Opinión

Velázquez pintor dominguero (III)

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Martes 09 de febrero de 2021

Que conste que mis ideas sobre el pintor son de mi cosecha y nacen, mas de mi condición de colega y “mirón”, que de lecturas que las dirijan y condicionen. Ojo, no soy erudito ni lo quiero ser.

Después de mis dos reflexiones anteriores, sobre Velázquez, me queda la zozobra de que, quizá, no he sido, todavía, lo suficiente claro a la hora de transmitiros mi visión sobre su personalidad, pues tal vez le he presentado como demasiado acomodaticio y plegado a la influencia y voluntad del Rey y no hay tal.

Lo que veo a lo largo de su vida, es, precísamente, lo contrario, la manifestación de una independencia y hasta rebeldía absoluta, en su obra, conducta e ideas. Creo que Velázquez se dejó “manejar” por El Rey hasta donde le convino, de tal forma que yo mas creo que fue Velázquez el que manejó al Rey, del que obtuvo lo que deseaba sin abdicar un ápice de su independencia de criterio.

Consiguió del Rey, aparte de un trato y un reconocimiento máximo, dos viajes a Italia, que multiplicaron su valía como pintor, “gastos pagos” y recomendado y avalado como un gran personaje. El primero, aconsejado por Rubens, que dedicó a estudiar y asimilar la pintura italiana, mas relevante, desde Genova a Nápoles y el segundo, en su madurez, para comprar y encargar obras de Arte para el Rey. Años pintando, codeandose con los personajes y pintores de máxima categoría y desoyendo las llamadas del Rey para su regreso.

Y en su obra veo, aparte de la perfección técnica que nadie le ha regateado nunca, una corriente subterránea de ideas, poco comunes y hasta peligrosas, en aquellos tiempos, que mantuvo a lo largo de toda su vida.

Una querencia constante, respetuosa, fiel, cariñosa y hasta provocativa, por las personas de extracción humilde o disminuidas físicamente, que rodearon su infancia, a las que eligió como protagonistas de sus cuadros en Sevilla y siguió haciendolo en Madrid, alternándolos, desafiantemente, con sus insuperables retratos de personajes de La Corte representados con todo su inmenso boato. Retrató a sirvientes, personas humildes, bufones, etc... y hasta a su esclavo Juan de Pareja, al que acabó liberando y que fue modelo de uno de sus mas afamados retratos. Nunca he oido, a nadie, comentar ese rasgo de sus afectos y personalidad.

Mostró, en sus cuadros de índole religiosa, una sorprendente y sospechosa falta de respeto, nunca explicada, a las figuras mas relevantes, que pintaba como personas del vulgo y hasta las incluía, en sus cuadros, de escenas domesticas, como personajes secundarios o situados al margen en la composición. Y lo mismo con las deidades paganas representadas como tipos populares y hasta populacheros, sin ningún atributo especial, como en “Los Borrachos” y “La fragua de Vulcano”. O reservándoles un protagonismo insignificante, como en “Las Hilanderas”.

Hasta tuvo la osadía de pintar al Papa Inocencio X, quizá su retrato mas logrado, que ya es decir, despojado de toda adulación que le hiciese acreedor al apelativo de Su Santidad. Todo lo contrario, recalcando sus debilidades, tan humanas, que hicieron exclamar al Papa: “Demasiado verdadero”. Intuyo que no solo sorprendido por el insuperable parecido sino porque se había sentido descubierto en sus debilidades.

Y vamos con mi interpretación de su cuadro mas famoso “Las Meninas” en el que, para mi, con su extraña composición, intenta transmitirnos, una vez mas, obsesivamente, su escala de valores, en el Arte y en la vida, cuestión que, a él, parece importar tanto, que pone en riesgo su posición social y profesional.

Lo primero que yo destacaría, como la idea principal, es que el pintor ha reemplazado a los monarcas por los que nos acercamos al cuadro, los “mirones”. El pintor, que se coloca, curiosamente, dentro de lo retratado, nos mira a nosotros y establece una linea “directa” entre el autor y el observador de la obra. He aquí su idea del propósito de la creación artística: Comunicación directa autor “mirón”. El y nosotros somos los protagonistas del cuadro.

En el espacio, normalmente ocupado por los protagonistas, vemos a algunas princesas, meninas, cuidadoras y animales domésticos que no posan ni son conscientes de estar siendo retratadas, símplemente “pasaban por allí”. ¡Que chocante!.

Y los monarcas, en una decisión que se podría considerar como altamente irrespetuosa y hasta subversiva, son relegados, como en una broma, a la imagen recogida por un espejo situado en un rincón irrelevante.

Al personaje que asoma en la puerta del fondo no se darle ninguna interpretación, como no sea estética buscando, todavía, mas profundidad.

Amigos, Velázquez y Cervantes, como he escrito mil veces, son dos genios erróneamente apreciados que intentan transmitirnos un mensaje, que a mi juicio, pasa inadvertido a través de eruditos y generaciones. Estaban seguros de no ser comprendidos por sus contemporáneos, por la cuenta que les tenia, lo que no sospechaban es que transcurridos los siglos seguirían sin ser entendidos. Con algunas figuras que hemos decidido subir a los altares, aunque sean muy humanas, todo el gasto se nos va en incienso.

Amigos, espero que no se me tenga en cuenta lo que podría considerarse como pedantería, pero esto no podía quedar en mis almacenes.