Opinión

El mejor de los mundos o la exaltación de la infamia

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 01 de abril de 2021

En este ocaso interminable ya nada nos escandaliza. Hemos normalizado la banalidad, la estupidez y una acrobática flexibilidad moral. Ni una palabra diré de los juicios espectaculares en prime time; hace ya mucho tiempo que dejó de ser noticia el final del estado de derecho. Hemos convertido la historia en historieta, en tira de comic, y es lo de menos que la ministra de igualdad intervenga en programas de televisión para dictar justicia. Es irrelevante que la televisión traduzca con tortuosa libertad las palabras de un entrevistado o emita imágenes de las atestadas playas madrileñas: todos sabemos que el gobierno de Madrid antepone la economía a la vida de las personas, es natural que sus playas estén hasta la bandera. Toda estas “micro-miserias” son epifenómeno de una realidad elemental.

Lo peor es el resentimiento. El resentimiento es un parásito viscoso que toma el corazón y distorsiona la visión. El resentimiento exige el desprecio de valores cuyo reconocimiento se impone, pero – consciente de nuestra incapacidad para realizarlos – ejecutamos una tergiversación directa, despreciando lo mismo que, sin embargo, no podemos dejar de reconocer valioso. El resultado es siempre la peor putrefacción moral y el desorden psicológico.

La historia de España – rica en luces y sombras, como todo lo humano – es difícilmente despreciable. Su dimensión evidente – si se revisa cualquier historia universal se encontrará allí un capítulo dedicado a la Monarquía Católica – fuerza un reconocimiento que quisieran negar sus enemigos. Añádase que de esa larga raíz histórica puede siempre esperarse la savia nueva que permitiera renovar la vida española del presente, pese a su deplorable estado de ruina. Acaso por ello el resentimiento se aplica con especial denuedo sobre esa historia y se quiere hacer ridículo el nombre mismo de “España”. Gentes que hablan español con un fino acento castellano pronuncian, si pueden pronunciarlo siquiera, el nombre de “España” con un visible matiz de desprecio. Es un perverso efecto moral del resentimiento.

Mucho antes de que los empresarios del entertainment hicieran un parque temático de la historia de España, los señores de la memoria ya habían hecho de la historia de España un parque temático. No hace falta viajar a Toledo, para que Puy du Fou nos deslumbre con una historia fantástica y sensacional, basta leer algunos manuales para saber qué es verdaderamente la fábrica de sueños. A la turbia luz de la actualidad resulta difícil contemplar nuestro pasado, pero hace falta disfrutar de una ceguera voluntaria para encontrar en nuestros días el momento culminante de la historia de España. Esto no impide a algunos hablar sin pudor del presente como del momento cenital de semejante historia.

Pero esa tenebrosa oscuridad que se vierte sobre el pretérito parece no ser un rasgo exclusivo de los españoles. La Universidad de Oxford planea retirar los estudios de la llamada “música clásica” por su “complicidad con la supremacía blanca”. Va para dos siglos que Europa perdió su lugar en el puesto de mando y hoy le toca alimentar los motores del progreso con su propia sustancia, que está siendo sacrificada en el altar diabólico o divisivo del progreso realizado. El resentimiento tiene estas cosas. Es más fácil emular los ritmos del hip hop que poner tu frase musical junto a cualquier línea de Bach – ese hombre blanco, padre de numerosa prole – o de su señora esposa: Anna Magdalena.

  • K. Chesterton lo decía, hace un siglo, con exactitud: “puedo hacer el futuro tan estrecho como yo mismo; el pasado está obligado a ser tan ancho y turbulento como la humanidad. Y el resultado de esta moderna actitud es realmente el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica viejos ideales. Miran hacia delante con entusiasmo porque les da miedo mirar hacia atrás”.
  • Hoy, sin embargo, ni siquiera se inventan nuevos ideales, sino que se da por ideal el estado actual del mundo. Hemos llegado al futuro y queremos consolidar un presente sin mañana. En una reconciliación infinita con lo que hay, se desiste de la lucha y se entrega uno a la más miserable “onfaloscopia”.

    Pero no deberíamos engañarnos: la abolición del pasado es condición necesaria para el pleno desarrollo de la más completa servidumbre. No tendremos nada, pero seremos felices. Laminar íntegramente el pasado para construir el siervo más perfecto, agradecido por el subsidio que se le concede y entregado a la estupefaciente felicidad que se nos predica. Ése es el objetivo de la Agenda 2030: no tendrás nada, pero serás feliz. La novísima izquierda sólo tiene futuro.

    Menos mal que han desbloqueado el Canal de Suez y se reactiva la circulación interminable de mercancías. Entre adminículos y baratijas, entre pantallas de la verdad y falsos servidores digitales podremos reafirmar nuestra certeza de habitar, posiblemente, el mejor de los mundos. Posiblemente… ¡ese mínimo resquicio de duda debe ser obturado cuanto antes!