Opinión

José Ortega y Gasset en la Argentina

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 15 de mayo de 2021

Qué Buenos Aires despierta amores entrañables o reflexiones polémicas no es novedad. Se viene dando desde tiempos lejanos y no deja de sorprender. Borges me confesó que de muchacho sentía celos de que otros amaran a su patria chica como él la amaba; ese amor lo concebía sólo en él y le costaba admitirlo en los demás. Sana envidia que pudo llegar en ocasiones hasta la crítica áspera y acerva. Pero como ante tantas cosas, también en los laberintos del amor debemos resignarnos. “Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvidos…”, melancoliza el tango cantado por Gardel.

No hace mucho, cenando en Madrid con el cantautor español Joaquín Sabinas me comentó con honda soudade, entrecerrando los ojos: “Te soy sincero, cada vez que voy a Buenos Aires siento una sensación de alegría y nostalgia difícil de definir. Amó a esa ciudad. Todo lo que necesito se encuentra allí. En verdad, mi amor por la Argentina es fundamentalmente mi gran amor por Buenos Aires. ¡Hombre que incomparable ciudad la vuestra!”

En El hombre a la defensiva (1929), el segundo ensayo que José Ortega y Gasset le dedica a la Argentina, empieza por manifestar su afecto por la ciudad rioplatense que tanto lo conmovió, y allí, insiste en el tópico de su primera visita a Buenos Aires, que se dio en 1916. Lo había asombrado, entre tantas cosas, el grado de madurez que se tenía de la idea del Estado en una megalópolis que ya empezaba a convertirse en el centro neurálgico del país, y por ende de nuestra América. En la “cabeza de Goliat”, como la llamara el poeta Ezequiel Martínez Estrada.

En muchos aspectos, especialmente en el cultural, Buenos Aires era el centro de atracción de todo el continente. El inquieto aedo Rubén Darío, había desarrollado en esta costa del Atlántico sus ideas modernistas. Encontró en esta colosal ciudad el campo propicio para su revolución estética. Eran épocas en que había gente en Bogotá o Lima, que pensaba en el Abasto o en la calle Corrientes, como nosotros antes, pensábamos en la Isla San Luis o en Montmartre.

Sin embargo, el Estado que encuentra Ortega; digamos, el concepto de Estado, aunque lo exalta en diversos aspectos, lo juzga menos eficiente que rígido, separado por completo de la espontaneidad social que bullía en la calle Corrientes; vuelto frente a ella y con rebosante autoridad sobre individuos y grupos particulares. A veces, Buenos Aires, le recuerda Berlín, sobre todo cuando ve asomar por todos los rincones el perfil policíaco de las instituciones públicas (“centralista por donde se la mire, abundante y perversa, dispuesta a limitarlo todo y asumir el mando de las cosas en cualquier momento”, observa con buen ojo de perspicaz cronista). No se equivocaba, en el contexto político, el exacerbado autoritarismo produciría en 1930 el primer golpe militar en contra de la democracia. En su indagación descubre, además, cierta altanería en los sectores de poder. El pueblo argentino no se contentaba con ser una nación entre otras, y Buenos Aires debía ser la que obligara a marcar el paso; aspirando a un destino especial, peraltado, que exija de sí mismo un futuro soberbio y está resuelto a mandar por sobre el resto porque tiene vocación imperial. Las provincias se deben someter a esta centralista ciudad. Acaso apoyado en este concepto, también alguna vez, el feroz crítico que fue André Malraux, de paso por estas orillas del Plata, la definió con una rotunda, desencantada sentencia premonitoria: “¡Buenos Aires, ah, qué triste, es la capital de un imperio que nunca fue y tampoco será!”.

Menos moderna que clásica y ecléctica en su construcción, tan parisina como madrileña o barcelonesa; digamos que marcadamente europea en sus formas estéticas, no faltaron los famosos arquitectos de todo el mundo como Mario Palanti, Carlos Thays, Vittorio Meano, Francesco Tamburini, Alberto Prebisch, Alejandro Bustillo, Le Corbusier y Clorindo Testa, entre otros, que dejaron sus huellas en esta Buenos Aires cuya su construcción, muy a imagen y semejanza de Europa, nos sigue deslumbrando. El libro de Alberto Galardi, un arquitecto genovés, asombrado estudioso de la edificación porteña, que tuve el honor de prologar, recopila e historia esas obras con coloridos y memorables comentarios.

Pues bien, este frustrado imperio de Sudamérica, también deslumbró genuinamente a Ortega y Gasset, y sigue deslumbrando visitantes que pisan esta ciudad ganada a la llanura, convocados en ocasiones por algún festival o encuentros de economistas, hombres de negocios, lujuriosos políticos o festivales artísticos y deportivos. Tampoco nunca falta algún justiciero panegírico a la arrobadora melodía del tango o el acrobático corte y quebrada de los estilizados bailarines.

Al referirnos a Ortega, no podemos dejar de agregar que la Argentina sigue rezagada; entre otras razones porque los respectivos gobiernos que se han sucedido han hecho y hacen poco o nada para liberar al pueblo de tremenda decadencia. Quizá de lo que se trate, valorando los conceptos del filósofo, es de recuperar la consigna eterna del progreso social de la humanidad, con menos diferencias ideológicas, sin muros partidarios separatistas, con mejor distribución de la riqueza y con una responsable protección del medio ambiente.

Hemos sido (seguimos siendo), eso sí, anfitriones de la cuestionada dirigencia de un mundo competitivo que se mira el ombligo y hemos podido ser testigos presenciales de la defensa que cada uno hace de sus mercados o quintitas. O, mejor dicho, del mito de una pregonada libertad de mercado, aunque todos tratan de imponer la realidad de la protección a ultranza de sus divinos intereses. Ante tal concurso de proteccionismo, en un territorio desprovisto de normas y de reglas, que es apenas una República en absoluta caída, cuyos responsables son la mediocre dirigencia y las grandes empresas que dictan normas tan útiles para su codicia como dañinas para sus habitantes. A esto habrá que sumar, indudablemente, el carácter intrínseco del hombre argentino, que muy bien estudio el genio español.

El primer viaje

En julio de 1916 tuvo lugar el primer viaje de José Ortega y Gasset a nuestro país que se extendió hasta enero de 1917. Tenía 33 años y ya había publicado el primer volumen de El Espectador, la recopilación Personas, obras, cosas y, previamente, sus Meditaciones del Quijote. Llegó acompañado por su padre, don José Ortega Munilla, eximio escritor y periodista. Venía invitado por la Institución Cultural Española para pronunciar en la Universidad de Buenos Aires un ciclo de conferencias sobre los problemas más actuales de la filosofía; aprovecharía también para dictar un seminario, más restringido, aunque no menos amplio, sobre Kant y otros filósofos. Las demás disertaciones tuvieron lugar en las provincias de Tucumán, Córdoba y Mendoza.

Acogedora, generosa siempre con el extranjero, Buenos Aires enamoró al ilustre visitante. Durante su estadía fue recibido y agasajado por las principales autoridades políticas y sociales. Ministros, embajadores, académicos, empresarios y escritores rindieron homenaje a este filósofo llegado de España que en su suelta elocuencia hablaba con elegante profundidad sobre temas que interesaban a legos y entendidos por igual. Gracias a Ortega, sostuvo el profesor Alejandro Korn, “algunos despertaron de su letargo dogmático y se abrieron al mundo”. Por su parte, el doctor Rodolfo Rivarola le reconocerá “haber estimulado el interés por la filosofía, como no ocurrió jamás antes en nuestra tierra”.

Ortega no perdió ocasión de atribuirnos diversas cualidades que “lo deslumbraron”, según su confesional expresión; tales como la pujanza, la curiosidad y perspicacia, y la elegante cortesía. No pasó por alto ni dejó de elogiar nuestro "optimismo aspirante" y nos encontró libres de prejuicios y envidias. En sus Impresiones de un viajero destacó la porosidad y el “talento socializador” del pueblo argentino para atraer e integrar grupos humanos diversos en la unidad de un Estado. Se había creado, como se ve, una corriente de aprecio mutuo entre Ortega y aquella Argentina próspera, tan bien representada por la ciudad cosmopolita, que en adelante se afianzaría aún más al ritmo de sus colaboraciones periodísticas y la publicación de sus tan leídas obras fundamentales.

Sin embargo, su confesada deuda de gratitud no podía saldarse con la adulación fácil o cantando loas a nuestro “heroísmo cerealista y ganadero”. Por eso no dejó de señalar, a despecho de esas otras virtudes que alimentaban su entusiasmo por una nación que veía en ascenso, algunas de nuestras carencias. Obviamente no ignoró la falta de disciplina interior, la exagerada predisposición al énfasis, el escaso interés por la ciencia que nos exhortaba a revertir dedicando mayores energías a la educación universitaria. Ortega temía, además, que iniciáramos una etapa de “cierto desprevenido monologuismo” e incomprensión mutua como la que transitaba en ese entonces su patria española. Si el pensamiento es “esencialmente diálogo, afán de colaboración”, a la agresión verbal entre unos y otros había que oponer “la paz de la afirmación y la serena aserción del hombre de ideas que hace de ella su auténtica ofensiva progresista”.

Ahora bien, ¿qué dijo Ortega acerca de los argentinos durante su primera visita? En Impresiones de un viajero, sostiene en ese escrito que se ha encontrado con un pueblo lleno de afanes y libre de envidias. El pueblo criollo, le parece a Ortega, un pueblo con talento socializador de Estado, al que se le hace necesario el cultivo de actividades sobre-económicas cuanto mayor es su desproporción frente a las utilitarias y practicistas. Esta es la misión que debe asumir la Universidad, que el filósofo español ve como el instrumento para la labranza de los pueblos.

El impacto, no obstante, fue recíproco; si bien es cierto que su persona e ideas dinamizaron el proceso de renovación filosófica, se produjo también a la inversa cierto encantamiento. Las palabras de Ortega, de regreso a España en 1917, son bien significativas al respecto: «Podrá herir nuestra presunción nacional; pero es el caso que ese pueblo, hijo de España, parece más perspicaz, más curioso, más capaz de emoción que el metropolitano. Tiene, sobre todo, una cualidad que para mi estimación es decisiva: la de distinguir finalmente de valores. Podrá aceptar cosas que en rigor no son aceptables: su lujo de vitalidad, su optimismo de abundancia y juventud le llevan a derramar admiración incluso huelga. Pero dentro de lo que entiende y acepta establece una jerarquía positiva» (11).

La actividad que Ortega desplegó en la Argentina en los seis meses escasos que permaneció en el país (22 de julio de 1916-2 de enero de 1917) es digna de resaltar. Aparte de una serie de diez conferencias dictadas en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras bajo el título Introducción a los problemas generales de filosofía y del seminario sobre la Crítica de la razón pura, ya mencionado, cabe destacar dos conferencias públicas que tuvieron como escenario el Teatro Odeón (el 15 de noviembre de 1916) el Teatro de la Opera (el 22 de noviembre de 1916).

La primera respondió a la petición de la dirección de -la revista Nosotros y versó sobre «La nueva sensibilidad». En ella aludió Ortega al surgimiento de una nueva sensibilidad en las jóvenes generaciones europeas y atacó duramente el positivismo de finales del siglo xxx por la pobreza cultural que tras sí había dejado (12). La segunda conferencia citada tuvo lugar a petición de (11) Ortega y Gasset, J., El Espectador, Biblioteca Nueva, Madrid, 1943, pág. 167. (12) «La nueva sensibilidad», en La Prensa, Buenos Aires. 16 de noviembre de 1916 que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza y otro poco de arte en su corazón» (15). Señaló también las dos cualidades más notorias del pueblo argentino, el poder de atracción sobre hombres procedentes de otros países, razas y culturas; y la capacidad de absorción de todos estos elementos en la unidad del Estado (16).

Pero no todo fueron alabanzas: el espectador captó en su corto contacto con este país americano el desequilibrio existente entre la sensibilidad privilegiada que manifestaba y su escasa producción ideológica y artística. La preocupación excesiva por las actividades económicas le habían impedido concentrar su energía en el estudio de las demás actividades. Por ello, incitó a los argentinos a poseer una Universidad viva, capaz de dirigir el proceso de reflexión del país hacia una cultura propia y original, liberada de la tendencia positivista que hasta entonces la había dominado.

Segundo viaje

En agosto de 1928 nos visitó nuevamente, prorrogando su estadía por cinco meses. Ortega era ya un pensador consagrado que, a los aportes salidos de su pluma, añadía la ingente tarea de difusión filosófica y cultural en la Revista de Occidente, su gran creación de la década del ’20, bajo el sello editorial homónimo, que difundió la cultura hispánica por todo nuestro idioma. No está demás evocar la influencia que obras tales como El tema de nuestro tiempo venían ejerciendo sobre las juventudes americanas o los debates generados por la publicación de La deshumanización del arte.

Tampoco por esta época se puede desconocer su relación con el diario La Nación, que se inicia a partir de un primer artículo fechado el 14 de enero de 1923 sobre “Tiempo, distancia y forma en el arte de Proust”: relación perdurable durante la cual desplegó un diálogo intimista con el público argentino que la señora Marta Campomar supo reconstruir en páginas reveladoras. Pero a partir de este segundo viaje Ortega se convertiría, como escribió mi recordado amigo Ezequiel de Olaso, bajo el visionario título de “El profeta de nuestra decadencia”, principalmente a raíz de dos ensayos que formaban uno: “La Pampa... Promesas” y el muy leído ensayo “El hombre a la defensiva”.

Pues bien, para Ortega, la Pampa debía ser mirada empezando por su confín, por esos “inagotables ademanes de abundancia” que le parecían la metáfora perfecta de una permanente promesa, que probablemente se vería incumplida. Y se preguntaba si acaso lo esencial de la vida argentina no era ser precisamente eso, una suma de promesas, un vivir inverosímil de cada cual desde sus ilusiones que nos lleva a desatender el presente y, llegados a la vejez, a encontrar sólo “la huella dolorida y romántica de una existencia que no existió”. En el fondo, aquella mirada puesta en nuestra quimera personal y colectiva delataba una actitud narcisista que el agudo filósofo entrevió.

Luego Ortega confesó haber encontrado aquí “los casos más cómicos de vanidad”, que no era ajena tampoco a la paralizante susceptibilidad que nos mantenía siempre a la defensiva. Mención aparte merecen sus prevenciones contra la “valoración hipertrófica del Estado”, que, con su natural tendencia a reglamentarlo todo, coartaba nuestra espontaneidad social multiplicando cargos sin hombres idóneos para desempeñarlos, pero con el aval implícito de una sociedad civil que “no se ha habituado a exigir competencia”.

Conceptos que provocaron un rezongo de Victoria Ocampo que escribió en un artículo publicado en La Nación: “Me cuesta comprender por qué Ortega al tratar de defenderse de la andanada de críticas que sus dichos cosecharon, se quiere justificar con otros argumentos. Al día de hoy, seguramente, hubieran provocado similares reacciones…”

Tercer viaje

La tercera estadía se extenderá desde mediados de 1939 hasta febrero de 1942. Contra todos los pronósticos, Ortega se encontró aquí marginado y atravesando, como le confesó a Victoria, la etapa más dura de su vida. Víctima de la piratería editorial, vio naufragar su intento de prolongar la obra interrumpida de la Revista de Occidente y asegurar con ello su medio de vida. Lo espantó advertir cómo se malentendían algunas de sus afirmaciones y llegó a preguntarse: "¿Qué tengo yo que hacer en el centro de Buenos Aires, queréis decírmelo?" Sin embargo, nos dejó sus páginas sobre el Imperio Romano, los cursos sobre "El hombre y la gente" y "Sobre la razón histórica", el libro Ideas y creencias y la célebre conferencia "Meditación del pueblo joven", pronunciada en la Universidad de La Plata, en cuya fórmula "¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!" cabe cifrar su prédica constante hacia nuestro país.

Se marchó una tarde de 1942 para no volver nunca más. En esta sazón de conmemoraciones, sus escritos nos interpelan nuevamente y de manera exigente. ¿Podremos releerlos con voluntad firme y sosegada de comprensión? ¿Podremos imaginar con Ortega una Argentina "a la altura de los tiempos"? Sería el mejor recuerdo de su primera visita y la mejor posibilidad para transformar aquel vínculo cordial en un verdadero estímulo para nuestro futuro.

No podría escribir mi biografía sin dedicar un capítulo a Argentina”, dijo alguna vez José Ortega y Gasset, una frase con la que el filósofo español homenajeó una relación que se inició con aquella primera visita a Buenos Aires en 1916 y perduró hasta su muerte, en 1955.

