Poeta, traductor, biógrafo y ensayista. Quince libros dedicados a Leonard Cohen, amigo medular hasta su muerte en 1980, la firma de mayor prestigio en las numerosas adaptaciones al castellano de casi todas canciones del bardo canadiense para ser interpretadas por Enrique Morente, Duquende, Argentina, Mayte Martin, Rocío Segura… en los discos Omega (1996), Como un corazón (2016) y Acordes con Leonard Cohen (2007). Cuatro poemarios (El reino de la pobreza, el último). Casi un centenar de libros, propios y colectivos, sobre Bukowski, Rumi, Basho, D. H. Lawrence, Bob Dylan, Jim Morrison, Suzanne Vega, Patti Smith, Tom Waits y un largo etcétera. Ángel absoluto de la música y la literatura.
Alberto Manzano empezaba el año con un tocho lisérgico verdaderamente erizante: Aleluya: Mística y religiones en el rock (Libros Cúpula). La espiritualidad y las grandes religiones como influencia en cuatro músicos a lo largo de la amplia historia del rock: hinduismo (George Harrison), cristianismo-judaísmo (Bob Dylan), islam (Cat Stevens) y budismo-zen (Leonard Cohen). Manzano excedía sus dotes como historiador de la música rock y periodista musical. Toda una biografía del alma similar a las que en su día publicó sobre Bob Dylan, Lou Reed, Neil Young, Jackson Browne, Kevin Ayers y Leonard Cohen. Los inicios del rastro religioso ya están en el manantial primigenio del género negro (góspel, blues, soul) donde, a partir de los 60, se convierten en contracultura americana para llegar a los labios hechizados y rotos de la gran Beat Generation: Burroughs, Gary Snyder, Ginsberg, quienes a su vez son marionetas del trascendentalismo y realismo filosófico de un Walt Whitman, cantado hasta el delirio por Bob Dylan, Joni Mitchell, David Crosby, Laura Nyro, etc.
El Nuevo Mundo (de los 60 en adelante) cotiza todas las semillas orientales del bienestar, muchas veces para meterse drogas, donde California tiene sesgo de gurú, maestros orientales venidos de la India y del Japón, en las botas sucias de visionarios y bohemios (los “vagabundos del dharma”) de un profundo mundo interior. Aquí en España lo decía mucho Pepe Ribas, el de Ajoblanco: “A la hora de meterse algo hay que ser como el gato que, antes de sentarse da vueltas y vueltas, para después ya no moverse, una vez encontrado su sitio”. Las drogas, no como una diversión se decía en la película Martin Hache, sino como todo un proceso de conocimiento, elevación, ensanchamiento del alma, similar a Las puertas de la percepción de Huxley. El arte de la música enloqueció con la era Acuario donde la revolución fue transmitir paz y amor entre los seres humanos, respeto por el planeta y obediencia a la voz secreta de la Madre Naturaleza. Por ahí vino todo el yoga, reiki, sabidurías milenarias y disciplinas orientales.
Aleluya: Mística y religiones del rock es la obra de una vida entera, vivida y a calzón quitado, sin imposturas. El movimiento hippy y el verano eterno del amor (1967) que toca el cielo en los festivales de Monterey, Woodstock y Wight donde hay libros más importantes que los discos (Tao Te King, El libro tibetano de los muertos) y más revoluciones, psicodélicas y contraculturales, llevadas a término por Alan Watts, Timothy Leary, Carlos Castaneda y Krishnamurti. Mucho de ese río acaba en afluentes, sí, como la dianética, las creencias religiosas impulsadas por Ron Hubbard en el marco de la iglesia de la Cienciología a partir de 1954, pioneros en hablar de la era Acuario y en exportar a todos lados la Teosofía donde el ser humano se define según miras y cotas astrológicas. Dijo Bob Dylan sobre el Libro de los cambios o Libro de las mutaciones: “No quiero hablar de él, solo decirte que es maravillosamente verdad. Lo lees y sabes que es verdad. Es algo en lo que creer”. Añadió Leonard Cohen: “El libro fue una especie de maestro para mí. Vi que era el momento de que otros y yo nos uniéramos. Sentía que volvía a haber una especie de conjuración en el mundo”. Cambio de mentalidad, nuevas generaciones, arte y música, otro rock que venía de los Beatles y, gracias al despertar de George Harrison al hinduismo y movimiento Hare Krishna, propagarían su mensaje por todo el mundo desde el Liverpool interior.
