El próximo sábado 24 de abril será un día de memoria y duelo en Armenia y en las comunidades armenias de la diáspora.
Ese mismo día hace 106 años las autoridades otomanas detuvieron a la intelectualidad armenia de Constantinopla -escritores, músicos, profesores, abogados, médicos- como primer paso para la destrucción definitiva de las comunidades armenias del imperio. El famoso compositor y monje Soghomon Soghomonian, cuyo nombre en religión fue Komitas, conoció el horror de aquella redada y de la posterior deportación en tren a casi 500 kilómetros de la ciudad. Gracias a los buenos oficios de Henry Morgenthau, embajador de los Estados Unidos, logró salvar la vida y regresar a la capital del Bósforo, pero el espanto de lo que había presenciado le dejó un trauma del que jamás se recuperó.
Entre 1915 y 1922, los armenios y otras minorías cristianas del Imperio otomano sufrieron un genocidio que incluyó no sólo la destrucción física de las personas, sino también la de sus iglesias, sus monasterios, sus cementerios y, en general, todo rastro de su presencia tanto en los territorios de la Armenia histórica como en Cilicia y el resto del Imperio. Las formas de ejecución fueron diversas: fusilamientos a las afueras de los pueblos, deportaciones a pie a través de los desiertos, ahogamientos, incendios, linchamientos, ahorcamientos. Las propiedades fueron confiscadas so pretexto de salvaguardarlas. El ciclo de matanzas que había comenzado con las Masacres hamidianas (1894-1896) y había continuado con las matanzas en Cilicia (1909) condujo al exterminio sistemático de los armenios mediante un conjunto de medidas legislativas y administrativas de confiscación, deportación y trabajos forzados -entre otras cosas- que prepararon las condiciones para los asesinatos a manos de bandas de irregulares, grupos paramilitares y otros efectivos armados. De unos dos millones de armenios que vivían en el territorio del Imperio otomano, mataron a aproximadamente un millón y medio.
Las conmemoraciones de este año tendrán lugar pocos meses después de la ofensiva de Azerbaiyán sobre Artsaj, conocido también como Nagorno-Karabaj, el territorio de mayoría armenia que los soviéticos asignaron a Azerbaiyán y que los armenios controlaban desde 1994.
El frágil alto el fuego auspiciado por la Federación de Rusia ha fijado unas líneas de demarcación que deja Stepanakert, la capital de Artsaj, al alcance de la artillería azerbaiyana. Las tropas de Baku controlan ahora las regiones de Kalbajar, Agdam y Lachín, por donde transcurre un corredor protegido por fuerzas rusas y que une la parte de Artsaj bajo control armenio con la República de Armenia.
Azerbaiyán aún retiene a prisioneros armenios a lo que aún no ha permitido regresar a Artsaj. Según fuentes del gobierno estadounidense, son unos 50. Fuentes armenias los elevan a 200. Por otra parte, la oficina del defensor del pueblo de Artsaj ha denunciado el mes pasado la destrucción y los daños en iglesias armenias que testimoniaban la presencia histórica de los armenios en los territorios que ahora controla el gobierno de Bakú. Así ha sucedido con la iglesia de Zoravor en la ciudad de Mekhakhavan, la catedral del Santo Salvador y la iglesia de San Juan Mkrtich en Shushi y la iglesia de la Santa Madre de Dios en el pueblo de Tsakuri. El precedente de los vestigios de presencia armenia que Azerbaiyán ha ido destruyendo desde 1994 en los territorios bajo su control no dan lugar al optimismo.
Los ecos del genocidio aún resuenan y se hacen más fuertes cada 24 de abril. Cuando Rafael Lemkin acuñó el término no pensaba sólo en el exterminio de las personas, sino también en la destrucción de las culturas que los pueblos habían alumbrado. Las iglesias derruidas, los cementerios profanados, las estelas de piedra abatidas no son consecuencias del infortunio, sino parte de un intento deliberado de borrar la presencia armenia en los territorios históricos donde los armenios han sido mayoría.
106 años después del Genocidio armenio la presencia armenia vuelve a estar en peligro en su propia tierra. Una letal combinación de nacionalismo, militarismo y complejo de superioridad inspiró la destrucción de los armenios del Imperio otomano sin que las potencias europeas occidentales del momento -el Imperio británico, el francés, el alemán- interviniesen para impedirlo. Algunos episodios aislados -el rescate de los armenios del Musa Dagh que noveló Franz Werfel, por ejemplo- no sirven para exonerar de culpas a los Estados que abandonaron a los cristianos del Imperio otomano. Sólo el Imperio de los zares acudió en auxilio de los armenios. Después, Stalin entregó a la República de Azerbaiyán el territorio de Artsaj, donde ahora los armenios están de nuevo amenazados.
El pueblo armenio ha sufrido no sólo la atrocidad de un genocidio, sino la impunidad de sus responsables y los intentos de negarlo y silenciarlo en los foros internacionales. Más de un siglo después, la comunidad internacional no puede permanecer impasible ante el peligro que se cierne sobre la presencia armenia en Artsaj.
Es hora de que se haga justicia a los armenios.