Como ignorante en materia jurídica me sorprenden a menudo las decisiones de los tribunales. Seguramente la sabiduría de sus titulares, en contraste con mi ignorancia, explica mi habitual sorpresa. Ahora creo, sin embargo, que concluirán según preveo. ¿Cómo podría cuestionarse que una moción de censura pudiera prosperar por haberse presentado unos minutos antes que la franca apelación a la voluntad popular? La voz del pueblo dictará la censura o la aprobación. Me sorprende que periodistas de mucho crédito, según ellos mismos manifiestan, quieran hacer cuestión de circunstancia tan trivial y sin sustancia. No debiera haber aquí “lío jurídico” alguno.
La voluntad popular, manifiesta en las elecciones, es el último referente de esa democracia tan sonora que sirve, a menudo, para colmar discursos inacabables. Habrá quiénes exijan que del mismo modo se acuda a la voluntad popular para convocar un referéndum de independencia, pongamos por caso en Cataluña. En este río revuelto, todo vale, pero a cualquiera que conserve la más elemental capacidad lógica le resultará patente la diferencia. Nada habría que objetar a un referéndum relativo a la independencia de Cataluña, si el sujeto de esa voluntad popular fuera el pueblo español. En efecto, en este caso se trata aquí de conceder la secesión de una parte de la nación. En el caso madrileño la cuestión pretende únicamente garantizar la continuidad de las instituciones de la Comunidad Autónoma. Admitir que la filigrana jurídica se anteponga al electorado sería escandaloso, lo cual no significa que no sea posible porque en España el escándalo hace tiempo que ha dejado de serlo, para convertirse en rutina.
La decisión de Díaz Ayuso no puede objetarse. Ante la rebelión de las élites, apelar al pueblo. Y que se vote. Es posible que el resultado no le sea favorable, el paso es incierto. En cualquier caso, es evidente que la cuestión que se dirime en estas elecciones – previstas para el próximo mes de mayo – trasciende la Comunidad Autónoma de Madrid. El control de la Comunidad de Madrid por los partidos de una izquierda asociada al independentismo tiene el valor de un jaque mate, en el que, sin duda, el rey está en juego y con el rey – una vez más – la partida.
La soñada república esconde, bajo su esmalte tricolor, una realidad peligrosa. La cuestión monarquía o república es secundaria. Una república presidencial y centralista sería del agrado de una parte importante de la población española, pero indeseable para el secesionismo en el poder. Bajo la máscara republicana se esconde un anómalo federalismo asimétrico o, más sencillamente, la fragmentación de la nación en unidades soberanas. La oposición o la defensa de la monarquía escenifica, una vez más, la defensa de la España Una – sin perjuicio de la diversidad propia de toda nación política – frente a la defensa de la pluralidad de naciones peninsulares – sin perjuicio de la posible unidad técnica o administrativa que pueda definirse –. De esta manera la unidad de España sería muy semejante a la unidad de esta Europa de nuestras tribulaciones. Unidad tecno económica y abstracta.
Llegados a este punto conviene no engañarse. Se está dando un paso definitivo y fatal. Las elecciones madrileñas son – por fin – determinantes. El referéndum – sin pactos, ni zarandajas – se va a jugar en Madrid y en el mes de mayo. Del signo que adopte la ocasión depende, en una medida incalculable, el futuro de España. El pronóstico no es halagüeño para los que se aferran a la unidad porque, en el mejor de los casos, mantendrían una posición muy semejante a la actual, acaso desembarazados del siempre ambiguo apoyo de ese partido ambiguo que pareció, por un instante, una estrella fulgurante en el panorama electoral. En el peor de los casos, para los defensores de la unidad nacional, la derrota significaría un paso definitivo en el proceso de reconfiguración de la estructura política del país. Reconfiguración que podría conducir a la extinción del curso histórico de España, a su acabamiento.
¿Qué valor tendrán las entidades políticas que crezcan sobre su ruina? No hay que mirar muy lejos. Repúblicas sometidas a los intereses de terceros, muy próximos, incapaces de ofrecer resistencia alguna a un domino que, es cierto, ya se ejerce igualmente sobre esta agónica España, cuya tensión interna apenas es soportable. ¿Socialismo o barbarie? No, es otra cosa: España o nada.