Opinión

Elena Medel: bebés con olor a tabaco, pobres de cabellera limpia y rodillas gastadas

MENÚ DE POBRE

Diego Medrano | Jueves 11 de marzo de 2021

Elena Medel (Córdoba, 1985), con varios premios líricos en su haber, gran presencia mediática nacional y de sobra conocida por el público lector, se presenta al natural y de cuerpo entero con primera novela, ya por la tercera edición y Premio Francisco Umbral del año: Las maravillas (Anagrama). Texto sobre los nuevos pobres, las mujeres gastadas más urbanas, ya con varias ediciones, dos kilos del galardón que le han dado dinerillo de bolsillo, bien merecidillo, a su autora. Medel tuvo que luchar mucho para este triunfo. Los machirulos del lugar llamaban a su poemario inicial (Mi primer bikini), cuando la autora pesaba arrobas de más, al modo faltón: Mi primer bikini era un tonel. También recuerdo otras felonías: Mi primer bikini de Elena Tonel. Lindezas, machismos cotidianos, pésimos en el gusto y sabor.

Recuerdo, asimismo, mucha página en El País sobre Medel, promoción tras promoción, una muy graciosa a página entera con Antonio Gamoneda, algo así como “El maestro y su discípula”, cuando todos los poetas leoneses repetían como loritos: “¡Si Antonio dice que no la conoce de nada!”. Medel viaja y ha viajado por el papel cuché, a mí que no la conozco de nada me cae bien, su gracejo andaluz, su lucha heroica feminista, una pasión deslumbrante por la letra impresa, donde no siempre quien escribe está letraherido, parpadeante, nervioso, contrito; en una fiebre perpetua, vamos. “Los alucinados”, de Umbral, sí, por ahí todo seguido. Esta novela de la pobreza es prodigiosa: mujeres pobres, que incluso para protestar necesitan dinero, bebés con mucho olor a tabaco, infraviviendas que huelen a eso, zulo de dos habitaciones o una que se esfuerza mucho, calles enlodadas por la lluvia, barullo de mujeres que escuchan mucho la radio mientras cosen, la respiración dura de las viejas, mujeres cosiendo la ropa en el regazo bajo el buen tiempo, temblor de labios, el olor a patata recién pelada en los cuerpos abrazados como lumbre.

Elena Medel, sin despeinarse, más gorda o delgada, ha escrito la novela entera de la rabia por costumbre, de la felicidad pura en las biografías sin aditamentos, la luz oscura en los muebles baratos de las casas pobres solo perfumados por ropa de plástico “made in” centro comercial chino. Las palabras cuya conciencia es la de haber gritado, la del sudor en la nuca por culpa de los vigilantes, páginas con ojos de ratas, cadáveres ahorcados por el tobillo, mucho desesperado con nariz aguileña y ojos saltones. La novela de los niños/as ricos que un día se levantaron pobres. No existe más paisaje que el de la cara de los otros. No hay más limpieza interior que la de borrar lo que otros ensucian. No hay más tristeza que ese cuerpo de mujer ensanchado cada año. Sólo nos quedan “las cervezas de después”, sí, donde en las miradas nunca encendidas se despierta la amargura con todos los dientes largos y negros, en esa boca abierta como un retrete. La novela sobre las ojeras brillantes por la falta de sueño a las que el maquillaje no oculta. El consuelo con historias peores que la de uno.

Mucho metro, mucho subterráneo, mucho piso que se puede pagar y que no, mucho fijarse en los demás mientras todo no deja de moverse, amores con la ropa sucia en una bolsa, la paz del dinero, las bajas por enfermedad, los hombres con navaja asomados al ruido débil de algunos tacones, dinero y poder, los problemas de los demás, la carne generosa y fláccida, ropa y comida siempre pagadas por otro. Dice en la página 223, a la que se llega con la lengua fuera y el ojal prieto: “Bórrame como si me hubieran escrito a lápiz en el margen de las ofertas del supermercado: un gesto, y ya no existo”. Novela sobre esconder o no el acento. Novela con olor a alcohol y ese entusiasmo de no hacerlo a vómito. Novela donde a los protagonistas les enorgullece pagar sus libros. Galanes de litrona sin gabanes con marcas caras.

Medel hace, a ciegas, el mapa entero de la desorientación donde la única brújula es seguir adelante. Nos define, siempre, el dinero que no tenemos. Hay una precariedad, no de crisis, sino de clase. Hay expectativas no responsables. “Voces y cuerpos de quienes no pueden manifestarse porque tienen que trabajar”, justo eso. Otra aspereza es la del texto: la propia de las tristezas luminosas, la valentía de los que siguen, la grandeza de quien todavía cree en una moral, una ética para todos, no cada cual como las gallinas picando en su medio metro de terruño. “Una escritora con los ojos abiertos”, dijo de ella Marta Sanz. Diga lo que quiera la báscula. Es el mejor libro del año pasado, 2020, según muchos, por su excelente calidad poética y autopsia fría, sin rodeos, porque la pobreza mata, aunque se siga respirando. Las colas del hambre dan vueltas y vueltas, más que la caravana de todas las amantes locas del clásico, y las monjitas en los comedores sociales lo ven venir, pobres de caballera limpia, buena ropa, clases medias, gente normal. Las maravillas es una novela para despertar, donde no hay somníferos y se lucha contra el peor infierno de todos, el de la inercia. Todos pisamos el alambre pero llorar, callar o desertar no está permitido.