Se cuenta que cuando al escritor británico G. K. Chesterton le preguntaron qué opinión tenía de los franceses, respondió: “No los conozco a todos”. Hay aquí un problema filosófico, de raíces medievales, dificultosísimo: ¿es posible hablar en términos universales sobre cosas o personas particulares?

Cuando en 1916, el filósofo español José Ortega y Gasset arribó, por primera vez a nuestro país, sabía muy bien que, al momento de pensar, lo que hacemos es dislocar lo real y, por lo tanto, todo concepto es siempre una exageración y, en ese sentido, una falsificación. La exageración es el momento de creación que tiene el pensamiento.

Ortega ofreció otro reparo a la hora de analizar, con su bisturí intelectual, al “ser argentino”. El mismo se consideraba un “entusiasta que pasa”, un “argentino imaginario” del cual no podría surgir, como tampoco era de esperar de un extranjero, ninguna verdad acerca del argentino.

El extranjero forma opiniones desdibujadas del país que visita pero éstas deben ser aprovechadas. Ortega remata con una expresión paradójica: “La verdad del viajero es su error” y, por poco interesante que sea el alma del extranjero, debe interesar la línea de su error. ¿Por qué éste erra en tal punto y no en otro?

Don José Ortega y Gasset volvió a la Argentina en 1928 y a través de dos ensayos, La Pampa… Promesas y El hombre a la defensiva, se hizo paso para descender a las profundidades del alma argentina. En el primer ensayo, Ortega refleja su sentirse invadido por la extensión pampeana mientras viaja en tren camino de Mendoza. Advierte que la Pampa se mira comenzando por su confín, por su órgano de promesas, y concluye que acaso lo esencial de la vida argentina es eso, ser promesa. La Pampa promete, promete y promete, es pura abundancia que hace que nadie viva donde está sino en la lejanía, delante de sí mismo. Las ruedas de los molinos mecánicos de la Pampa prometen y aspiran a ser ruedas de la fortuna.

Pero cuando las promesas no se cumplen, queda el hombre argentino atónito y mutilado. Así entonces, el alma criolla se llena de promesas heridas y sufre de un descontento radical. El criollo, remarca Ortega, no asiste a su vida efectiva, sino que se la pasa fuera de sí, instalado en la otra, en la vida prometida, y es por eso que en el argentino predomina, como acaso en ningún otro hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que sea advertida.

En el segundo ensayo, El hombre a la defensiva, Ortega insiste en el tópico de su primera visita: el grado de madurez a que ha llegado la idea de Estado. Pero el Estado que encuentra Ortega, en tiempos de Hipólito Yrigoyen, le parece un Estado rígido, separado por completo de la espontaneidad social, vuelto frente a ella y con rebosante autoridad sobre individuos y grupos particulares.

A veces, Buenos Aires, le hace acordar a Berlín cuando ve asomar por dondequiera el perfil de gendarme de las instituciones públicas. Descubre que el pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio y está resuelto a mandar porque tiene vocación imperial. (Nota marginal: ¿habrá pensado lo mismo aquel fugaz ex presidente cuando dijo que “los argentinos estamos condenados al éxito”?).

Pero la altanería de los proyectos tiene inconvenientes, y Ortega advierte el peligro que implica que los argentinos, de puro mirar su propio proyecto, olviden que aún no lo han cumplido y acaben de creerse ya perfectos. Y esto atentaría con el efectivo proyecto, ya que no hay manera más cierta de no mejorar que creerse óptimo. Ortega, ante este Estado, que le parece arrollador y triturador de toda voluntad indócil que se resiste, pregunta: “¿no hay demasiado orden en Argentina? ¿no se ha dejado influir Argentina por esa valoración hipertrófica del Estado, que transitoriamente, padecen las naciones europeas?”.

El criollo

Respecto a la vida y al trato cotidiano, Ortega señala diferencias en sus experiencias con hombres y mujeres. Cuando se tiene delante a un argentino típico, el filósofo español nota que algo impide comunicarse con él. Observa como si aquel hombre, presente ante él, estuviese en verdad ausente, es decir, como faltando a su propia autenticidad porque su palabra y gesto no se producen desde un fondo vital íntimo sino como fabricados expresamente para el uso externo.

