Opinión

Hartos de mirar sin ver

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 19 de febrero de 2021

Se verá como una huida ante el gesto hostil que presenta el mundo, pero es preciso no olvidar la belleza constante que no contemplamos. Hay que ponerle coto a la “charca pestilente”, descripción con la que Federica Montseny aludía a su paso por el gobierno. Hay que evitar entregarse a las pasiones que remueven los inductores al voto, los engolados infusorios que chapalean en la charca, pudren su agua y contaminan el aire.

Hay que saber expresar un desprecio infinito a los grandilocuentes profesionales de la cosa pública. Nos hablarán de la alta dignidad de la política, de la imposibilidad de darles la espalda porque no es posible desprenderse del mefítico aliento del Estado. Pero no son ellos, aunque se proclamen encarnación de su sustantiva democracia, la realización viva de la política. Esos señoritos son los guardianes de un orden que no gobiernan. Guardianes más o menos conscientes de intereses globales, entre los que resultan especialmente patéticos los guardias rojos del capital. Avivada siempre su acción por la fuerza turbia del resentimiento, son los ejecutores de una negación constante, de una completa destrucción. Nihilistas en el gobierno, al servicio de la anonadante potencia de las últimas formas del comercio universal y promotores de la atomización sin resto de las masas.

No hay que tenerles en cuenta sus ominosas consignas, sus declaraciones petulantes, su actitud de bendecidos por la clarividencia. Va en el generoso salario y en sus cotizadas prebendas, son los plebeyos más ricos del rebaño y los siervos más viles del auténtico amo. Siervos del señor del mundo, cuyo rostro no conocemos, pero cuyo sentido trasluce en los feos gestos de sus portavoces: señorías y señoríos diputados, ministros de uno u otro ramo, viceilustrísimas del gran saber, auscultadores de la voluntad popular.

Si los escuchamos nos llevarán de la mano a la guerra sangrienta en que han de caer los nuestros, mientras ellos se irán lejos a mostrar su espanto, con actitudes de dolor impostado y golpes de pecho bien ejecutados, mirando a un cielo que siempre concibieron deshabitado. Hay que volver a mirar el mundo que no han logrado arrebatarnos, aunque a veces nos cieguen sus voces de ciénaga y sus actitudes de figurón relamido de ademanes infatuados.

No estoy pidiendo el olvido de la política, sino avisando del error que consiste en identificar esa función con el cacareo ensordecedor de sus graznidos parlamentarios. Estoy recomendando sacar la cabeza de los editoriales y las tertulias, de los telediarios y los debates bien aliñados. Miremos las yemas nacientes de las hojas que anuncian un florecimiento próximo, o el ir y venir nervioso de los pájaros. Miremos al alba que nos ofrece tiempo para ver crecer y ver morir, para ver volver tras de los años el mismo gesto de los padres en los nietos, la misma salud recobrada en los que prolongan nuestros días y en el afán cotidiano el sentido de nuestro paso por la vida.

Y cuando sea preciso armar la defensa, que sea en nombre de esa realidad a la que no llegará la pestilencia de los gestores de la cosa, de los administradores visionarios, habituados al hedor de la charca en que quieren sumergirnos hasta la asfixia. Cuando sea preciso afrontar el ataque en el que, quizás, haya que dar la vida, que sea porque defendemos la inmarcesible belleza del mundo, porque hemos podido conservar – bajo estratos de resentimiento – el pulso de la creación o la maravilla del don de una existencia inmerecida. Llenar los pulmones y mirar, disfrutar de una sensibilidad, adormecida por el odio o el hastío, agradecer el sueño y la vigilia, el alimento y la sonrisa.

La política exigirá atención, pero no en la forma que nos piden los señores de la palabra vacía. Sólo entonces estaremos dispuestos a bregar con la tarea encomendada y, por dura que sea la faena, nos mantendrá en pie la única alegría que supimos preservar de la pestilencia: la alegría de vivir con los ojos abiertos, de comprender el orden y la jerarquía de la realidad. La única alegría de defender las fuentes incorruptas de la vida, contra los atildados portavoces y delegados, consejeros y ministras. Contra los servidores del señor del mundo, frente a tantas soberanas “Sus-señorías” que no tienen realidad, pero que apestan el lento paso de los días.