Montse Fernández Crespo | Viernes 05 de septiembre de 2008
A menudo nos despertamos con la invisible esperanza de que algo o alguien especial irrumpirá en nuestras vidas y llenará esa especie de vacío existencial que nos persigue desde que en aquel momento, en la lejana infancia o en el fervor adolescente, experimentamos el primer terror al pensar acerca de lo que de verdad supone la vida, de que comprenderla entera no es fácil, de que nacimos solos y vivir a veces cuesta.
Luego crecemos, maduramos, nos enamoramos y justo ahí, hallamos a la persona que creímos nos hacía tanta falta: nuestra mitad “justa”. Y pasan el tiempo, y las personas. Y la persona “justa”, al fin, tan cercano, no existe. Existen personas y más personas, diferentes. Existe nuestra necesidad, nuestro propio deseo. Cada una de ellas nos aporta algo singular en un momento concreto, limitado o continuado. Y luego se alejan, exhaustas, porque ya no poseen novedad o valor o cariño que entregarte, o porque ambos nos declaramos incapaces en la trágica tarea del amor. Y ese es nuestro destino, tejer y destejer, buscar y ser encontrado, acercarse y desaparecer cuando el estímulo que nos movió a ello se haya secado.
El amor es grande, pero también es un sentimiento confuso y agotador. Por eso, con lo años, la madurez aprendida a veces se rinde al más pequeño e inválido de los indicios, como perpetuando ese deseo de hallar a la persona que nos complete al menos en alguna de nuestras facetas, algunas de las cuales todavía desconocemos. Y nos transformamos porque no queremos rendirnos, morir todavía enteros: escribimos tiernos SMS, esperamos cálidas respuestas en cada e-mail que recibimos, rebotamos profundas miradas, nos figuramos que nos desean y que seremos únicos para ese otro. Y disfrutamos con cada breve intento aunque conocemos, por aprendido, que es una falacia porque no somos la “persona justa” y tampoco, aún buscando, la encontraremos. El resto, las parejas, en su mayoría, son la manifestación de un objetivo que el ser humano asume con resignación y mayor o menor cobardía: la convivencia, la familia, la procreación y la educación.
En “Ardiente secreto”, Stefan Zweig plasma su pensamiento conservador acerca de las relaciones humanas, evitando la consumación de un adulterio y soltando las lágrimas en el arrepentimiento de una mujer-madre culpable por un acto no buscado y no consumado.
Aquí están la sociedad, la familia y los hijos.
En “La mujer justa”, de Sándor Márai, sus tres protagonistas-narradores de la misma y tan diferente historia, no se arrepienten ni maldicen, sólo reflexionan y concluyen que en la vida, los otros y nosotros, buscamos ideales que aunque intensos y desgarradores, se tornan casi vulgares tras el análisis y el paso lento y abigarrado del tiempo, transformando las pasiones debidas a esa “persona justa” en una aceptación resignada y melancólica de un final casi siempre pronosticado.
Aquí están los desencuentros y la incapacidad del ser humano.
Y nosotros, torpes alumnos de la vida, continuamos buscando, luchando, gimiendo, soñando, recordando, anhelando, amando y deseando... Sólo la vejez nos dejará tranquilos, pues al fin comprenderemos que anduvimos solos y nos rendiremos, y aceptaremos calmadamente, en cualquier circunstancia que nos toque en ese momento, la soledad que durante tanto tiempo nos esforzamos en mantener alejada.
PD. Y entonces se separan, llenos de rencor o de indiferencia, y recuperan la esperanza y empiezan de nuevo a buscar otro compañero. O, si ya están demasiado cansados para empezar otra vez y permanecen juntos, se roban mutuamente la fuerza y las ganas de vivir, se ponen enfermos; se van matando el uno al otro y al final se mueren. Y quien sabe si en el postrer momento, cuando cierran los ojos, entienden por fin lo que querían del otro. (Sándor Márai)
TEMAS RELACIONADOS: