LAS CAUSAS Y LAS CONSECUENCIAS
El día 25 de abril de 1986, los técnicos del turno de noche de la central nuclear de Chernobyl, procedían a unas comprobaciones programadas con antelación y destinadas a mejorar el nivel de seguridad del reactor en una supuesta situación crítica.
Durante estas tareas, como el control de varios elementos de seguridad era manual y visual, y cuando los operadores cometieron algunos errores, resultó que en una de las pruebas principales la situación escapó a su control y el reactor explotó. Tal vez si estas mismas manipulaciones se hubiesen hecho en un reactor de tipo “occidental”, la pérdida de control habría sido imposible, ya que los sistemas automáticos no lo habrían permitido. Algo parecido se produjo en 1979 en una central nuclear norteamericana en Pensilvania, cuando tras varios errores del personal tuvo lugar un importante accidente, pero allí no se llegó a una explosión del reactor, precisamente, porque la central tenía un diseño más seguro y automatizado.
Según las conclusiones, obtenidas por las autoridades soviéticas conjuntamente con los organismos internacionales, la principal causa del accidente, aparte de los errores de los operadores, en gran medida, fue un mal diseño de los propios reactores que carecían de suficientes sistemas de seguridad.
Pero hubo un factor más, muy peculiar y poco comentado, tanto en los escritos sobre la tragedia de Chernobyl, como en algunas películas dedicadas al asunto. Fue un factor humano puramente “soviético”. Voy a explicarlo.
Los trabajos de comprobación estaban programados para el turno de día del 25 de abril de 1986. Justo unos días antes de la celebración de la gran fiesta nacional soviética del Primero de Mayo. Pero, la administración decidió posponerlos al turno de noche ya que la parada del reactor, necesaria para la realización de dicha profilaxis, disminuía en un 25% la producción de energía eléctrica. Pero esa electricidad era necesaria para el funcionamiento de todas las empresas ucranianas que aquellos días estaban trabajando a tope con objeto de poder cumplir, para finales del mes de abril, en vísperas de la gran fiesta del Primero de Mayo, con el plan mensual de producción de obligado cumplimiento para todas las empresas y organizaciones del país. El “sagrado” Plan debía cumplirse a cualquier coste. Y la reducción de la energía eléctrica durante el día podía impedirlo.
Así que la profilaxis, debería hacerse de noche. Pero en el turno de noche trabajaba el personal de “guardia”. Eran los técnicos menos cualificados para realizar los trabajos programados y con menor preparación que los ingenieros y científicos que habitualmente trabajaban en el turno de día. Así que, si no se hubiera producido este “cambio” circunstancial, ¿quién sabe?, quizás unos profesionales más experimentados habrían podido evitar el desastre que se produjo.
Los daños en vidas humanas y en la salud de la población de las arreas afectadas, producida por la “avería” en la central de Chernobyl resultaron cuantiosos. Sólo los gastos y las pérdidas “materiales” alcanzaron una astronómica suma de 80.000 millones de dólares USA. Era mucho dinero para un país que no podía permitirse derrochar recursos, dada la fuerte crisis económica que lo estaba golpeando justo al comienzo de la Perestroyka.
También quedó dañada la imagen de la URSS como una gran potencia nuclear. ¿Qué potencia industrial es aquella que no puede garantizar el buen funcionamiento de sus centrales nucleares? ¿Y qué garantías había de que no sucediese algo semejante en el manejo de los arsenales de armas nucleares?
Chernobyl resultó ser una verdadera “bomba atómica” para la Perestroyka, tanto desde el punto de vista económico y social, como del retrato de las reformas en sí, emprendidas por Gorbachov. De hecho, dentro de seis años, ya no existiría el país llamado la Unión Soviética y Gorbachov dejaría de ser su Presidente.
Y la que también resultó altamente perjudicada ante la opinión pública fue la propia figura del “átomo de la paz” – que tanto les gustaba a los soviéticos llamar la energía nuclear del uso no militar –, quebrándose la imagen de la energía nuclear como la de una de las más “limpias” del planeta.
El accidente de Chernobyl produjo un fuerte apagón en la construcción de nuevas centrales, tanto en la Unión Soviética como en el resto del mundo. En algunos países occidentales, incluso, se ha prohibido por ley la construcción de nuevas centrales nucleares. Por ejemplo, Alemania pretende dejar de utilizar la energía nuclear para la generación de electricidad antes de 2030. Lo mismo está pasando en España.
Pero las más lamentables, indiscutiblemente, resultaron las pérdidas en vidas humanas y un enorme daño asestado a la salud de los millones de personas. Hoy en día, treinta y cinco años después del desastre nuclear de Chernobyl, sigue muriendo gente como consecuencia de aquello.
No obstante, hay que resaltar que muchos de estos daños “humanos” podían haber sido evitados si las autoridades soviéticas no hubiesen ocultado la información sobre la verdadera envergadura y la gravedad del accidente en la central de Chernobyl lo que habría permitido a las autoridades sanitarias a tomar medidas preventivas para proteger a la población expuesta a una radiación “sobrehumana”.
Y es una de las lecciones de la máxima importancia y de una enorme actualidad que tenemos que sacar de aquel accidente ocurrido en Chernobyl hace 35 años. No se puede y no se debe, por parte de las autoridades de ningún país del mundo, ocultar una información vital para la salud humana. Sea en el caso de Chernobyl-35 o en el de Covid-19. Una ocultación de la información de este tipo debería catalogarse como un crimen de “lesa humanidad” y los que lo cometiesen ser juzgados por el Tribunal Internacional de Derechos Humanos. Quizás de esta forma se pudiera evitar que tales crímenes se repitiesen.
La palabra “chernobyl” se traduce del ruso como “la realidad negra”. A causa de la pandemia provocada por el Covid-19, un auténtico Chernobyl de nuestros días, se está hablando continuamente de una nueva realidad. Pues, hagamos entre todos para que esta nueva realidad sea lo menos “negra” posible.
(Más información sobre el desastre de Chernobyl, con unos detalles poco conocidos, el lector encontrará en mi libro La caída del Imperio Soviético que pronto será publicado por la editorial madrileña ACTAS)