Dylan jamás ocultó sus orígenes judíos, las referencias bíblicas impregnan sus primeras canciones, su etapa mística se hace centrípeta en el álbum New Morning, en los años ochenta se convierte al cristianismo evangélico y una nueva trilogía de discos llega al mercado: Slow Train Coming, Saved, Shot Of Love. Deja el sermón evangélico, crea lo que él llama su “Misterio de Asuntos Interiores” y sigue moldeando el vacío con álbumes como Time of Mind y Modern Times. Así igual Cat Stevens, quien, tras una tuberculosis severa, se adentra en los oasis del más allá, primero desde el budismo, finalmente desde el islam, para acabar adoptando el nombre Yusuf Islam en los álbumes An Other Cup y Roadsinger. A todos los sigue Alberto Manzano, ángel luminoso, sin despegar el olfato del suelo, mientras contrasta datos y escucha, como Quevedo, con los ojos a los muertos. Alma abierta en canal, huracán interior, pasión por la palabra verdadera, que siempre es música del alma y curato inmediato.
El próximo 3 de julio de 2021 se cumplen 50 años de la desaparición de Jim Morrison, así Manzano ya tiene en las librerías desde esta semana nuevo milagro: Jim Morrison: Cuando la música acabe apaga las luces (Libros Cúpula). Toda la obra (1972-2021) filosófica, transgresora, esotérica, loca del líder de los Doors. Pura contracultura norteamericana, estertores del hipismo, otro modo de liberar a la gente de sus miras cortoplacistas. The Doors: la primera banda en conseguir 5 discos de oros consecutivos. Un cadáver a los 27 años pero una clave que Manzano conoce de veras: “Morrison seducía físicamente mientras rapsodiaba, pero su encantando estaba articulado a una vena intelectual, enigmática, imprevisible, que dejaba al público patidifuso. Era puro teatro musical, teatro poético del bueno. Jim fascinaba a la vez que conmocionaba, era un ángel de piel de cuero negro, salmodiando largos hechizo, eructando violentas imprecaciones suplicantes, interpretadas por un dramatismo que realzaba la teatralidad grupal”. Poeta, cantautor, vocalista, pura rebeldía, Rey Lagarto, perseguido por enseñar sus partes íntimas en Miami en pleno concierto, solo ellos pervertían a los jóvenes, Morrison Hotel como fiesta azul sin motivo hasta su muerte en París encontrado en la bañera por su compañera cósmica (Pamela Courson) entre el paro cardíaco, el suicidio, el asesinato o la sobredosis.
Dos libros de Alberto Manzano (Aleluya, Cuando la música acabe apaga las velas) donde los mejores músicos quieren el mundo y lo quieren ya. Canto de espaldas, punteo de guitarra Gibson, piano eléctrico-bajo en llamas, chimenea de energía para siempre, orden y caos, poesía que es música, estados mentales transitorios, la paz toda del arte que entra por las orejas, donde muchos de sus protagonistas –lean los libros- suben al escenario sin micrófono para recitar los mejores poemas frente a una masa enfervorizada que, en el viento del ácido, la locura de la voz ronca sedante, llegan a tocar el cielo aunque los llamen “colgados”. Lo primitivo, y pantanoso, en los comienzos mismos del rock. ¡Una mermelada! ¡La cara negra de la luna! ¡Bluesrock entre incienso, flores y hierbabuena! ¿Lo ven ya? Es el ángel viril de Morrison quien provoca a las huestes con el lenguaje violento de su cuerpo mientras busca la fiesta dionisíaca, el alborozo orgiástico, a través de la explosión de la histeria colectiva! ¡The Doors son espectáculo sexual y lo saben!