Norberto Alcover | Miércoles 03 de septiembre de 2008
Paso unos días estivales en un pueblecito mediterráneo, exuberante de recuerdos infantiles y adolescentes. Con dos iglesias, una en la parte alta (la iglesia de los veraneantes) y otra, la parroquia propiamente tal, en las profundidades del pueblo, ahora la única con verdadero culto. Mi memoria las contempla llenas a rebosar de un gentío fervoroso y fidelísimo. Desde los cuarenta a los ochenta, cuando el precio del nacionalcatolicismo comenzó a pagarse con fuertes intereses sociológicos en la praxis, pero también en la teoría, de la fe ancestral que parecía dominar España.
Estos días de estío y de pretendido descanso, desde el altar se abría ante mí un mar de cabezas solamente canosas, como si un ángel exterminador hubiera eliminado a cualquier feligrés menor de cincuenta años. Hijos y nietos de mis amigos y amigas ya ni pisan las dos iglesias, tal vez porque, entre todos, hemos conseguido que los templos perdieran todo significado existencial para sus jóvenes vidas. Desde el altar, que siempre induce a cierta actitud clerical de superioridad, pensaba en aquella Nueva Evangelización que Juan Pablo II proclamó nada menos que al comienzo de su pontificado: ¿qué se ha hecho de ese deseo papal? Un demonio sutil me susurra que no hay novedad sin creatividad. Y que toda creatividad implica libertad, riesgo, incluso un margen de error admitido de antemano. Pero se trata de un demonio sutil que rápidamente borro de mi espíritu.
Nos estamos jugando el futuro del catolicismo en España. De nada valen las manifestaciones encrespadas de griterío y banderas. Por el contrario, vale una sana educación teológica/espiritual, una capacidad de presencia cotidiana significante y, en fin, un diálogo incansable con la cultura del momento. Porque fe y laicidad no se dan necesariamente de bofetadas.
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