Opinión

Rara Argentina

Manuel Mora y Araujo | Lunes 08 de septiembre de 2008
Alguien -posiblemente el economista Simon Kuznets- dijo hace unos cincuenta años que en el mundo hay cuatro clases de países: los países ricos, los países pobres, Japón y la Argentina. Tal vez Japón ha dejado de ser una clase por sí mismo; la Argentina, no.

Es un país con el cual en muchos sentidos el mundo más desarrollado siente afinidad: el estilo de vida predominante, la vida social y cultural, las ciudades de corte cosmopolita, el origen europeo de gran parte de su población. Y es a la vez un país “en desarrollo” (esto es, poco desarrollado), incapaz de superar sus problemas políticos y su inestabilidad económica, cuyos indicadores sociales van en pendiente hacia abajo en un mundo donde, en general, van moderadamente para arriba.

Por qué la Argentina mantiene esas características de una sociedad ‘moderna’, con gustos de consumo propios de sociedades más ricas, y con una economía que -mal o bien, y a los tumbos- permite a muchos habitantes sostener un nivel de vida razonablemente de clase media, es algo bastante misterioso. El ingreso medio de un argentino de clase media debe ser hoy la tercera o la cuarta parte del ingreso medio de un español de clase media; y sin embargo, ese argentino se toma un par de cafés expreso por día pagando por él lo mismo que el español, y se da algunos gustos que no le cuestan demasiado menos (excepto viajar en taxi y almorzar discretamente).

Una clave de la rareza argentina está en su economía. Es algo que no se entiende bien, ni dentro de la Argentina ni fuera de ella. La economía argentina es extremadamente dual: una parte es altamente productiva, innovadora y potente; otra parte es improductiva, parasitaria y decadente. Lo más raro de todo es que la parte altamente productiva de la economía argentina es el agro -hoy, más propiamente, la agro industria-. Ese sector genera riqueza para toda la sociedad, produce las divisas que hacen posible importar bienes de capital y bienes de consumo y distribuye el fruto de su capacidad productiva a gran parte de la clase media argentina, tanto en las grandes ciudades como en las más pequeñas. En cambio, las manufacturas son -con excepciones- poco competitivas, necesitan protecciones y subsidios, y cuestan mucho a quienes no trabajan en ellas.

El agro argentino es la clave de la prosperidad del país desde hace ciento cuarenta años. Caso algo paradójico de un sector agropecuario que creó no solamente una clase de campesinos más o menos prósperos sino, y sobre todo, una inmensa clase media urbana de buen nivel de vida y hábitos de consumo y ocio más propios de sociedades más prósperas.

Si el resto del mundo entendiera mejor este fenómeno, tal vez podrían generarse dos tipos de conclusiones sumamente útiles para todos. Por un lado, algunas conclusiones para que el mundo encuentre la forma de ayudar a la Argentina más efectivamente -porque no es que le falte la voluntad de hacerlo, le falta sobre todo la capacidad de comprender la rareza argentina-. Por otro lado, tal vez también se podría encontrar en otras latitudes una fórrnula para tornar a los agricultores y granjeros en actores económicos productivos y competitivos, aliviando el peso de subsidiarlos para mantener los equilibrios sociales más o menos estables. Hay algo que aprender de la Argentina: desde hace más de un siglo, a esa gente se la castiga, se le exige, se le succiona el fruto de su esfuerzo, y a pesar de eso sigue siendo productiva, innovadora y competitiva, mientras la riqueza que genera se distribuye en toda la sociedad. No hay muchos otros lugares donde eso ocurra.

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