Opinión

Cataluña 14 F: realismo cívico o ensoñación secesionista

TRIBUNA

Antonio Robles Ortega | Jueves 11 de febrero de 2021

Las elecciones autonómicas en Cataluña del día 14 de febrero, nos deberían recordar el desafío que planteaba el ganador en 2015 del premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al recibir su distinción, el longevo filósofo y académico don Emilio Lledó, al evocar las palabras del gran pensador griego Aristóteles a propósito de la política: “una tarea para hombres decentes”. Honestidad y poder no tendrían por qué ser dos términos incompatibles, sino qué más bien necesitan reconciliarse constantemente.

Como es bien sabido, Platón intentó hacerlo sin éxito llevando a los políticos a la filosofía, ya que los amigos de la verdad y la decencia nunca van a alcanzar el poder, como resignadamente confesaba en aquel diálogo de vejez que dedicó a Las Leyes. Platón, como en tantas cosas, tal vez había soñado y apuntado demasiado alto. Nada menos que el mejor de los mundos posibles. Su discípulo Aristóteles sin embargo, aún sin renunciar a reconciliar la ética con la política, defendió siempre con realismo la utilidad de buscar simplemente un gobierno mejor, algo que es relativo a cada circunstancia de tiempo y lugar, para alcanzar también de manera pragmática y eficaz simplemente un mundo mejor.

En tiempos difíciles como los que estamos viviendo, en medio de la terrible pandemia que asola el mundo entero, en una región de España constituida como Comunidad Autónoma donde los políticos gobernantes vienen arruinando desde hace años el progreso económico y el bienestar ciudadano con sus estériles ensoñaciones secesionistas, puede ser de enorme utilidad volver a los referentes clásicos para orientar la acción y el voto de sus ciudadanos. La ilustración francesa y el adalid de la tolerancia, Voltaire, nos han legado aquel encantador cuento filosófico en el que el protagonista, Cándido, tras su periplo personal por diversos países y culturas, desengañado de la ensoñación utópica por encontrar el mundo perfecto, vuelve a sus orígenes y su pequeña patria para cultivar su propio jardín. Regresar al huerto de nuestros afanes diarios, a los problemas de las ciudades y pueblos que habitamos, de la región o comunidad autónoma a la que pertenecemos, al jardín de nuestros afanes e ilusiones, al cuidado esas personas queridas que palpitan a nuestro lado cada instante.

Sin embargo, la política que resuelve nuestros problemas urbanos, los desafíos que constantemente plantea la convivencia y, a veces, la simple supervivencia de muchas personas en nuestras tierras y ciudades, no siempre está en manos de buenos jardineros, entregados a su noble tarea con espíritu de servicio público. Es la hora de elegirlos acertadamente. Sin olvidar el carácter relativo y circunstancial de cada elección local y autonómica. Recordando que los nuevos cleavages, como gusta decir a los británicos, las nuevas polaridades o polos de referencia para orientar nuestro voto, no pueden ser ya la vieja topografía guerracivilista de izquierda y derecha, ni los de arriba frente a los de abajo, ni mucho menos la falaz dicotomía entre independencia o sumisión españolista. Necesitaríamos más bien contraponer decencia o corrupción, eficacia o inutilidad, imaginación o monotonía, ciudadanía responsable o clientelismo pesebrero con respecto a esa compulsiva ideología secesionista que viene adoctrinando y alienando, explícita o subliminalmente según el caso, a las sucesivas generaciones jóvenes en Cataluña.

Conviene insistir una vez más, a la vista de las hordas salvajes que agredían con extrema violencia a simpatizantes de partidos como Vox hace unos días en Vic, el deber de respeto colectivo que nos obliga y protege al mismo tiempo, el sentido de respeto a los demás, incluso a los adversarios políticos, que según el viejo mito de Prometeo evocado en el Protágoras de Platón, constituye el fundamento de la civilización humana. Repartidos los dones y destrezas naturales entre las diferentes especies, le correspondió a la nuestra, finalmente, el don de la palabra para entendernos racionalmente, el arte o la técnica como capacidad de transformación y mejora permanente de la realidad, así como el sentido del respeto y la justicia, que son la base de una sociedad civilizada y de lo que hoy significa vivir en un Estado de Derecho.

Lo que se juegan los ciudadanos el próximo día 14 en Cataluña, la alternativa histórica que a escala autonómica nos ofrece este momento, como en otro contexto de crisis profunda de valores sostenía el politólogo alemán Helmut Dubiel, se encuentra entre permanecer como súbditos irresponsables en un modelo paternalista de elites partidistas que deciden por nosotros, arropándose en coartadas ideológicas de independencia o sumisión a la “España que nos roba” o, por el contrario, atrevernos a recuperar el viejo ideal normativo de la reconciliación entre la ética y la política ejerciendo como ciudadanos. Sería muy clarificador acudir a la cita de mi querido Edgar Morin, probablemente el intelectual francés más reconocido a nivel planetario en el siglo veinte, centenario en su retiro de Montpellier, cuando argumentaba allá por los años sesenta sobre su valiente ruptura con el comunismo, “no sea que, creyendo servir a lo que libera, sirvamos una vez más a lo que esclaviza”, aunque en esta ocasión el tirano venga disfrazado de populismo identitario, vendiendo el humo de la imposible independencia catalana.