La anécdota me la contó mi primera profesora de ruso. Sucedió el día que Gagarin (1934-1968) partió al espacio. Imagínense. Se cumplen sesenta años en 2021. 12 de abril de 1961. Cosmódromo de Baikonur, a 2500 kilómetros de Moscú, en el corazón de la Unión Soviética. El primer astronauta se dispone a alzar el vuelo en una cápsula de 2,3 metros de diámetro que pesa poco menos de dos toneladas y media. La URSS lleva años preparándose para este momento en dura pugna con los Estados Unidos. Ya en 1957, los rusos han lanzado al espacio el primer satélite, el famosísimo Sputnik. En la Casa Blanca están furiosos. La carrera espacial no sólo demuestra la superioridad tecnológica y científica, sino que tiene consecuencias políticas. El futuro pertenece a quien conquiste las estrellas. Empezó la cuenta atrás. Se conserva la grabación y hay muchos vídeos con ella en Youtube. Gagarin esperaba la orden de despegar. Tres, dos uno. Cuando empezaron a sonar los motores, Gagarin exclamó “¡vamonos!” y así subió al cielo y entró en la leyenda.
Los soviéticos venían trabajando en la tecnología necesaria para la carrera espacial desde los años 30, cuando desarrollaron su primer programa de cohetes. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, las V-2 de Von Braun mostraron a la URSS la importancia de retomar aquel programa. A diferencia de los Estados Unidos, que se sirvieron extensamente de los científicos alemanes -empezando por el propio Von Braun- que habían trabajado para el III Reich, los soviéticos no se fiaban de ellos. Los emplearon, sí, pero antes de 1955 los técnicos alemanes estaban de regreso en Alemania. En general, el programa espacial soviéticos lo diseñaron y ejecutaron soviéticos. Entre ellos destacó un tipo increíble: Serguei Korolev (1907-1966), coronel del Ejército Rojo, al que se referían oficialmente sólo como el “diseñador en jefe” para mantener en secreto su identidad. Este hombre, que había sufrido la cárcel en 1938 durante las purgas, sería el responsable de llevar no sólo a la URSS, sino a toda la humanidad, a las estrellas.
Al terminar la II Guerra Mundial, la URSS estaba arrasada. Había perdido aproximadamente veintisiete millones de personas. Había heridos y mutilados por doquier. Todas las familias lloraban un caído en el frente. La victoria supuso un altísimo precio en sangre. Los aliados occidentales creían que la URSS era un país postrado que tardaría mucho en recuperarse y que no podría alcanzar, ni mucho menos superar, a los Estados Unidos.
El lanzamiento del Sputnik-1 en 1957 cayó como un jarro de agua fría en Washington. El New York Times, las revistas Times y Newsweek y, en general, la opinión pública estadounidense se sobresaltaron como si un regimiento de la caballería roja hubiese aparecido al galope por la Quinta Avenida. Algunos creían que era un segundo “Pearl Harbor” pero sin víctimas.
¡Ay! Si hubiesen sabido los planes de Korolev. En 1959, ya estaba nuestro ingeniero planeando enviar un hombre al espacio. Antes habían enviado satélites y perros. Era la hora de que fuese un humano. Había llegado el momento del programa Vostok. El elegido fue Gagarin, que encarnaba al “homo sovieticus”, el tipo que toda suegra hubiese querido de yerno, el camarada perfecto, el soldado ejemplar, el ciudadano de un mundo nuevo. Es verdad que nadie tuvo, en todo el siglo XX, esa sonrisa que parecía asegurar que los mejores días estaban al llegar.
Nikita Jruschev (1894-1971) lo sabía. Él, que protestaba en la ONU a zapatazo limpio, conocía el poder de una foto, de un relato, de un sueño. Conquistar el espacio equivalía a probar la superioridad intelectual de un sistema político. Los estadounidenses juegan al póker. Los rusos juegan al ajedrez. La suerte contra la estrategia. Así se las gastaba el camarada secretario general.
Lo de Gagarin fue un éxito colosal. Voló alrededor de la tierra durante 108 minutos y regresó vivo para contarlo. El retorno fue algo accidentado -tuvo que saltar de la cápsula gracias al asiento eyectable- pero daba igual. Allí estaba, sonriente como Gardel, vestido de cosmonauta (los astronautas son los americanos-) rodeado de un montón de gente que lo felicitaba. Por todo el país, las noticias llegaron a través de las ondas de radio. Un ruso había ido al espacio y estaba de regreso. Hasta le compusieron una canción: “La constelación de Gagarin”. Así contó el informativo la hazaña del cosmonauta. Esto ya no lo sé, pero sospecho que no hubo otro acontecimiento que atrajese tanto la atención del público hasta que, en 1973, estrenaron el último capítulo de “Diecisiete instantes de una primavera”, la gran serie soviética de Stierlitz de la que les hablaré algún día.
Hoy toca Gagarin porque el martes pasado Madrid recibió como regalo un busto suyo. Lo ha donado la Federación de Rusia y ahora se exhibe en el Planetario de la capital de España. Con ocasión de este regalo, y en torno a los días del Día de Rusia, que es el 12 de junio, se puede visitar en ese mismo sitio una exposición fotográfica muy bonita titulada “¡Vamos!”, que evoca las palabras de nuestro cosmonauta mientras se iba en dirección a las estrellas. En ella, se puede ver una foto conmovedora: muestra a un grupo de mujeres escuchando por la radio las noticias de la Vostok-1, que nos llevó a todos al espacio hace ahora seis décadas. Por cierto, dos años después, en 1963, la primera mujer en viajar al espacio también sería una rusa: Valentina Tereshkova, nacida en los alrededores de Yaroslavl en 1937, ingeniera y diputada en el Parlamento de la Federación de Rusia. Tereshkova, que ahora tiene 84 años, ya ha expresado su deseo de participar en una misión a Marte… aunque suponga el riesgo de no regresar.
En fin, no dejen de visitar la exposición. No dejen de saludar a Gagarin a la entrada del Planetario.
Y no dejen de mirar el firmamento.