Opinión

Roma eterna entre Quevedo y Piranesi

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 16 de junio de 2021

De los sentimientos del hombre, expresados a través de los modos más diversos, sin duda es el amor el que todo lo abarca. En la valoración humana y filosófica es una virtud que representa todo el afecto, toda la bondad y toda comprensión; también toda la pasión. Se suele decir que el amor es un concepto en contraste frecuente, con el odio y el egoísmo. Ojalá… Nietzsche pensaba que “todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal”. San Agustín de Hipona proponía el amor por sobre todas las cosas: “ama primero y luego haz lo que quieras”. El amor por los paisajes y por las ciudades también forma parte de este sentimiento incomparable.

Yo visito Roma desde hace décadas. Nunca he dejado, en cuanto estuvo a mi alcance, pasar un año sin recorrer sus siempre reveladores rincones. Sólo esta pandemia que nos castiga y recluye me ha impedido hacerlo durante este último tiempo. Roma es una de mis patrias entrañables y mi amor por esa ciudad supera todo lo imaginable. He tenido y tengo allí grandes amigos. Para mí Roma es el centro del mundo donde se conjugan lo antiguo y lo moderno. La dilatada historia de esta ciudad, que abarca tres milenios, llegó a extender sus dominios sobre toda la cuenca del Mediterráneo y gran parte de Europa. En la Antigüedad, como capital del Imperio Romano, se constituyó en una de las primeras grandes metrópolis de la humanidad, centro de una de las civilizaciones más importantes.

Roma tuvo influencia sobre todas las culturas; sobre las artes plásticas y la arquitectura, sobre el lenguaje y la literatura, sobre la filosofía y la religión, sobre el derecho y la moral de los siglos sucesivos. Roma es la ciudad con la más alta concentración de bienes artísticos y arquitectónicos del mundo. Su centro histórico, delimitado por el perímetro que marcan las murallas aurelianas, son la superposición de huellas de tres milenios y la expresión del patrimonio artístico y cultural del mundo occidental europeo.

En 1980, junto a las propiedades extraterritoriales de la Santa Sede que se encuentran en la ciudad y la Basílica de San Pablo Extramuros, fue incluida en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Roma es además el corazón geográfico de la religión católica y la única ciudad del mundo que tiene en su interior un Estado extranjero: el enclave de la Ciudad del Vaticano, Estado Pontificio bajo el mando del poder temporal de los papas. Por tal motivo se le ha conocido también como la capital de dos Estados.

Quevedo, el inmenso don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, ha dejado testimonio en su poesía de su paso por Roma; de sus dos visitas. En el asombro de la primera y de su decepción luego, donde se pregunta, ¿qué quedó de aquella ciudad de paredes color carne donde se destacaban los mármoles blancos de sus esculturas, donde se concentraban los brillos de todas las estrellas, el sol y la luna, y la perenne sonrisa de los dioses?

Esas paradojas del tiempo y del espacio que estremecieron a Quevedo, también encontraron una expresión gráfica en las “Vedute di Roma” del arquitecto, arqueólogo y grabador del siglo XVIII, Giovanni Battista Piranesi. Sus perspectivas a la vez lineales y atmosféricas muestran la magnificencia de la arquitectura; la vegetación que parasita los muros derruidos y los escombros que pavimentan sus alrededores. En sus célebres grabados, a la vez que cuestiona, además acentúa, según se mire, la pretensión de una permanencia que decae ante el avance de los años.

Sin embargo, Piranesi intuía ese algo que asomaba entre las ruinas y lo testimonia con trazos y formas de un modo quizá cruel donde hay un mensaje que parece decirnos “observad como lo viejo no termina de morir mientras lo nuevo se resiste a nacer”; aunque quizá exageramos al exigir algo más a un gran artista, que fue simplemente un prodigioso dibujante.

Quevedo, no y le sobran laureles pues es el Rey de los Poetas. Sin duda, el genial español era más escéptico en su valoración, y nos conmueve a través de su inmortal soneto “A Roma sepultada en sus ruinas”, aunque con él no estemos de acuerdo, porque Roma fue, es y seguirá siendo Roma. Y contradictoriamente él lo resalta al marmorizar en su último endecasílabo que “lo fugitivo permanece y dura”.

Es verdad, nos entristece ver que del emperador Adriano queda apenas alguna esfinge y las ruinas de su tumba, otrora imponente, pero que hoy nos muestra un esqueleto de gastados ladrillos. El severo, el añorante y melancólico Quevedo, no perdona a la gran ciudad su decadencia y le reprocha con inmortales e impecables endecasílabos, que, sin proponérselo, dan otra vida a la clásica capital del Imperio.

Yo, modestamente, mi querido don Francisco, me inclino ante su incomparable soneto; pero, con todo el respeto y la veneración que siento por usted, me permito discrepar. Repito, Roma sigue siendo Roma y su encanto se ha transformado en otra forma de encanto con el devenir del tiempo. Leamos su queja, maestro, y escuchemos la amorosa música de sus palabras esenciales, que bien valen otra idéntica Roma:

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.

Yace, donde reinaba el Palatino;

y limadas del tiempo las medallas,

más se muestran destrozo a las batallas

de las edades, que blasón latino.

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya sepoltura

la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.