José Antonio Sentís | Martes 09 de septiembre de 2008
La pregunta que antecede en el titular podría formularse de otra forma: ¿Es España una Nación suficientemente madura en lo político para valorar la gestión pública de las cuentas del Estado, o se mueve electoralmente sólo por simpatías personales y afinidad ideológica?
La respuesta a estos interrogantes ha sido dispar en la España post-transición. Por lo general, el elemento de afinidad ideológica ha primado para la mayoría, aunque minorías sólidas han votado menos con el corazón y más por la gestión.
Es el caso, por ejemplo, de Andalucía, donde el voto urbano más informado ha dado un resultado electoral en las ciudades, y sólo el peso del voto rural más sensible a la influencia del donativo público adecuadamente gestionado por Chaves ha permitido que éste permanezca invariablemente en el poder con una perseverancia propia de regímenes sin alternativas políticas. Lo mismo ha pasado, en todo caso, con Comunidades de la derecha y, sobre todo, con las que disfrutan de partidos nacionalistas.
De la misma manera, y en plena crisis económica del final de los setenta, un partido de centro derecha, como UCD, pudo capear el temporal de una crisis gracias a factores exógenos a su gestión, como la simpatía de su líder y el miedo a los cambios hacia la izquierda, después de un prolongado franquismo (y con una izquierda, por cierto, aún presa del marxismo).
Felipe González soslayó una crisis incipiente en el 93, igual que Zapatero en 2008, pero cayó en el 96. ¿Lo hizo por la situación económica o por la crisis política paralela, cuando el Gobierno, en vez de gestionar Instituciones Penitenciarias prácticamente vivía en ellas?
José María Aznar demostró una habilidad excepcional para sacar a España con velocidad de aquella crisis del los noventa. ¿Fue por ello reelegido por mayoría absoluta, o por la descomposición política de su alternativa socialista?
Ahora, Mariano Rajoy ha decidido poner todo el énfasis de su oposición en abordar la crisis. Tiene razón en que es el principal problema de los españoles. ¿Debe por ello renunciar a todo debate ideológico?
No es fácil saber si acertará. La experiencia, y los casos antes citados, demuestran un cierto equilibrio en las necesidades de gestión para los votantes, y la simpatía ideológica a líderes y proyectos.
Tal vez se equivoquen quienes piensan, como yo, que las elecciones no se ganan sólo con el bolsillo. Y hablar sólo del bolsillo puede ser tan útil para sacar beneficios políticos, como tan antipático para quienes saben que hay malas noticias, pero no siempre quieren oírlas.
Zapatero puede pasar como el peor gestor económico (perfectamente auxiliado por el vicepresidente Solbes) de un Gobierno español desde el 77. Pero ello no quiere decir que no tenga un admirable cartel entre los suyos, que junto a un mensaje difusamente populista agradable para grandes masas, no le dé la mínima ventaja que necesita (un millón de votos) para gobernar con comodidad y sine die.
Zapatero puede ser tan embustero como Pinocho, pero no estoy seguro de que alguien prefiera votar a Pepito Grillo. Mientras tanto, los grandes asuntos ideológicos pasan de puntillas sobre los pasillos de la derecha española, para no caer en el pecado de la antipatía previamente decretado por los socialistas.
Falta mucho, todavía, para otra votación, pero la política se mueve en largos trechos. Que se lo digan a Obama, que ha sido elegido presidente ya tantas veces que nadie sabe si llegará con fuelle al primer martes después del primer lunes de noviembre.
Entretanto, en España, nos pasaremos tres años dudando en si nos conviene más Pinocho o Pepito Grillo. Aunque los pinochistas nos hayan llevado a la ruina, y los grillistas tengan un invencible complejo de inferioridad.
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