Opinión

Reconstruir la casa para hacer la vida

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 22 de abril de 2021

La actividad a la que se dedican los profesionales de la cosa pública, que es cada vez más la cosa nostra, está alcanzando cotas de miseria que, aunque no podemos juzgar inéditas, no dejarán de sorprender. La mentira, una categoría sin la que no puede entenderse la política moderna, envuelta en el desprecio y saturada de odio partidista, se aúna a la capacidad de mantener con gesto impertérrito – índice de una desvergüenza absoluta – una cosa y la contraria al mismo tiempo.

Vivimos en tiempos ásperos y escabrosos, debemos estar dispuestos a sufrir algo más que el silencio o el rechazo. Pero es necesario, más que nunca, mantener la alegría de vivir, sobreponernos al ambiente depravado que emana esa actividad, que me resisto a llamar “política”, y no perder de vista la marca indeleble que consagra la dignidad del prójimo. No ha sido nunca fácil extender la mano al enemigo, mientras nos defendemos de su ataque y, sin embargo, es lo más necesario. Hoy, como siempre.

Se trata de no desistir en la defensa, con la guardia alzada, pero sin dejar que nos tome el odio o el asco. En el gran cambalache de la democracia, en el día de su fiesta mayor, que es el día de elecciones, se volverán a tirar los dados del juego de la representación: puro teatro. Pero a veces el artista se la juega y puede caer sobre el escenario; parece que nos encontramos próximos a un espectáculo verdaderamente arriesgado. Se diría que estamos ante un punto de inflexión: las elecciones en Madrid – con trazas de generales – van a significar, si no me equivoco, un nuevo grado en la intensidad polémica y en el sectarismo extremado. Nos aproximamos a una terrible frontera, escapamos del campo de gravedad de la política y nos adentramos en un abismo sin horizonte. No sería fácil, si fuera posible, replegarse de nuevo al espacio de las instituciones, al orden de las formas constituidas. Hemos pateado principios elementales, hemos transgredido límites que creíamos infranqueables. Vivimos en estado de revolución permanente, ejercida desde las más altas instituciones del Estado. De ahí la apariencia de continuidad, característica de las revoluciones que se ejecutan desde arriba. La ingeniería política inició hace tiempo el desmontaje de la arquitectura jurídica del país, y han acudido tarde las fuerzas escasas que la sociedad pudo movilizar en la defensa. No queda apenas nada que oponer, de ahí el valor de ocasión incuestionable que han adquirido estas elecciones. ¿Respuesta de los restos activos de la sociedad o último paso en la dirección revolucionaria?

También el mundo parece haber alcanzado un límite. Nos encontramos con la crisis definitiva de la vieja idea de progreso y de la esperanza consiguiente en una interminable sucesión de ganancias netas. Sólo los más ciegos fanáticos juzgarán íntegramente positiva la transformación que se anuncia y que nos conduce a un transhumanismo delirante. Nadie parece pensar en conservar el viejo mundo, en reanimar formas de convivencia tradicionales, proteger parsimoniosos y lentos estilos de vida, reduciendo la productividad y el consumo, ralentizando la actividad sin sentido y el movimiento desquiciado de nuestro tiempo. Nadie pretende reavivar formas de comunicación heredadas, estructuras antropológicas antiguas como la historia. Más bien se juega a torcer la gramática en nombre de la liberación de ese patriarcalismo de sus aberrantes pesadillas, a destruir toda diferencia amable y cualquier dependencia caritativa. Agoniza el mundo que hemos conocido, sin que veamos crecer sobre su descomposición ninguna forma viva. Nada que anuncie una reordenación de sus ruinas o la redención de sus esperanzas, pero tampoco se deja ver alternativa.

El derrumbamiento económico, que no esconde la pandemia, es el contexto de la lucha por la nueva hegemonía. No es una circunstancia esperanzadora para nuestra sociedad caduca. Pero el colapso histórico y cultural caracteriza a toda esta Europa que ha alimentado una suicida voluntad de expiación.

De un modo u otro los años venideros se cargan de gravedad y no permiten un pronóstico amable. Hay que conservar viva en el pecho la llama de la verdad, preservar la alegría de vivir, encontrar en el prójimo el alimento espiritual sin el que el que no podríamos sostenernos en las jornadas que se aventuran inclementes y lesivas. Y esperar que sobre las posibles ruinas del futuro pueda levantarse una forma de convivencia que aún permita contemplar el mundo como una estancia habitable, diseñada para nuestra vida.