José María Herrera | Sábado 06 de septiembre de 2008
Todos los hombres llevamos a cuestas una cruz, pero Martín Kippenberger se ha equivocado representándose a sí mismo como una rana crucificada, una rana borracha y libidinosa, del color de una valla recién pintada, porque si algo hay en este mundo que no puede ser rebajado hasta la caricatura es precisamente la cruz, símbolo del dolor y la agonía de los inocentes.
El papa Benedicto XVI se ha equivocado calificando de blasfema la escultura de Martin Kippenberger en la que se representa a una rana crucificada sosteniendo con una mano un huevo y con la otra una jarra de cerveza, porque, al margen de que el autor, para restar fuerza a la escena, la considerara un autorretrato, la obra no es una blasfemia, sino una mamarrachada.
Las autoridades del museo de Bolzano donde se expone el grotesco batracio que talló Martín Kippenberger se han equivocado reuniéndose para determinar si esta obra merecía o no la consideración de obra de arte porque esto no depende ni jamás dependió de las decisiones de una comisión y porque, independientemente de los procedimientos reglamentarios, lo artístico de una obra tiene que ver sólo con ella y nada en absoluto con las opiniones de los expertos burócratas encargados de mostrarla.
Alois Lageder, presidente del Museion de Bolzano, se ha equivocado al justificar la decisión de mantener expuesto el bicho crucificado diciendo que hay que defender la autonomía de las instituciones artísticas porque de ese modo ha revelado que lo que de verdad le interesa no es proteger las obras artísticas, sino las instituciones destinadas a gestionarlas.
El consejo regional de Bolzano que se opuso a la exposición pública de la rana crucificada se ha equivocado defendiendo la necesidad de retirarla con el pretexto de que hiere los sentimientos de los ciudadanos porque este tipo de apelaciones descansan en la dudosa creencia de que alguien conoce los sentimientos de los ciudadanos, lo cual no es verdad ni puede serlo, salvo en la medida en que se pretende manipularlos.
Franz Pahl, presidente del consejo regional de Bolzano, se ha equivocado al iniciar una huelga de hambre para exigir que el verde animal crucificado desapareciera de su vista porque, de esa manera, es decir, resistiéndose a aceptar su viscosa presencia, lo único que ha hecho es prestar a la obra una notoriedad que jamás habría alcanzado por sus propios medios.
Yo me he equivocado hablándoles hoy de esto porque, aunque soy incapaz de ver en el repugnante batracio verde crucificado de Kippenberger la gran iniquidad que ha enfurecido al consejo regional de Bolzano y a su presidente Franz Pahl hasta el punto de obligar a las autoridades del Museion a pronunciarse acerca de lo que es y no arte y al papa a juzgar blasfema una mamarrachada, la obra es un producto tan insignificante, tan pretencioso y ridículo que lo último que debería haber hecho es contribuir con mis palabras a divulgarla.
Hay algo no obstante que, sin temor a equivocarnos, todos podemos aprender de esta ridícula querella de batracios en la que nos hemos visto implicados, algo que ya dijo Chamfort siglos antes de que Martin Kippenberger tuviera el extravagante capricho de crucificar una rana: “la humanidad es estúpida, a juzgar por mí”.
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