Opinión

Barranquismo o libertad

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 30 de mayo de 2021

Víktor Kemplerer registró en sus Diarios el desesperado y altanero argumento con que los nazis más recalcitrantes excusaban los delirios de Hitler: “No tenemos que saber lo que quiere hacer el Fuhrer, nosotros creemos en él. Siempre y en todo lugar. El nacionalsocialismo no quiere saber, no quiere pensar, solo creer”. Nunca como ahora ha habido en La Moncloa tanto odio al intelecto y la conciencia y tanta veneración por las emociones y el instinto. Desesperado, altanero y recalcitrante ha sido el comentario del jefe de gabinete del presidente del Gobierno afirmando con emocionada pose que “me tiraría por un barranco por Sánchez y seguiré con él hasta el final”, a propósito de la posible concesión por el Consejo de Ministros del indulto a los golpistas catalanes.

En su mezcla de arrogante megalomanía y de acalambrada autogestión, Iván Redondo se cree que la masa se traga todo lo que le cuenten. Vive confiado en que lo suyo es innovación. Y la fórmula ya fue patentada por Goebbles hace casi un siglo: “La propaganda tiene que ser creativa. Nosotros influimos activamente en las masas y como complemento instruimos al pueblo, sistemáticamente y con vistas a un largo futuro”. De aquellos polvos, el lodo de la Estrategia 2050. El nazismo pretendió una supuesta regeneración de Occidente mediante el retorno a lo espontáneo y a los poderes primigenios en donde la razón se batía en retirada. Para ello, espoleaba las emociones de los alemanes mediante mensajes muy elementales que conectaban con el sentimiento de millones de personas. El resultado fue que aquella nación manipulada y exaltada quedó atrapada dentro de una nube espesa pero invisible con todas las facultades de la percepción obturadas. Igual que el sanchismo hoy. “Fuhrer: ¡vamos en pos de ti!”

En Madrid, la gente ha testado los métodos de este par de trapisondas. Fuerte con el débil, Pedro Sánchez desenterró a Franco para luego volver a enterrarlo retransmitiéndolo por televisión para causar sensación y levantar pasiones. Débil con los fuertes, y travestido con ropajes de pseudoestadista, canjea ahora votos por indultos con la vulgar excusa sentimentaloide de obedecer a las exigencias de la concordia y del diálogo apartando la sed de venganza. Con semejante vaciedad dialéctica queda consagrada su abyecta sumisión y la vulneración del orden constitucional a fin de asegurar su poltrona. Lo suficiente para caracterizar su infausta figura por el rasgo más acusado: la ambición de poder. Inquieta pensar que lacayos con esta catadura moral puedan llegar a las cimas del poder público.

La táctica del nacionalismo catalán en los últimos años ha sido siempre la de tensar permanentemente la cuerda. Enfrente han tenido, también siempre, la pusilanimidad de quienes para contentar a la fiera han preferido dejarse devorar por ella. Pero la fiera nunca queda satisfecha y volverá desmandada a echarse al monte. Entonces, algunos no tendrán más remedio que despeñarse por el barranco de la prevaricación, el deshonor y la inmoralidad. Rodaba un monte por la barranca de otro. ¡Qué emoción! ¡Al fin, la libertad!