Opinión

La Tercera República española, un imposible ontológico

Ángel Duarte | Martes 02 de septiembre de 2008
El Mundo anda realizando una serie de entrevistas con algunos de los más destacados políticos que han protagonizado la andadura democrática en nuestro país. Se trata de hacer balance de lo hecho. El interés de las conversaciones es desigual. Cada personaje tiende al descargo de conciencia y, al mismo tiempo, a poner en evidencia sus querencias y obsesiones: hay quien quiere separarse de España y hay quien cree imprescindible avanzar, serenos pero inflexibles -don Julio Anguita siempre ha sido así-, hacia la proclamación de la Tercera República. Lo usual en estos casos. Como mínimo en España.

Quisiera glosar, hoy, ésta última posibilidad, la republicana. El fallecido escritor Eduardo Haro Tecglen, ese joven falangista que en su madurez pasó a considerarse como un niño republicano, es decir, como producto de la educación sentimental asociada al 14 de abril de 1931, abría su definición de República en el Diccionario político que publicó en 1995 de manera concluyente: “Forma de gran carga histórica que carece de un contenido claro en la actualidad”. Se trata de un buen ejemplo de un hecho: hace apenas dos décadas, la república había dejado de estar asociada en España a la idea de transformación social, a la perspectiva de superación de etapas arcaicas en la organización de la vida pública. Había, pues, perdido vigencia.

En los últimos veinte años el colapso de ideas y proyectos en la izquierda, así como el relevo generacional de las élites políticas que protagonizaron la transición, han reabierto la cuestión. Y lo han hecho de la peor manera posible. Uno de los rasgos definidores del republicanismo español consistió en tener, mayoritariamente, una concepción sustantiva, y no procedimental, de la democracia. En otras palabras, la democracia significaba la liquidación del privilegio y el caciquismo, el acceso del pueblo al poder, la separación de la Iglesia y el Estado, el gobierno barato y moral, el triunfo de la razón, la escuela laicista y las reformas sociales. Una versión terrenal del advenimiento del fin de los tiempos. No era, por el contrario, lo que suele entenderse, en clave liberal, por democracia: un terreno de juego que permite los ejercicios serenos de deliberación entre distintos proyectos políticos en presencia, todos ellos igual de legítimos.

Ese marchamo de exclusividad se encuentra detrás de las graves inestabilidades de la Primera y de la Segunda de las Repúblicas. No las explica todas. Las resistencias externas fueron siempre poderosas. Pero hay que reconocer que cuando un régimen nace para imponer una agenda concreta, no por etérea menos excluyente, acaba siendo imposible.

Pues bien, los albaceas del republicanismo se obcecan en reeditar esos rasgos. La República es la izquierda. La República es, y por eso se reivindica como Tercera, la heredera del cantón y de la convicción que en España hay que triturar –don Manuel Azaña dixit- muchas cosas. Mientras eso sea así, y mientras la monarquía se ajuste razonablemente a sus funciones constitucionales, los republicanos continúan haciendo de la República un imposible en España.

Que sea por muchos años.

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