¿Quién no recuerda al monje horrible, desdentado, resentido, consumido por el odio, aquella sotana raída cuya única razón de ser era odiar la risa? No creo que exista sobre la faz de la tierra argumento más desfavorable a la razón que odiar la risa, que es de suyo y por mérito propio razón alegre. La alegría es uno de los trascendentales del ser, del ser de la vida, y tanto que llegó a decir san Buenaventura que “si el ser no es alegre no es”, y Freud estaría ahí para certificarlo Aquel monje salido de las páginas de Umberto Eco, por no tener palabras para la alegría, tampoco podía tener nombre para la rosa (perdón il nome della rosa: esto sólo puede ser dicho en italiano).
Reconozcamos que el monje bibliotecario aquel era enemigo de la realidad por su resentimiento contra la alegría, y por tanto buen conocedor de las flores del mal, así que dominaba perfectamente el manejo del veneno que acaba con la rosa de la alegría. Aquel monje benedictino, Jorge de Burgos, el más viejo del monasterio, sostenía que la risa no es buena para el ser humano, pues podía servir de rebelión contra el infierno, y por tanto como ocasión para despreciar a Dios, por lo que censuró severamente el libro segundo de la Poética de Aristóteles, que al parecer ensalzaba la risa. Poca teología sabía aquel capisayo, pues es precisamente la tristeza lo que aviva las llamas del infierno y de sus represivos aledaños. Desgraciadamente, hasta la misma alegría puede sucumbir al veneno. La risa puede aflorar después del llanto, pero nunca después del veneno; el veneno mata incluso el llanto que hay en la risa.
Los poemas contenidos en los Carmina burana, anteriores al siglo XIII, con un estilo disoluto e irreverente propio de los goliardos, clérigos o estudiantes que llevaban una vida errante y desordenada, hacen gala del gozo de vivir y del interés por los placeres terrenales, por el amor carnal y por el goce de la naturaleza, así como avivan la crítica satírica a los estamentos sociales y eclesiásticos. Están llenos de humor, y por eso se mantienen en pie, porque amor se escribe con la h de humor. Quien hace el amor a espaldas del humor de Dios, más tiene de payaso que de sabio. Jamás podré olvidar el sagrado estremecimiento que sentí al final de mi pregón de Semana santa en la catedral de Burgos cuando la orquesta sinfónica atacó al fin -con la ciudad engalanada y la piedras encendidas- la moderna versión de Carl Off. Lo sagrado y lo profano, la vida de la razón alegre.
No puedo decir lo mismo del gay saber, la gaya ciencia, el alegre saber, el fröhliches Wissen que, tanteando lo eterno en el hombre, puso en pie de guerra para superar la tristeza axiológica Federico Nietzsche, el más torturado de los sabios, que para borrar cualquier imagen o recuerdo de Dios, en lugar de matar a Dios, sólo propició la filosófica locura abalanzándose a un espejo para encontrar su rostro enajenado en las calles de Turín. Conozco la tragedia. Quien mata a Dios asesina por la espalda a su propia alegría. Nietzsche, cuanto más alegre se ve, tanto más busca el espejo para contemplar por última vez su sonrisa, una vez que le ha abandonado.
Saber captar la luz de la risa es lo que define a una persona inteligente, es decir, a una inteligencia cromática, tal y como la propuso el siempre original Goethe, que dice así en su Farbenlehre o Teoría de los colores: “Cuando el ojo ve un color se excita inmediatamente de forma espontánea, y no solo eso, sino que al hacerlo despierta a la escala cromática entera. Un único color excita todos los colores porque cada color es universal. En esto reside la ley básica de cualquier armonía de los colores”. Espero haber traducido bien pero, si así lo he hecho, ya puedo dormir hoy tranquilo, aunque no haga responsable al insigne maestro de esta interpretación mía: si no hubiera un órgano capacitado para colorear, por mucho que hubiere color fuera, estaríamos ciegos dentro. Y, obviamente, lo mismo puede y debe aplicarse a la razón alegre: cuando el ojo está entorpecido, la cámara no capta más que carne, carnaza, pornografía sin más, feografía, risas sin risa.
Sin alegría no hay creatividad, aunque pongas carcajadas de transfondo, que son risas inducidas cuando así lo pauta el regidor. Yo hice televisión, pero si pasar nunca de extra, y jamás pude reír cuando se nos decía: “ahora a reír todos”. Semejante patochada es la antítesis de la razón alegre, o que pueda llegar a serlo. Sólo me reí cuando, hará sesenta años, ejerciendo mi papel de extra como pastorcillo metido en pieles de oveja, y con el cantante Raphael entonando a mi lado su famoso pequeño tamborilero, le entraron en su bocota tal cantidad de papelillos cayendo de lo alto -simulando copitos de nieve-, que hubo que interrumpir la grabación, tras de la cual acudió presuroso en su socorro el peluquero.
No sé si lo que vengo llamando razón cálida será muy distinto de la razón alegre, pero sin algo de ella sí que ella perdería su calidez.
Todo esto me lo ha sugerido la lectura del catedrático de filosofía Agapito Maestre, que sabe mucho de cine aunque su modestia lo niegue, y que ya se había ocupado con un libro sobre José Luis Garci, con este nuevo alegre libro titulado La razón alegre. El cine de García Pelayo. Felicito a Unión Editorial por editar este tipo de libros, y les propondría que vieran la filmografía de este cineasta tan singular como lo pinta Agapito Maestre. Yo no pienso perdérmela, a pesar de mi ceguera. En esto voy a hacer como aquel ciego de Puertollano, Ciudad Real, que vendía cupones por las calles del pueblo minero mientras voceaba películas. Estaba ciego, pero gritaba con su potente vozarrón: “Vean la película X. Esta noche yo no me la pierdo”!.No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni mejor cultor que quien ve por la fuerza de su alegría. De esto hace una eternidad, no sé, Agapito, si tú te acordarás, porque eres ofensivamente mucho más joven que yo, aunque también más sabio.