Por eso, Ortega afirma que el varón argentino es un hombre a la defensiva. Al europeo no le sale una conversación si no es un canje de intimidades, en cambio, el argentino no se abandona y cuando el prójimo se acerca, hermetiza más su alma y se dispone a la defensa. Cuando se intenta hablar con él de política, de ciencia o de cualquier otra cuestión, tiene su energía puesta no sobre el asunto a conversar sino ocupada en defender a su propia persona.

Este vivir del argentino en estado de sitio, cuando nadie lo asedia, le parece a Ortega una propensión superlativamente extraña. En vez de estar viviendo activamente lo mismo que pretende ser, en vez de estar sumido en su oficio o destino, se coloca fuera de él y muestra su posición social como se muestra un monumento. Es esta actitud defensiva lo que hace que el argentino ocupe la mayor parte de su vida en impedirse vivir con autenticidad.

Ortega explica este fenómeno del “argentino a la defensiva” admitiendo dos hipótesis: (1) que en la Argentina, el puesto o función social de un individuo se halla siempre en peligro por el apetito de otros hacia él y la audacia con que intentan arrebatarlo y (2) que el individuo mismo no siente su conciencia tranquila respecto a la plenitud de títulos con que ocupa aquel puesto o rango.

Para Ortega, la sociedad argentina no se ha habituado a exigir competencia y, a la presión suscitada de los demás, se añade una inseguridad íntima que es preciso compensar adoptando un gesto convencional e insincero para convencer al contorno de que se es efectivamente lo que se representa. Así pues, señala que cuando el argentino procura convencer a los demás del lugar y la importancia de él mismo, de paso, intenta convencerse a sí mismo.

El individuo argentino no llega a un puesto, oficio o rango por una necesidad interna, en virtud de un pasado de preparación y esfuerzo, sino más bien que se encuentra súbitamente dentro de él. No hay adherencia entre el individuo y su figura social. El argentino resbala sobre toda ocupación y vocación. No se trata de que esté mal dotado, sino que no se ha adscripto nunca a la actividad que ejerce, no la considera definitiva sino como una etapa transitoria para avanzar en su fortuna y en jerarquía social.
Este modo de vivir escinde a la persona en dos: su intimidad auténtica y su figura social o papel. Aquí encuentra Ortega el motivo por el cual resulta difícil la comunicación con el argentino: él mismo no se comunica consigo.

“Demasiado Narciso”

A pesar de lo dicho, Ortega niega que el argentino sea un ser egoísta porque con egoístas no se podría hacer, en un siglo, un pueblo del porte como el de Argentina. El argentino no tiene puesta su vida en nada, pero tampoco es su persona lo que más le importa sino, lo que le preocupa, es la idea que él tiene de su persona. El egoísta es un hombre sin ideal que no trasciende a sí mismo. En cambio, el argentino es un frenético idealista ya que tiene puesta su vida en una cosa que no es él mismo sino la idea que tiene de sí mismo. Vive atento a una figura ideal que de sí mismo posee, se gusta a sí mismo y lo que gusta no tiene por qué parecer lo mejor del mundo, basta que guste. El argentino nace con una fe ciega en el destino glorioso de su pueblo y es ello una de las grandes fuerzas que empujan al país. Ortega sentencia: “El argentino es demasiado Narciso”, vive absorto en la atención de su propia imagen y lo grave es que se acostumbra el individuo a negar su ser espontáneo en beneficio del personaje imaginario que cree ser y, por lo tanto, al intentar hablar con él y buscar su intimidad, nos presenta su imagen ideal.

La última visita de Ortega a la Argentina fue en 1939 y allí pronunció, en una conferencia conocida como Meditación del pueblo joven, unas palabras que quedaron en la memoria de las siguientes generaciones: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

En este último viaje, Ortega sentía que la vida argentina tenía otra edad que la de Europa, era una vida adolescente y, por lo tanto, descontenta, habituada a sentir angustias, de apetitos indecisos y vastos que no se logran nunca pero donde las pasiones funcionan a toda máquina con plenos y recién hechos resortes. Ortega afirma venir a llevarse lo que sobra en Argentina: juventud, aquello que le poda decrepitudes y lo instaura en vida nueva.

