Resulta positiva para España la distensión entre Pedro Sánchez y Pablo Casado. El presidente del Partido Popular ha sabido mantenerse firme durante dos años rechazando las exigencias de Podemos. Y ha conseguido su propósito. Si las cosas no se tuercen, la renovación del Consejo General del Poder Judicial, la presidencia de Radiotelevisión Española, los nombramientos en los principales Tribunales, así como el Defensor del Pueblo, van a derivar de un acuerdo constructivo entre el presidente del Gobierno y el Jefe de la Oposición. Los controles democráticos han funcionado y el Gobierno de Frente Popular ha tenido que replegar velas tras su pretensión de adueñarse de todo.
La tregua es positiva. Pablo Casado sabe que no puede confiar en Pedro Sánchez, cuya capacidad para la mentira y el engaño han quedado demostrados sobradamente en los últimos años. Es necesario reconocer, sin embargo, que Pedro Sánchez se ha escurrido en este caso de la presión de Podemos, aunque está claro que no puede prescindir de los podemitas si quiere permanecer en el poder. De producirse la fractura del Gobierno de coalición, el líder socialista se vería abocado a convocar nuevas elecciones.
Un sector del pueblo español asiste atónito a los cambalaches de unos partidos políticos a los que desprecia porque se han convertido en el segundo o tercer problema de los diez más importantes que agobian a los españoles. La ciudadanía se ha dado cuenta de que en los partidos políticos, salvo alguna excepción aislada, predomina el interés partidista sobre el interés general.
En todo caso, hay que aplaudir la tregua que ha permitido renovar varias instituciones para las que la legalidad vigente exige mayorías cualificadas. Y ahora habrá que volver la vista de nuevo a Cataluña, que se debate para formar Gobierno mientras los vándalos de turno han desencadenado la violencia callejera en Barcelona y otras ciudades con grave quebranto de la ley y el orden.