En toda reforma de carácter social hay siempre ganadores y perdedores. Aunque lo pretenda, o aunque lo proclame el político de turno, ninguna reforma es neutra. Pero no basta analizar los efectos directos de la medida sino también “las consecuencias de las consecuencias” y lo que podemos llamar efectos colaterales. Tras averiguar quiénes son los ganadores y perdedores, debemos juzgar la bondad o no de la reforma según el criterio que queramos adoptar. Uno, ciertamente muy importante, es el de la justicia, o, si se prefiere, de la equidad, pero no es el único a contemplar, ya que la realidad social es harto compleja. Es éste el meollo de un debate político, que no prescinda de su dimensión moral.
En la reciente reforma del complemento de maternidad a las pensiones, promovida por el ministro Escrivá, hay unos claros vencedores y perdedores. Los ganadores son las familias con hijo único y los perdedores son las familias numerosas, las de tres o más hijos. Los mayorazgos han ganado a los proletarios en esta reforma de un gobierno socialista-comunista.
La norma derogada aplicaba el complemento de maternidad a partir del segundo hijo con una escala que se incrementaba a medida que aumentaba el número de hijos. Las familias con cuatro hijos o más eran las más beneficiadas. En ellas se mejoraba la pensión de la madre en un 15 por 100. Una pensión media actual (1.182 euros mensuales) aumentaba 2.482 euros al año.
La reforma del ministro Escrivá establece la “tarifa plana”: 400 euros al año por cada hijo, incluyendo al primero, pero excluyendo al quinto y sucesivos. A partir del quinto, los hijos ya no cuentan para la seguridad social. Quedan condenados al ostracismo. La madre con cuatro hijos que perciba la pensión media actual recibirá 1.600 euros adicionales al año, 882 menos que con el sistema anterior. Las pensiones más altas, las que más han cotizado, son las más perjudicadas. Por ejemplo, para una pensión de 1.500 euros al mes, el perjuicio asciende a 1.400 euros al año.
Las familias numerosas están que trinan, con razón. Gracias a ellas nuestro invierno demográfico no es tan frío. Gracias a ellas se sostiene nuestro sistema de pensiones, basado en la solidaridad intergeneracional. Y la justificación de la reforma, la llamada “brecha de género”, es una falacia. Porque quien ve perjudicada su carrera laboral y profesional es, sobre todo, la madre con varios hijos. A ella es a la que hay que compensar especialmente. A la “brecha de género” se la combate mejor con el sistema anterior, aunque el ministro Escrivá no sea de la misma opinión. En el sentido genuino del término, las familias numerosas son los nuevos proletarios del siglo XXI. Aportan a la sociedad la prole -la mejor de nuestras riquezas-, pero los poderes públicos no se lo reconocen.
También por razones demográficas, el siglo XXI ha reinventado los mayorazgos. Los hijos únicos son en nuestros días los herederos universales. En España son ya el 30 por 100 de las familias. Los hijos de las familias numerosas (a partir del tercer hijo) representan ya un porcentaje inferior. Los nuevos mayorazgos son los mimados de nuestra sociedad, y también a ello contribuye la reforma del ministro Escrivá. Porque su “tarifa plana” se aplica de igual manera tanto a las pensiones bajas como a las altas. Las rentas no se tienen en cuenta. La “brecha de género” lo justifica todo.
Un brillante profesor de economía explicaba a sus alumnos recientemente lo que iba a significar en la estructura social de España estos herederos universales. Indicaba, sobre todo, los mayorazgos que, a su vez, son hijos de mayorazgos, que ya constituyen una proporción no desdeñable de la sociedad española. Estos se convierten en los herederos universales de sus padres y de sus cuatro abuelos. Lo cual puede suponer, en familias con un mínimo ascenso social, la acumulación de un patrimonio inmobiliario de hasta seis inmuebles o más, con tal de que alguno de sus abuelos haya conservado la casa rural de sus ancestros y otro se haya comprado un apartamento en la playa. Por poner tan sólo un ejemplo, Pablo Iglesias e Irene Montero, ambos, son mayorazgos (aunque no sus hijos), lo que implica un substancioso patrimonio hereditario, que, según las informaciones publicadas, alcanza en inmuebles cifras similares a las señaladas anteriormente.
Las “consecuencias de las consecuencias” de no ayudar a las familias numerosas, o simplemente no agraviarlas, resultan evidentes: van a ser muy nocivas para una sociedad con una monumental crisis demográfica, que se va a agravar dramáticamente, en este año de la pandemia. La única explicación “racional” a la doctrina Escrivá es que las familias con un solo hijo son más que las familias numerosas, o sea, constituyen una bolsa de electores superior. Llamaría a esa “racionalidad” inmoral.