Mujeres argentinas también

El filósofo español no simplemente habló con y para los hombres argentinos, también dedicó una meditación a las argentinas y mujeres sudamericanas. En Meditación de la criolla intentó esbozar una psicología de la criolla. Sostuvo que ésta es vehemente, porque vive en constante lujo vital sin estar ante nada escasa de reacción y, a diferencia del hombre argentino, está siempre yendo a las cosas y personas, en vía tensa hacia ellas. También es espontánea, porque vive de lo que en su intimidad nace y brota. Es auténtica por estar instalada dentro de la más normal normalidad y, desde allí, siempre es un poco otra cosa que lo normal.

Gracia y molicie son dos características con las que cierra esta descripción de la mujer criolla: la gracia en sus gestos, ademanes, posturas, expresiones y travesuras, y la molicie porque la criolla es muelle, ni dura ni etérea, sino justo medio.
Parece ser que algunos porteños le reprocharon al filósofo que sólo hablaba de las virtudes de la criolla y no de sus defectos. Como respuesta, reconoció en los porteños una morbosa complacencia en recoger lo defectuoso y lo desgraciado de las cosas como si se tratase de pepitas de oro. Vio en el porteño una viviente objeción hacia los demás donde cada cual parece ocuparse más que en vivir, en detener, trabar y frenar la vida de los demás.

Quizás a algún lector le provoque espanto las impresiones de Ortega sobre los argentinos pero, sus centenarias observaciones, adquieren actualidad con motivo de nuestro bicentenario, no por ser observaciones exactas ni que se correspondan, así sin más, a nuestra realidad sino por ser útiles para volver a pensar la identidad argentina en un ejercicio que tenga más de un rumiar pausado que de una vejación hacia el extranjero.

José Ortega y Gasset nació en Madrid el 9 de mayo de 1883. Su familia pertenecía a la burguesía liberal e ilustrada de finales del siglo XIX. La familia de su madre era propietaria del periódico madrileño El Imparcial, y su padre, don José Ortega y Munilla, fue periodista y director de ese diario. En 1891, José Ortega y Gasset fue enviado a estudiar al colegio de los jesuitas de San Estanislao de Miraflores, en Málaga. Terminado su bachillerato, estudió filosofía en Madrid donde se doctoró con una tesis titulada: Los terrores del año mil, Crítica de una leyenda. En 1905 marchó a Alemania para proseguir sus estudios en Leipzig, Berlín y finalmente Marburgo, donde conoció a los neokantianos H. Cohen y P. Natrop a los que consideró durante toda su vida sus maestros.

De regreso a España en 1910, ganó en concurso la cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid y comenzó su carrera como profesor universitario. En ese año se casó con Rosa Spottorno.

Un acontecimiento que marcó a los intelectuales españoles de la generación de Ortega fue que España en 1898, luego de su derrota en la guerra con los Estados Unidos, había firmado la Paz de París, donde perdió los restos de su imperio colonial: Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Estos hechos fueron los que llevaron a la joven Generación de 98, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado y el mismo Ortega, a pensar en la decadencia de España y a meditar en la forma de sacar a su patria de ese estado, creando para lograr esos fines la “Liga de Educación Política Española”. Estas ideas fueron vertidas por Ortega en su conferencia titulada “Vieja y nueva política” en el Teatro de la Comedia de Madrid el 23 de marzo de 1914.[3] También en ese año publicó su primer libro: Meditaciones del Quijote.[4]

En el año 1916 editó el primer número de El Espectador, publicación donde Ortega divulgaba sus principales ensayos. Ese mismo año viajó por primera vez a la Argentina, arribando a Buenos Aires en compañía de su padre. Ortega tenía 33 años. Había sido invitado por la Institución Cultural Española para dictar un ciclo de conferencias en la facultad de Filosofía y Letras.[5] Pronunció conferencias en Tucumán, Rosario, Mendoza y Córdoba y también en Montevideo. Ese año, en la Argentina había ganado las elecciones Hipólito Yrigoyen, al frente de la Unión Cívica Radical, de la mano del voto de las masas populares que derrotaron a los tradicionales partidos conservadores. Ortega debió sentirse impresionado por el contraste de una Argentina democrática, en paz, festejando un triunfo popular, inmensamente rica, comparada con una Europa que estaba en guerra y donde gobiernos autoritarios llegaban al poder. Regresó a España en enero de 1917.