Opinión

Gaston Boissier

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de mayo de 2021

Gaston Boissier es uno de esos grandes sabios humanistas franceses, que junto a E. Renan, H. Taine, Fustel de Coulanges, Alexis de Tocqueville, François Guizot, J. Michelet, Lamartine, o Benjamin Constant, uno tiene que tener en su biblioteca. Sin ser tan conocido este sabio como los otros siete citados, su obra, sin embargo, tiene la altura intelectual de sus otros grandes compatriotas. En nuestro país se le conoce, sobre todo, por su espléndido ensayo Cicerón y sus amigos, quizás la obra que más fama le ha dado en España, y que tan bien retrata la última época de la República Romana – además de desenmascarar a Ático, el amigo oportunista y editor de Cicerón -. En ediciones argentinas también encontramos su espléndido libro Madame de Sevigné, la deliciosa creadora de una de las más grandes prosas de la literatura francesa. Tuve el inmerecido honor de que mi generoso amigo Francisco Nieva comparase mi novela epistolar Josefina y Luis con las cartas de la gran Madame de Sevigné. Pues bien, acaba de salir en castellano la obra que Gastón Boissier escribió ya octogenario, La conjuración de Catilina, en la que profundiza en la más famosa conspiración de todos los tiempos, y que viene a ser la profundización del tema principal de su gran obra maestra, Cicerón y sus amigos, escrita aún en el ímpetu de la juventud de un sabio. La conjuración de Catilina, su última obra, está traducida magníficamente al castellano por el magnífico humanista Francisco Rodríguez Menéndez, uno de los más grandes latinistas españoles, junto a una espléndida introducción, y numerosas notas eruditas que no podemos soslayar, y que sin duda son dulces bocatti para cualquier anticólogo. Y está publicada en la joven pero ya prestigiosa editorial KRK Ediciones. Francisco Rodríguez Menéndez pertenece a una de esas familias asturianas liberales para quienes la cultura de los hijos es el objetivo más básico, junto a la lucha por una democracia liberal ( su tío Aurelio Menéndez y Menéndez, además de hombre cultísimo, fue ministro de Educación y Ciencia ( y Cultura ) en el primer gobierno de Adolfo Suárez, y preceptor del actual Rey de España ).

En la época de Gastón Boissier se pensaba que dado que los textos literarios son una expresión genuina de la sociedad que los había producido, era necesario zambullirse con una oceánica erudición en ella a fin de llegar a ser casi perfecto contemporáneo de los autores cuyas obras se estudian. En ese sentido Gastón Boissier llegó a hacerse contemporáneo de Cicerón, Catilina y Salustio, entre otros. Aunque Catilina, gracias a Cicerón y Salustio, se convirtió en la encarnación del mal puro respecto al ámbito político, colgándosele fechorías y sambenitos que rayan por su villanía casi en lo mitológico, en realidad Catilina tenía un programa político que devenía de los ya casi centenarios anhelos de los tribunos Graco, los trágicos hijos de Cornelia, Saturnino, Mario, Cinna, Carbón, Livio Druso, Publio Sulpicio Rufo, Celio, Manlio, Clodio, Rulo, y muchos otros que constituían lo que podría llamarse la corriente maximalista del partido popular. ¿Fue simplemente la conjuración de Catilina una intentona golpista de vividores desesperados bajo la dirección de un ambicioso sin escrúpulos? No lo creemos para nada atendiendo a los solos datos que nos proporciona el mismo Boissier. Detrás del “malvado” Catilina están los sombras agigantadas de Craso y César. En el fondo la Conjuración de Catilina fue un experimento más con el que resolver un problema en principio irresoluble.

La República Romana, lo mismo que las demás estructuras políticas del Mundo Antiguo, no llegó a descubrir jamás el concepto de “democracia representativa”, que por primera vez aparece en A fragment on Goverment, de Jeremy Bentham, publicado en 1776, y, más claramente, en una carta fechada el 19 de mayo de 1777 del padre fundador Alexander Hamilton a su querido amigo Gouverneur Morris. Posteriormente Alexis de Tocqueville desarrolla totalmente este concepto en su obra maestra. El desconocimiento de este concepto moderno hizo que las estructuras políticas de la República Romana no pudiesen adecuarse a los inmensos territorios que Roma comenzó a conquistar tras las guerras púnicas, y a integrar a los ciudadanos con derecho romano, y más adelante latino en una participación efectiva en sus venerables comitia centuriata, comitia tributa, comitia curiata y concilia plebis, en los que la democracia directa era la esencia de ellos mismos. El propio estudio de Boissier muestra lo difícil que Roma ponía las cosas a los ciudadanos romanos de Italia para poder participar en las estructuras de aquella democracia republicana. La Conjuración de Catilina fue un experimento más, fallido, para superar el problema. Y esa solución del problema llegaría treinta años después, con el inicio del “principatus”. Efectivamente el “imperium” – no en sentido clásico, sino moderno – era incompatible con la democracia directa sobre la que se asentaba la República Romana.

No pudiendo existir representación política, Catilina, sin embargo, pretendía representar en su arruinada situación la miserable situación social de los más desgraciados de los romanos. Creía que lo único que puede hacer a uno vicario de los demás es llevar la misma vida que los demás, que lo único que puede hacer a uno vicario de los pobres es llevar una vida pobre. En ese sentido Catilina no sería marxista, puesto que creía que el carácter de clase era lo único que legitimaba el vicariato político. Sólo un pobre y un desgraciado puede representar a los pobres y desgraciados. “…cum miserorum fidelem defensorem negasset inveniri posse nisi eum qui ipse miser esset (…) minime timidum et valde calamitosum esse oportere eum qui esset futurus dux et signifer calamitosorum”. Pero la historia demuestra machaconamente que los que van de “signifer calamitosorum” acaban siendo opulentos habitantes de casoplones. Intentó primero asaltar el poder por las buenas, presentándose a los comitia centuriata para cónsul, pero perdió las elecciones, primero frente a Cicerón y Antonio, luego frente a Murena y Silano. Y comprobando que mediante los votos no podía llegar al poder optó criminalmente por la revolución y la guerra civil. Catilina ha sido una constante en la Historia del hombre y la libertad, por eso es tan importante conocer su caso y entender la moraleja política que de él podemos sacar. Uno que lo entendió fue Napoleón III, aunque sus pasiones no le dejaron obrar en consecuencia.

La democracia liberal descubrió que la representación política no representaba personas, sujetas por definición al cambio permanente de situación y mundivisión, sino corrientes de opinión duradera que configuran la trama moral de una época. Magnífica la obra del gran Boissier.