Opinión

Sin juegos de palabras

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 25 de febrero de 2021

Es curioso que sea nuevamente objeto de alarma un oscuro profesor de filosofía: Didier Lemaire. Antes fue Samuel Paty, asesinado en octubre del año pasado. Como si hubiera algo en la materia misma que imparten y justamente en el nivel de la educación secundaria, que les hiciera súbitamente significativos. En su deplorable jerga hablarían hoy muchos de un sector que ha cobrado visibilidad. Los profesores de la educación secundaria en Francia y, especialmente, los dedicados a la docencia de esa materia se han hecho desde luego visibles: están en el punto de mira.

Gustavo Bueno encontraba una virtualidad notable en el tramo medio de la educación por su capacidad de reunir en las aulas un modelo a escala de la sociedad: el aula como fractal de la nación. La filosofía universitaria perdería contacto con la realidad social, convertida en una filosofía de profesores y para profesores, según señalaba Bueno. Pero éstos, ingresados tras su sueño universitario en el cuerpo de profesores de la enseñanza secundaria, tenían y tienen que afrontar en sus clases grupos representativos de la complejidad social de la nación. Una nación pulverizada en la que cobra consistencia creciente la sólida unidad de la población islámica. Señalar esa solidez creciente puede ser ya razón suficiente para la represalia o la ejecución. Como si el silencio fuese la condición para el crecimiento y consolidación de la nueva unidad.

En sociedades convertidas en nebulosas de individuos que mantienen entre sí una distancia insalvable, incomunicados por el rigor ejecutivo de la tolerancia infinita que se exige en nombre de la convivencia pacífica, sólo parece crecer la larga sombra de un dios fuerte, por usar la expresión de Russell Reno: el dios uno y solo del islam. Procedente de una tradición que desconoce la forzada retracción a la privacidad de la conciencia de los principios sustantivos de la religión – efecto histórico fundamental de las guerras de religión – el dios fuerte del islam interviene de modo directo en la vida pública hasta forzar, con el apoyo del terror, la retirada de figuras o de títulos, de actitudes o de gestos. Al fondo crece la amenaza real de secesión de otra Francia que, lejos de aceptar el principio de tolerancia – fruto del miedo –, no le teme a nada y se afirma sobre una incuestionable identidad religiosa.

Pudiera ser que tuviera alguna razón Giscard d´Estaing o aquella Convención por él presidida y que, volcada sobre el futuro de Europa, redactó una lamentable constitución, felizmente reprobada en las urnas. El texto fue criticado entonces por esconder cualquier alusión a las raíces cristianas de Europa, sin embargo, no dejaba de mencionar a la vieja tradición filosófica, de fundación helénica, como un elemento constituyente de la “identidad europea” – si todavía puede hablarse así –.

Contra la voluntad biempensante de Giscard y sus convencionales, parece que se olfatea en la filosofía un venero profundo que acaso vincula ese saber de segundo grado – tan singular, tan característico – con aquellas escondidas raíces cristianas. Y esto a pesar de que toda la filosofía moderna es manifiesta y militantemente anticristiana, como si el anticristianismo fuese todavía una forma de cristianismo. Acaso como el ateísmo católico de Bueno se aproxima a un catolicismo ateo.

Y, sin embargo, el curso seguido por la filosofía moderna ha conducido a su disolución en la forma de un curioso género que, si todavía nominalmente se presenta como filosofía, acaso constituya su contrafigura. Desprendida de todo compromiso con cualquier forma de verdad esta filosofía ultramoderna presenta su débil constitución como logro último de la crítica. Se resuelve en una forma de vana erudición entregada al juego de palabras, pero sin la alegría del juego, ni el sentido de las palabras. Combinatoria de tropos asombrosos, capaz de trocar el orden del discurso para construir un palacio de oropel colgado del aire. Es la forma tortuosa de neolengua que se extiende por un cuerpo social infectado de nihilismo y sirve de cobertura ideológica a posiciones que, formuladas en la jerga de estos ruiseñores de voz quebrada, nacen de las vísceras. Con su aparente sabiduría cosmopolita y su retórica sofisticada, estos animadores de todas las causas jalean la destrucción con el deleite del resentido y anuncian que se acerca el día de animar los fantasmas que dibujan sus palabras.

Hay que recuperar la sustancia que la filosofía moderna consumió para entregar la ciudadela a los señores del mundo: capitanes de la industria y arcángeles del progreso, revestidos hoy del discurso filibustero de la ultramodernidad. Hay que afirmar nuevamente la arquitectura histórica y defender el fundamento antropológico que constituye lo que somos. Antes de que los últimos vestigios se disuelvan en el aire, antes de que el ariete de estos críticos infinitos pulverice las esquirlas vivientes de un pasado que es, todavía, nuestro. Un pequeño ejército de profesores despreciados libra la última batalla ante los rescoldos de vida histórica de una Europa que se acaba.