Además de genial escenógrafo, cartelista, pintor, poeta, músico, ensayista, novelista y apabullante dramaturgo, Francisco Nieva, “el último clásico de nuestra Literatura”, en palabras de Luis María Anson, era también un egregio articulista, con una concepción neorromántica del subgénero del artículo. Sus más antiguos artículos los encontramos en la Revista de Teatro “Primer Acto”, allá por mayo de 1971. Entre 1984 y 1998 escribió espléndidas Terceras en el ABC de Anson, que uno debe guardar como un tesoro por sus vislumbres culturales, valientes revelaciones y hallazgos literarios. Posteriormente empezó a escribir en La Razón de Anson artículos de fondo en que el autor analizaba la actualidad desde su experiencia vital y cultural. La mayor parte de todas estas creaciones periodísticas permanecerán, en parte por sus hallazgos culturales, en parte por su originalidad literaria y estética, y en parte por su puro valor valor literario. Siendo todos sus artículos rebeldes contra el presente, ninguno de ellos es una glosa denigratoria contra nadie. Lo que dice mucho bueno de nuestro amigo. En el fondo todos ellos son retazos de su muy literaria biografía. Y quizás más biografía que sus Memorias, “Las cosas como fueron”, lo sean sus artículos periodísticos. Magníficos neologismos y casticismos festonean siempre sus artículos. Si los neologismos los tradujera ya no sabrían a la misma cosa. No es lo mismo un “banlieu” que un suburbio, o “missfit” que inadaptado. Y no existe término que pueda sustituir a “sopinchado”. Obviamente el teatro ocupa un lugar señero en estos artículos, siempre con una crítica contracorriente y políticamente incorrecta, pero también en ellos se abordan otros muchísimos temas, como las artes plásticas, entre las que está el cine y sus mitos ( Garbo ). Y el “fait divers”, como el precioso artículo dedicado al bicarbonato de la vieja España. La crítica a un consenso cultural de mediocridad, vulgaridad y chocarrería que trajo La Transición, su increencia manifiesta en la Broceliandia comunista. La crítica a la arquitectura pública, como gótico penitencial y flagelo del alma y de la vista, los búnkeres de hormigón presidiario de Le Corbusier. Su amor a Italia, sobre todo a Venecia, de tan hermosa decrepitud y cuyos inviernos adriáticos entraban en forma de niebla en las casas, derramándose por el suelo, como un fantasma de película. Sus continuas invectivas a nuestro sistema de partidos. La valoración de grandes clásicos, algunos olvidados, como Paul Léautaud. Sus magníficas y pasmosas críticas musicales, elogios a los grandes mecenas. La reivindicación de la inteligencia natural de los paletos, la palurdez de los Juegos Olímpicos modernos, infinitamente menos interesantes que los clásicos originales. El amor eterno a lo antiguo y al libro viejo. El respeto y la admiración por artistas políticamente incorrectos, como Alfonso Paso o Ezra Pound o Ionesco, del que los comunistas decían que era reaccionario, porque afirmaba que en Rumanía se vivía mal, y es que Nieva nunca se preocupó de que pudiera la izquierda llamarlo reaccionario: también era añorante Balzac de los “chuanes” y Stendhal de las marquesas italianas del siglo XVIII. Su miedo pánico al rebaño, porque un rebaño sin cabrón que lo encabece no es rebaño. La experiencia soturna de que hay fatiga y desprecio en casi todo lo que el español opina de los otros españoles, que más vale la muerte del arte que el arte soviético. La comprobación repetida de que nuestros ministros y directores generales son personas aún inacabadas. El elogio encendido a la mesa camilla, una forma de hedonismo ibérico en el que Unamuno, Pío Baroja, Valle-Inclán o Gómez de la Serna compusieron sus grandes obras: estaba casi seguro de que cualquier hogar español con mesa camilla abriga a algún ciudadano decente. Paco veía este mundo como un purgatorio, enardecido por la necesidad de adelgazar. Adelgazar es una meta mística, adelgazar es un ideal. En cuestión de fortunas eróticas, lleva mucho ganado el hombre que tiene cara de Satán y una apostura de esqueleto. A falta de religión, todo se reviste de supersticiones y la Iglesia de la Anorexia tiene más adeptos que muchas sectas y produce más mártires que todas las persecuciones religiosas que hayan podido existir. El virus de las locuras corrientes que todos tenemos. El falso misterio de la inspiración: el arte de todos los tiempos es como una serie de exageraciones entusiastas, y es siempre un acto de voluntad.
En sus últimos años Nieva vivió apabullado por una realidad apabullante que ya no tenía sus valores ni su mundivisión. La minoría que lo rodeábamos disminuía, quedando cuatro gatos. Nos quedamos “fuera de cacho”, que se dice en tauromaquia. Y es que, como decía el maestro, para vivir con cierta soltura, hay que tratar de no ser nadie, cambiar de chaqueta todos los días. Quien no es nadie lo puede pasar muy bien en la vida; es como un corcho feliz que se deja llevar por la corriente y puede salir airosamente de los más turbulentos remolinos de la vida. La vida y el mundo modernos se han hecho para nadie. El derrumbamiento de la cultura humanística y de las lenguas clásicas han precipitado esta superioridad de nadie, que es ahora “el hombre sin atributos”. A todos nos conviene hoy no ser nadie. Es con lo que sueñan los políticos: dominar a grandes masas de nadies, que se plieguen a su forma de gobernar para nadie. Ser nadie nunca pasa de moda. Nuestro querido Paco, que no llegó a conocer esta ya larga pandemia universal, una hapantótica pandemia, supo ya prever que el trabajo a distancia, y las reuniones digitales en las que estamos sin estar presentes, acabarían con las buenas maneras y la indumentaria correcta, que son la base de la misma cultura. Reivindicó también grandes genios españoles del pasado, como Daniel Urrabieta Vierge, que a pesar de haber sido nombrado por Víctor Hugo “el padre de la ilustración moderna”, se ha olvidado por completo en nuestro país. Sus dibujos eternizaron la Comuna de París. Ilustró las novelas de Hugo y la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet, así como el Quijote, y también El Buscón, de Quevedo. Según Apeles Mestres “Vierge es el dibujante más genial que jamás ha existido. Hasta Vierge esas palabras podía aplicarse a Alberto Durero; porque este artista estupendo lo dibujó todo y lo dibujó bien”. El propio Nieva tenía un sentimiento de superioridad como dibujante precisamente por imitar al maestro Vierge. Tanto ABC como La Razón deberían editar sendos libros con todos los magníficos artículos del maestro.