Opinión

Madrid, Madrid, Madrid

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 17 de marzo de 2021

En las derechas son muchos los preocupados por la política económica, que traería a la Comunidad de Madrid una victoria electoral de las izquierdas. Es que, entre izquierdas y derechas, las alternativas siguen siendo desafortunadamente semejantes a las que ya conoció el siglo pasado o el anterior. O bien una mayor o menor regulación estatal, o bien mayor o menor liberación comercial. De ese juego escapan muy pocos y, sin embargo, es un juego tedioso cuyos resultados consisten siempre en alguna posición entre un colectivismo con muy escaso margen de acción individual o un individualismo resumido a una estricta piedad negativa. O bien las empresas y entidades económicas, o bien la burocracia de partido. Ambas potencias erguidas sobre una masa de individuos agregados y solitarios, sujetos al vaivén de decisiones que les son enteramente ajenas. Su único consuelo es el recurso al voto, tras cuatro años de servidumbre silenciosa. Un consuelo menor tras el que recaer en la consabida alternativa, siempre falsa. Parece que en el espectro que va de la regulación política minuciosa de la vida cotidiana, a la regulación económica minuciosa de la vida cotidiana, lo óptimo es una regulación político-económica. Si entre ambas potencias hubiera contradicción podría hallarse en su enfrentamiento una vía de escape, pero – habiendo continuidad y armonía – el dominio alcanza cotas de perfección. Nada más sutil y eficaz que el dominio social democrático.

Así las cosas, el resultado del escrutinio electoral de mayo es importante para el electorado según su relación con ambas potencias, es decir, según que su dependencia tenga por señor al Estado o al Mercado o, lo más probable, a ambos en alguna de las formas de simbiosis características de las sociedades que llamamos avanzadas. En este caso, el votante se inclinará más bien por índices retóricos o por la eficacia de una publicidad mejor diseñada.

Pero en las elecciones madrileñas del próximo mes de mayo este juego amenaza con una nueva quiebra. Ya no parece jugarse liberalismo o barbarie comunista – como ahora dice Díaz Ayuso – o en su forma simétrica: comunismo o barbarie (neo)liberal. En esta ocasión parece que, a medio plazo, el resultado puede conducir en una u otra dirección a esa reforma constitucional que se nos irá presentando paulatinamente como inexorable.

Si las minorías gobernantes en Madrid – “élites” esconde un índice positivo que no merecen – se alinean con las que detentan el poder en Cataluña o País Vasco, dispondrán en la misma dirección los tres motores económicos del Estado: en la dirección del federalismo (asimétrico) o de la independencia – tras asegurarse la hegemonía con pactos comerciales ventajosos – de esas pretendidas naciones fraccionarias. Esto no es apocalíptico en ningún sentido, la historia seguirá su curso con o sin España o con un estado español que sostenga – como un corsé de metal sostiene un cadáver – una estantigua sin sustancia. Menos probable parece una victoria de las derechas españolas en Cataluña o País Vasco, que llevara a alimentar o fortalecer una nación española que siempre ha ocupado mal su lugar entre el resto de naciones homologadas. La victoria de las derechas en Madrid mantiene la situación incierta y prolonga la agonía – es decir, la lucha – que tan bien conoce España.

Toda la peripecia de la nación española en los últimos dos siglos ha tenido lugar en las coordenadas históricas surgidas de su derrota. Coordenadas resultantes de los largos siglos en los que se fue imponiendo el universalismo abstracto de los derechos humanos, con el imperio incontestable de las democracias de individuos sin atributos. Ese marco ha logrado una irrealización o pérdida completa de sustancia de las identidades históricas: de los individuos y los pueblos, hasta alcanzar tras la guerra mundial la plena neutralización de lo que Russell R. Reno ha llamado “dioses fuertes”. Un signo de esa neutralización puede verse en las graves dificultades que aparecen por todas partes a la hora de asumir la historia propia o de pronunciar el plural “nosotros”: “Nosotros, los europeos” o “Nosotros, los españoles”. ¿Nosotros?

España había sido – antes de su subordinación a la modernidad triunfante – soporte de un universalismo concreto, asociado a un imperialismo de otra morfología que el imperialismo democrático, hoy hegemónico. Las dificultades para su propia identificación nacional son por eso mayores que las que ya poseen las demás naciones europeas modernas y de ahí que su voluntad de expiación alcance cotas extremas.

El último acto – por el momento – de esta agónica vicisitud, que define la historia moderna de España, nos lleva de nuevo al viejo Madrid – como decía el chotis –: “pedazo de la España en que nací”, sin olvidar que “en México se piensa mucho en ti”. Madrid pudiera ser sólo un fragmento o acaso sea una parte formal desde la que reconstruir la figura del todo y de un todo que remite nada menos que al orbe novohispano. Pero: ¿Hay alguien hoy – por debajo de los cuarenta años – que conozca el chotis?