Opinión

La Isla del olvido

Javier Zamora Bonilla | Martes 02 de septiembre de 2008
Me produce cierto pudor escribir sobre un buen amigo, pues temo que la amistad me nuble la vista y sólo vea virtudes donde otros pudieran ver defectos. Iván González Cruz es uno de tantos intelectuales que tuvo que salir de Cuba por piernas para no perder la cabeza, en los dos sentidos, físicamente por la represión de la dictadura castrista y metafóricamente por la represión de la dictadura castrante, que le había cerrado ya dos revistas y le ponía cada vez más dificultades para ganarse la vida.

Conocí al profesor González Cruz hace más de una década, una madrugada recién llegado a España, cuando nuestro común amigo y maestro Agustín Andreu, me pidió que lo recogiera en una estación de autobuses y lo pusiese en otro autobús rumbo a la frontera portuguesa para que pudiera arreglar unos papeles que le permitieran mantener su residencia en España. Nos reconocimos enseguida, supongo que porque los dos mirábamos más a la Luna que a la Tierra. Con su porte gallego y bien parecido, en un profundísimo acento cubano me dijo: “¡Oye!, ¿tú crees que puedo pasar por español?”. Le contesté: “Sí, claro, siempre que no abras la boca”. A partir de ese día hemos compartido muchas vivencias y he aprendido con él, y con su inseparable Nuchi, que llegó poco después, a amar aún más aquel trozo de tierra martiana.

González Cruz es quien mejor conoce la obra del novelista cubano Lezama Lima, a la que ha dedicado concienzudos estudios durante los últimos años al tiempo que daba a conocer muchos de sus inéditos, que transcribió a mano en medio de enormes dificultades antes de escapar. Pero ahora recupera su faceta de novelista en una excelente novela publicada por la editorial Verbum y titulada La Isla del olvido. Una novela --permítanme el juego fácil-- para no olvidar, porque es la mejor parodia (el cervantismo le sale a Iván por los cuatro costados) de esa sociedad planificada que ha intentado crear el régimen totalitario de los hermanos Castro, pero el totalitarismo es imposible en una sociedad tan poética y por debajo de esa Cuba aparente está la Cuba vital, esa Cuba prenatal de la que se enamoró María Zambrano.

Ambas salen perfectamente reflejadas en las maravillosas, divertidas, críticas y realistamente mágicas páginas de esta novela, que será referencia constante para entender por qué algunos cubanos han hecho perder a otros cincuenta años de su vida.

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