Opinión

Los otros carnavales

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 16 de febrero de 2021

“Un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escocés… ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final?”, leemos en el celebérrimo artículo de Larra, publicado el 4 de marzo de 1833. Andan las gentes disgustadas porque se nos confinan los carnavales; de manera que uno no puede lucir sus galas de Drácula, Frankentsein, indio, vaquero, ministro o enfermero de hospital de las pandemias para cruzarnos por la calle con los demás y preguntar si van a ir al entierro de la sardina. Se nos recomienda una celebración digital del antruejo, pero no es lo mismo.

Sin comparsas ni chirigotas gaditanas, el mundo languidece; porque el sentido de la vida, si no es carnavalesco, se hace más cuesta arriba de lo que es. Y recuerdan las avenidas desiertas al Régimen, cuando en plena guerra (in)civil, el 3 de febrero de 1937, el gobernador general de la Junta Técnica de Estado suspendió los carnavales. Cosa lógica, pues no apetece mucho salir tocando pífanos y atabales vestidos de arlequín mientras silban los obuses por encima de las cabezas. La cosa es que hasta la Transición, es decir, a lo largo de cuatro décadas, no hubo espíritu festivo en lo que al carnaval se refiere. Ahora pasa un poco lo mismo, porque con la censura de lo políticamente correcto y a falta de sentido del humor del personal, el universo rabelesiano brilla por su ausencia y queda poco margen para la comedia carnavalesca. No le vayamos a pisarle el callo a alguien ni a faltarle al respeto a algún colectivo que se sienta humillado y ofendido a lo Dostoyevski.

En cambio nos han amenizado las carnestolendas los debates de las elecciones catalanas, con los candidatos y paniaguados de turno chillándose por la tele y profiriendo toda suerte de insultos, cada uno con su “disfraz”. Estos limpiaculos –permítaseme usar la terminología de Mijail Bajtin– nos permiten considerar los personajes del drama cómico o tragicomedia hispánica como el drama de los cuerpos, con sus series injuriosas tan divertidas, sus formas materiales de perfiles limitados y sus elementos farsescos. La cosa es que, como en todo carnaval, hay una saturación general en cuanto a nombres propios y siglas; y uno ha de estudiar el Catón para distinguir los matices del separatismo: Junts per Catalunya, Esquerra Republicana, Candidatura d’Unitat Popular y demás, que han superado el cincuenta por ciento de los votos. Anoche uno escuchaba a los ganadores, que eran todos –por supuesto–, y veía después la calamidad económico-social reinante. Es lo convencional del político frívolo, en busca del “happy end” personal, el liderazgo y la mamandurria. Siempre hemos dicho que cuando realmente empieza la fiesta es cuando termina; y se nos avecina la madre de todas las conmemoraciones. Porque aquí lo que habría que preguntarles a los 33 diputados de ERC es qué piensan hacer con la ciudadanía después de la coalición entre separatistas y “comunes”, amnistías y referendos.

Las cosas se liberan gracias al carnaval, rompiéndose incluso los viejos atavismos por unos días de alivio, pero aquí ha ocurrido lo contrario con la mascarada electoral de Cataluña, que perpetúa el concepto agonizante de una región especialmente castigada por el coronavirus. La Generalitat terminó 2020 con una caída del 13,5% del PIB, según la última cifra ofrecida por la Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas), más que el batacazo nacional del 11%. Si no anduvieran tan fogoso con el pactismo, alguien podría preguntarles a los futuros gobernantes de los catalanes, como en una comedia de Bertolt Brecht, sobre el papel del pueblo, si pinta algo en este referendo o si se aquí se vota para que unos señores y unas señoras sigan a lo suyo y griten por la caja tonta a cambio de unos buenos sueldos que les pagamos todos. Porque la historia de nuestro país sigue siendo la de unos cuantos, que es la de los pobres a los que nadie redime y a nadie le importan. La vida real, vamos, no la de prestado que viven ciento treinta y cinco diputados en el parque de la Ciudadela.

El pueblo es la verdad sufriente de la historia y el político su verdugo. De momento, estarán “trabajando” unos días reunidos y hablando por los mass media de las falsas promesas y las injusticias y tropelías que se cometen contra ellos. Ya lo escribía Larra en El Pobrecito Hablador (1833), con el comenzábamos este artículo: sal a la calle y verás las máscaras de balde.

Twitter: @dfarranz