo, las barcas de recreo son pateras repletas de inmigrantes a la deriva. Merece la pena ver el corto dirigido por Jamie Brightmore, en el que se observa la visita veloz de una familia a Dismaland que sale de su casa apresuradamente para llegar al parque.
Hasta para la diversión tenemos muchas veces la sensación de llegar siempre tarde. Es necesario detener el paso para contemplar la realidad, para disfrutar del arte. No hay arte con prisa, y la vida con prisa no es tanta vida. Hegel argumentaba que observar lo bello nos da la capacidad, pero también la excusa, de detenernos en su contemplación. Contemplar el arte nos ayuda a entender la realidad que vivimos. Disfrutar del arte con calma nos permite conectar con sentimientos nuevos y ajenos a nosotros que la velocidad de la vida cotidiana no nos permite interiorizar. La belleza detiene el tiempo, por esto el arte es atemporal. Igual que los humanos creamos arte, también el arte nos hace más humanos.