Opinión

Velázquez, pintor dominguero II

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Miércoles 03 de febrero de 2021

He escrito, recientemente, una reflexión sobre la admirable lucidez y determinación con la que Velázquez mantuvo a raya a la vocación, esa fuerza cruel y despótica, que hace más desgraciado al que con más sumisión se le entrega. Se aseguró una vida sin problemas económicos aun en detrimento del número de sus obras, pues compaginó su dedicación de pintor con la apremiante de Aposentador Real. Y supo sacar el máximo partido a su compromiso de pintor de Corte consiguiendo que sus retratos y obras sobre acontecimientos trascendieran lo funcional y se convirtieran en obras de arte, cuyas interpretaciones y hallazgos siguen inspirando a los artistas de hoy.

Quizá el título “Velázquez, pintor dominguero” o la manifestación de mi pena porque su producción fuera escasa, debido a su doble profesión, ha causado desagrado a alguno de esos españoles que piensa que nuestros “arcángeles” no deben proyectar sombra ni dejar huella al pisar. Pero, amigos, esa parte de la sociedad, que manifiesta esa exquisita devoción a algunas glorias pasadas, suele ser la misma que regatea el mérito a tantos artistas antiguos e ignora la penuria que, demasiadas veces, amarga la vida de las glorias que se están formando hoy.

Yo pienso que mis ideas no van en desdoro de nuestro genio, sino todo lo contrario y para defender, otra vez, lo razonable de su prudencia, se me ocurre hablaros de otro genio cuya vida, pasión y muerte, ocasionada por su ciega obediencia a la llamada de la vocación es, precisamente, el ejemplo a evitar, para no verse arrollado por esa fuerza enloquecedora. En este caso en sentido literal.

Me refiero a Van Gogh, ilustrísimo pintor y angustioso ser humano. Siempre fue desgraciado y en los treinta y siete años de vida, no creo que gozase de media hora de felicidad; pero su obsesión autodestructiva que le llevó a la automutilación y al suicidio empezó cuando se entregó, sin reservas, a la llamada apremiante de la vocación que le llevó, durante los diez últimos años de su vida, por una pendiente de duda, obsesión y angustia, a despeñarse en la locura de los dos últimos años.

Nunca se ocupó de sí mismo ni de sus necesidades materiales y hubiera muerto en la miseria si su hermano Theo, su ángel de la guarda, no hubiera estado siempre detrás, con una generosidad sin límite.

Y esa fuerza misteriosa, fue, con él, tan cruel que, aunque se codeó con artistas, del movimiento posimpresionista, de primer nivel y fue respetado por ellos, solo vendió, en vida, tres cuadros de los cerca de mil oleos y mil seiscientos dibujos que realizó en jornadas obsesivas e inagotables. Y no obtuvo ningún reconocimiento a pesar de que su hermano Theo era marchante de Arte en París,

Y todavia añadió el sarcasmo de concedérselo y a lo grande, al poco tiempo de su muerte, pues se convirtió, enseguida, en uno de los pintores más valorados, de todos los tiempos, alcanzando cotizaciones máximas en transacciones y subastas en las que, siempre, es una gran estrella.

Voy a añadir, aquí, mi opinión de pintor, de impenitente mirón y de crítico de andar por casa. Cuando un artista alcanza la fama, casi todo lo que lleva su firma tiene el mismo valor en el mercado; pero yo me atrevo a decir que de lo que pintó en diez años, lo verdaderamente sobresaliente y lo que abrió, junto con otros, un nuevo camino, que nos ha traído hasta aquí, es lo que hizo en los dos últimos, ya atenazado por la locura. Lo anterior…..

Ya se que estos dos ejemplos, el de Velázquez y Van Gogh son extremos; el uno dueño, enteramente de sus actos y de la programación de su vida y el otro arrastrado por el vendaval de incertidumbre de la vocación de la que no obtuvo ni migajas en pago. Pero decidme amigos, a la vista de esto. ¿Hasta que punto de entrega, a su profesión, exigís a los artistas que pintan para que vosotros podais llevar a los nenes, al Museo, los domingos?.