Opinión

Un día en la vida de Pedro Sánchez

POR LIBRE

Joaquín Vila | Domingo 28 de febrero de 2021

En los últimos meses, Pedro Sánchez apenas se ha dejado ver. Desaparece largas temporadas parapetado tras los arbustos de La Moncloa o se va volando a las Marismillas, donde suele bambolearse en la hamaca mientras contempla el paraíso de Doñana. Solo atiende a sus ministros por teléfono; y no a todos, que son muchos. Un día le llamó Alberto Garzón y ni se acordaba de su cara. Y a Inés Montero le suplica que se las apañe con Carmen Calvo, que sabe mucho de feminismo y manifestaciones. Pero salta como un resorte cuando se trata de contar escaños para colar sus decretazos en el Parlamento o para cerrar algún pacto que afecte a su permanencia en el poder.

Entonces sí. Se enfunda su ajustado traje azul metálico, se calza los zapatos picudos, bosteza como un hipopótamo para desperezarse y se monta en el coche, en el helicóptero o en el Falcon para acudir a la cita. Primero, consulta a Iván Redondo, el tahúr en la sombra, el zorro del Gobierno que se ocupa de todo.

Y es entonces cuando aparece en carne mortal. Con sus andares a lo John Wayne y su rígida mueca de mandíbulas apretadas que quiere parecer una sonrisa. Así irrumpió en las escaleras del palacio de La Moncloa para informar de la reunión telemática con el Consejo Europeo, pero, en realidad, se puso delante del micrófono para contarnos su peculiar relato sobre las negociaciones de la renovación del Poder Judicial. En resumen: la culpa del fracaso es de Pablo Casado. No le citó. No era necesario. “Hay que ser valientes”, dijo con arrogancia.

Los periodistas que viven en los pasillos de La Moncloa cuentan que engañó al líder del PP cuando le citó en palacio con la promesa de que atendería sus propuestas. No es así. Cumplió con Pablo Casado, pues ningún miembro de Podemos asistió a las negociaciones. Y ése era, según él, el único veto. De todos modos, la renovación del Poder Judicial no es motivo suficiente para cabrear a Pablo Iglesias, que parece estar deseando romper la coalición para tirarse al monte. Que tampoco es eso. El líder de Podemos solo es la mosca cojonera que cuando el presidente se pone chulito le recuerda porqué y por quién habita La Moncloa y porqué y por quién puede acabar la legislatura mañana. Y con eso está todo dicho.

Tan mosca cojonera es Pablo Iglesias que cuando Pedro Sánchez promete a Pablo Casado tener en cuenta su veto a magistrados cercanos a Podemos, el líder morado presenta a una exdiputada del partido y a un comunista desorejado que condenó al PP por corrupción. Con un mensaje diáfano. Ni Rosell ni De Prada son monedas de cambio. O ellos o reviento el pacto. Y no hay más que hablar. Pedro Sánchez, que no quiere jugar con fuego, exige a Casado que sea valiente; que en este caso, equivale a que se baje los pantalones hasta los tobillos. Y así va tirando el romance entre presidente y vicepresidente. Uno, en la hamaca; el otro, en las trincheras. Y ambos repanchingados en el banco azul. Ad aeternum.

Pedro Sánchez es como el padrino de la cosa. Con voz pausada y desde la distancia de su atalaya presidencial, escucha impertérrito a unos y a otros. A todos les da la razón. Pero no se moja ni en la ducha. Iván Redondo se ocupa de decidir en función de los intereses del jefe, que se resumen en dos: parapetarse tras los arbustos de La Moncloa o bambolearse en la hamaca de las Marismillas.

Y con esa condición, con el único objetivo de amarrar el poder, el Gobierno decide sobre los indultos de los presos catalanes, el acercamiento de los asesinos etarras a las suites de las cárceles vascas, los presupuestos que desguazarán la economía, la gestión del coronavirus y sus estados de alarma, los mil y un decretazos para hacer de su capa un sayo, el reparto de los fondos europeos a sus Comunidades amigas, el Consejo de Administración de RTVE y, ahora, romper el pacto para renovar el CGPJ.

Porque en realidad, a Pedro Sánchez poco le importa que estén o no Rosell y De Prada. Porque esté quien esté, Iván Redondo se ocupará de que actúen a su gusto. Y su gusto es que Pablo Iglesias no rompa la coalición, aunque luego vocifere contra la democracia, la Monarquía, los empresarios, el propio PSOE o el sursum corda. Porque él es feliz mientras pueda deambular por los jardines de La Moncloa o solazarse en las Marismillas. Y eso va para rato. No se puede pedir más. ¿Desgobierno? ¿Qué desgobierno? A vivir que son dos días. O dos décadas.