Alberto Míguez | Jueves 31 de enero de 2008
Han pasado más de veintisiete años desde que el pueblo saharaui afronta el problema de una patria sin territorio. Los avances en este terreno han sido muy modestos. He aquí un pueblo sin estado ni soberanía territorial aunque desde 1975 haya renunciado a una cosa u otra. Siempre y cuando se preguntó a los saharauis sobre el futuro que desean y esperan, la respuesta ha sido unánime: el Sáhara occidental es nuestra patria y no renunciaremos a ella.
Mal hacen otros pueblos o países próximos si creen que un día esta convicción cambiará. El tiempo lejos de anemiar la fuerza de la reivindicación la ha potenciado. Las cosas están como hace 25 años con todos los matices que se quieran.
Decía el inolvidable Dionisio Ridruejo -qué silencio, qué olvido e torno a uno de los grandes españoles del siglo veinte- que Gibraltar era como el cadáver en el armario. Todos sabían que el cadáver estaba allí y todos sabían también que algún día alguien se acordaría.
Con el Sáhara sucede lo mismo. Prácticamente todos los gobiernos españoles desde la transición al "zapaterismo" jugaron la carta saharaui de Marruecos. Para nada ha servido. Los españoles aguantamos la mala conciencia de una descolonización chapucera que a muchos todavía nos avergüenzan. El cadáver sigue en el armario.
España y Argelia tienen desde hace años excelentes relaciones comerciales sobre todo en el terreno energético. En los últimos tiempos estas relaciones han empeorado. El primer ministro argelino que días pasados concedió a EL IMPARCIAL una muy interesante entrevista fue tal vez el primer político argelino en reconocer que la rescisión de los contratos gasísticos hispano-argelinos en empresas como Repsol y Gas Natural se habían visto afectados considerablemente por unas relaciones no excesivamente intensas o cordiales. Para Argelia, la política española con respecto al Sáhara dificulta estas relaciones y así seguirán siendo si finalmente los sucesivos gobiernos españoles no terminan cumpliendo con sus promesas formales de facilitar que los saharauis ejerzan su derecho a la autodeterminación algo al que sistemáticamentre Marruecos se ha opuesto y sigue oponiéndose aunque el discurso oficial de la diplomacia marroquí sea distinto.
España desearía mantener relaciones amables e interedadas con las dos grandes potencias del Magreb, Argelia y Marruecos, pero el Sáhara seguirá siendo un obstáculo mayor mientras la diplomacia española no logre situarse en una posición equidistante de ambos países y responder con hechos a las tantas veces repetidas promesas de apoyar las resoluciones de Naciones Unidas que parten del ejercicio de autodeterminación de los saharauis. Hasta ahora todas las declaraciones pro-forma de Rabat se han converttido en papel mojado. Le guste o no al actual presidente del gobierno español y a su ministro de Exteriores, la que fue colonia española sigue entorpeciendo la política magrebí del país. Todavía y tal vez por mucho tiempo.
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