Opinión

A propósito del Mayorazgo de Labraz

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de abril de 2021

La Generación del 98 representa una de las grandes cumbres de la Literatura española y, aunque llega un poco más tarde, forma parte como un gran epígono ibérico de ese movimiento portugués naturalista, que tiene como centro al gran Eça de Queiroz y a su generación “los Vencidos de la Vida”, entre los que están también Oliveira Martins, Teófilo Braga, Ramalho Ortigâo, Antero de Quental o Joâo Da Câmara, que a su vez beben de Flaubert y Zola. Nadie puede negar que la Generación del 70 portuguesa influye decisivamente en el aspecto formal en la nuestra del 98. Luego, las circunstancias históricas marcan de forma distinta a los escritores de ambos países. Sólo hay que leer la Poesía Completa de Unamuno, editada por Alianza Tres, para percatarse de la gran influencia que nuestro gran escritor tiene de Camilo Castelo Branco y su Amor de perdiçao, Soares de Passos, Joâo de Deus, Tomás Ribeiro, Guilherme de Azevedo y el gran Antero de Quental. En nuestro Pío Baroja pesa bastante la influencia portuguesa, y la de Eça de Queiroz es innegable. Cuando leemos la preciosa novela El mayorazgo de Labraz, publicada en 1903, tenemos que recordar forzosamente La ilustre casa de Ramires, de Eça de Queiroz, publicada póstumamente en 1900, y ese mismo año traducida al castellano. En ellas vemos dos países que aunque de espaldas uno del otro sufren la imparable decadencia de dos viejos modelos de vida ( los mismos ), ya casi decrépitos, cuando aún no vislumbramos algo mejor que los sustituya. Tras los viejos hidalgos ibéricos sólo entrevemos el salvajismo moderno. Las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides estaban ya por dentro agusanadas. Frente al humanismo de los hidalgos se otea la tecnología de los nuevos bárbaros en los dos grandes escritores. “Y un día desaparecerá la Humanidad y la sustituirá la Maquinidad funcionando por medio de un sistema maquinal, parecido al de esos socialistas canallas de París”, nos dice don Pío.

Labraz es la metáfora perfecta de una España en caída libre desde todos los puntos de vista, sobre todo desde la perspectiva moral y religiosa. La crítica a un clero canalla, inculto y brutalmente fariseo coincide con la que hace Eça de Queiroz en todas sus obras, particularmente en su valiente obra de La reliquia. En El Mayorazgo de Labraz sale la laguna negra que retomará Machado. Los libros siempre hablan de otros libros.

El gran Pío Baroja en su preciosa novelita de amor culpable ( o indecente y criminal ) y de desgracias sin pausa hasta el triunfo de un amor purísimo utiliza maravillosamente el paisaje para describir y presentar los pensamientos, sentimientos y emociones que dominan el alma de los protagonistas ( Ramiro, Micaela, Juan, Cesárea, Marina, Martín, Rosarito, Diego de Beamonte, Bothwell ), así como los sesgos trágicos o venturosos de la novela, más bien pocos y concentrados en el final. La llegada del malvado Ramiro, el malvado de una nueva época, y su mujer, a Labraz la anuncia la descripción de un paisaje siniestro: “Avanzaba la noche: el cielo estaba negro, la luna llena salía del seno de un nubarrón negruzco para volverse a ocultar, el viento soplaba fuertemente, y aquel correr de las nubes daba un extraño y fantástico aspecto al paisaje”. La enfermedad de Cesárea, la pobre mujer de Ramiro, también se anuncia con una ékphrasis de la atmósfera: “Silbaba el viento en la campana de la chimenea y mugía sordamente a lo lejos”. La pasión adúltera de Ramiro por Micaela se expresa en los sonidos del órgano de la iglesia: “Un turbión de acordes graves bramó en las entrañas del órgano”. Y, al fin, la propia muerte de Cesárea, insidiosamente deseada por los amantes hasta el punto de haberse preparado un veneno, también la anuncian los ruidos: “El reloj de la Colegiata contaba en sus campanadas tristes y lentas las horas que pasaban, y al poco rato el reloj de la casa, un reloj largo, estrecho y huraño, como un señor búho, envejecido, refugiado en un rincón, lanzaba desde el fondo de su caja, que parecía un ataúd, su voz gangosa y malhumorada…” En el día del mercado de Labraz, Baroja utiliza a un hombre que con un gran cartelón explicaba la vida de un criminal, desde que empezó por la desobediencia a sus padres hasta que terminó en el patíbulo para satisfacción de todos, como heraldo que presagia el robo de las alhajas de la Virgen, la corona y el manto, de la casa del Mayorazgo, así como el castigo. Un castigo que el destino descarga contra la suprema inocencia, que es Rosarito, la pequeña hija de Juan, el Mayorazgo, lo único digno que quedaba en Labraz junto con Marina, como supérstites de una España muerta. Pero ante el nacimiento de un niño la naturaleza expresa su esperanza indesmayable. “Mugían los bueyes en el establo; ladraban los perros de las casas cercanas; el aire silbaba en la chimenea”. Después de tantas desgracias, la felicidad final de la novela también se anuncia: “Entró en el bosque un rayo de sol; los pájaros salieron en bandadas; por entre los matorrales del brezo cantó la malviz, silbó el tordo y el Sol fue levantando su cabeza radiante sobre las cimas de los montes nevados. El cielo quedó azul, puro y espléndido; en las faldas de los montes alguna flor de oro brilló entre los matorrales de retama.”

Hoy España vuelve a estar en agonía, como en los inicios del siglo XX, y quizás por ello esta novelita barojiana la sentimos muy actual, y hasta tácitamente nos puede dar las claves para salir de este espantoso marasmo moral y político. Hoy la degradación y corrupción culturales y educativas españolas son activas y buscadas, cuando se les quita el derecho a los españoles de quince años de estudiar latín. Eso al menos no pasaba en la época de Baroja, en la que aún se mantenía vigente la Ley liberal de Claudio Moyano, respetuosa y sensible aún a las humanidades clásicas. España está pasando de la barbarie pasiva ( LOGSE ) a la barbarie activa con la Ley Celaa. Y muy pronto ya se prohibirá esta pequeña obra maestra del gran Baroja por la frase final que la amada dice a su amado y con la que don Pío cierra la novela: “Eres mi señor, eres mi amo” – murmuró Marina.” Nos queda la esperanza de que ni Irene, próxima miembra de la Real Academia, ni sus todas, todos y todes hayan leído a Baroja.