Miércoles 10 de septiembre de 2008
El pasado sábado, el joven senegalés Ousmane Kote moría apuñalado en la localidad almeriense de Roquetas de Mar, tras mediar en una pelea. Este suceso originó unos disturbios de los que aún hoy quedan rescoldos. Más que nada, porque la situación se veía venir. En la popular barriada de las “doscientas viviendas” se hacinan en viviendas sin las mínimas condiciones de habitabilidad –en lo que se conoce como “pisos patera”- y cuya situación suele ser desesperada. Dependen de que algún agricultor les de trabajo temporal, con jornadas de sol a sol por unos pocos euros la hora. No tienen papeles, y eso les hace aceptar faenas abusivas.
El sábado, corrió el rumor de que había sido un gitano quien había matado al senegalés –aunque posteriormente se sabría que ni fue un gitano ni hubo por medio asuntos de drogas-, por lo que los primeros desencadenaron su furia contra los segundos, quemando una veintena de casas, y ocasionando cuantiosos destrozos. Lo peor es que hay quien, irresponsablemente, se ha apresurado a insinuar que, tras esos incidentes, se esconde un oscuro trasfondo racista y de integración. Fruto, claro está, de la escasez de oportunidades que se brinda a los norteafricanos. Lo único cierto es que España es un país de oportunidades, aunque la actual situación económica no de para muchas alegrías. Y por supuesto, quienes más padecen dicha situación son los más desfavorecidos. Es uno de los riesgos de la inmigración ilegal. Pero de ahí a clamar por el “papeles para todos”, y tildar de racista cualquier hecho violento, va un abismo. Es comprensible la desesperación de un colectivo con serias dificultades para salir adelante. No lo es, en cambio, el vandalismo exacerbado y los disturbios producidos. Todas las razas delinquen, y en todas las razas encontramos personas excepcionales. Basta ya, por tanto, de demagogia barata. En aras a la convivencia y al sentido común colectivo.
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