Cuando un político se pone delante de un atril en noche electoral para decir que asumen la derrota y que no saben qué ha podido pasar, que es hora de hacer autocrítica, es porque cuando se dieron las primeras señales de que el barco se metía en zonas de rocas no se hizo caso a las advertencias, no se cambió el rumbo y se persistió en el error. Es entonces, en ese momento en el que los hechos te avisan de que te has equivocado, en el que toca reflexionar.
Lógicamente, no todos reflexionamos igual y la arrogancia, la soberbia, el sectarismo y la doctrina, pero también la chulería e, incluso, el desprecio al prójimo puede llevar a no enfocar de una forma eficiente esa autocrítica. Tirar balones fuera y echar siempre la culpa al otro es, por lo general, de políticos fracasados. Como en la vida misma.
El análisis tiene que ser sincero. Ni el “profe” te tiene manía ni los árbitros están comprados, si las cosas no salen como quieres es porque algo estás haciendo mal. Y es de persona honesta y, sobre todo, competente analizar los fallos y corregir lo que no funciona. Quemar en la hoguera al que ha hecho exactamente lo que le has dicho que haga no es precisamente lo más justo. Con el riesgo añadido de que, probablemente, el desastre volverá a ocurrir.
El siguiente paso, habitualmente no deseado, es que esa reflexión, de hacerse en conciencia, te lleve a ver que la opción política que se lleva defendiendo hasta ese momento, no es la que tiene mejor predicamento. Puedes descubrir, incluso, que es perjudicial. Pero esto, como se pueden imaginar, es muy difícil que lo reconozca un político que ansía y codicia seguir en el poder por encima de los intereses de la ciudadanía.
Isabel Díaz Ayuso ha provocado muchas hecatombes en sus rivales políticos con la victoria del pasado 4 de mayo en Madrid. La respuesta del Gobierno, principal responsable del desastre en el PSOE madrileño, ha sido generar más indignación y desconcierto en todo lo que toca y hace al intentar buscar su chivo expiatorio al tiempo que busca recuperar la credibilidad perdida, si es que alguna vez la tuvo.
Buscar culpables para lo que Pedro Sánchez y quien le asesore han hecho es de mal político, mal ciudadano y mala persona. Las propias bases socialistas juzgarán sin Joaquín Leguina o Nicolás Redondo Terreros se merecen el trato recibido y si el propio Ángel Gabilondo, aunque el error fuera de inicio considerarle candidato, y José Manuel Franco, a pesar de estar en primera fila (que nunca fue tal) son los artífices de que tanto el presidente del Gobierno, así como varios ministros, participaran en la campaña electoral en Madrid. Si sumamos a todo esto dividir en Andalucía a cuenta de unas primarias tampoco parece el mejor remedio.
Ni esto es autocrítica ni el desastre que generan los cambiantes criterios sobre el toque de queda y la prórroga del estado de alarma es la mejor forma de congraciarse con el electorado. Añadir más lío al tremendo lío no soluciona nada. Más bien parecen movimientos desesperados de un Ejecutivo desnortado que no sabe qué hacer porque en su horizonte no está solucionar la crisis sanitaria sino recuperar votos.
Pero es que Isabel Díaz Ayuso también ha desencadenado lo que ahora se llaman “opas”. Las ofertas públicas de adquisición ya existen desde hace mucho tiempo en el ámbito empresarial. En el terreno político hace referencia, ya saben, a que un partido se ofrece a recibir en sus filas tanto a los dirigentes como a los votantes de otra formación. Lo hace ahora el PP con Ciudadanos, con éxito, como vemos, y lo hace Más Madrid con Podemos.
Podemos está tocado por lo que ya se sabía, que caería cuando su intocable líder supremo dejara la primera línea política. No voy a entrar en si Pablo Iglesias se ha marchado porque trabajar por España no le dejaba tiempo para ver sus series preferidas y, oye, hay prioridades; o si deja todos sus cargos porque le han echado. Tanto da, porque el resultado es la espantada y sálvese quien pueda.
Por fortuna para los votantes de Podemos o los dirigentes a los que les quedan ganas de seguir en política, están cerca sus primos hermanos de Más Madrid, que en modo OPA recibirán con los brazos abiertos, por lo menos, a los más influyentes y menos “podemizados”. En este caso, no parece que Irene Montero vaya a tener el mismo predicamento con Íñigo Errejón que con el padre de sus hijos. Yolanda Díaz, sin embargo, sí es objeto de deseo de la escisión ecologista. Aunque la lectura, quizá, sea que es la vicepresidenta y ministra de Trabajo la que huye.
Se le acumula el trabajo al PSOE tras las elecciones en Madrid, las futuras en Andalucía y la gestión de la pandemia con el fin del estado de alarma. Si hicieran lo que dicen siempre que van a hacer cuando se pierden unas elecciones (escuchar a la calle, reflexión, análisis y autocrítica) quizá nos iría mejor a los ciudadanos de a pie. Por cierto, si nos escucharan, sabrían, entre otras cosas, que subir tantos impuestos tampoco es buena solución para nada. Pero en esto tampoco hacen el examen que mejor revierte en los españoles.