Opinión

La trascendencia histórica del Covid-19

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 19 de junio de 2021

El italiano Claudio Magris es uno de los grandes ensayistas europeos de las últimas décadas. Desde Montaigne, la literatura del viejo continente ha destacado incontestablemente sobre todas las demás en este difícil e imantador género; y en tan radiante trayectoria se alinean los escasos pero sugestivos libros del autor triestino.

No se es en balde biógrafo de la arteria fluvial, junto con la del Rhin, por antonomasia europea. Así lo describiera en el gran siglo del espíritu hispano el poeta por excelencia de nuestro incomparable Renacimiento: “Danubio, río divino, que con tus claras ondas vas por fieras naciones discurriendo…” Menos “fieras”, pero aun asaz zahereñas son las tierras que, desde la cubierta de su barco incursionista contemplara, no ha mucho tiempo atrás el autor de El Danubio. Sin el hirsuto, indomable solar centroeuropeo, el continente estaría amputado de un miembro vital de su compleja y envidiablemente rica configuración. Microcosmos del continente, su ámbito compendia de modo admirable el carácter de su civilización, la más alquitarada presentada hasta el presente por la Historia.

Reclamado, conforme era de esperar, el sobresaliente germanista italiano por el destino de Europa y, con él, también el del mundo en el futuro próximo, ha lanzado su cuarto a espadas en tan candente como decisiva cuestión. Según su cualificada opinión, la actual y devastadora pandemia cambiará los parámetros esenciales de nuestro modo de vida en medida superior a como lo hiciera la segunda conflagración mundial. Salida de su buida y abastada pluma, tal consideración merece al menos la atención más detenida y respetuosa. Esta última actitud será desde luego del lado del
anciano cronista la más ahincada que darse pueda; no así la primera, pues lo impiden, con drasticidad irrevocable, las inexorables leyes de imprenta…

Que las secuelas del covid 19 vengan a ser en un futuro cercano tan hondas y trascendentes como las provocadas por la segunda de las guerras mundiales no es tesis o planteamiento que, por mucho que cuente con el argumento de autoridad siempre reverenciado por el abajo firmante, quepa aceptarse sin demorada reflexión, aquí -importar repetirlo- imposible. El mundo bipolar surgido de Potsdam; el consolidamiento espectacular y altamente exitoso de la Seguridad Social en buena parte de la desventrada Europa; el principio del fin del ocaso irrefrenable del colonialismo; la extensión y arraigo de la democracia en cancillerías y naciones siempre en aumento, junto con varios otros cambios y mudanzas de muy amplio espectro, implicaron una innovación tal hasta entonces desconocida por la Humanidad. Conmovidos en sus creencias más profundas y asombrados, cuando no sobrecogidos por los efectos en su convivencia de unas transformaciones de alcance a menudo inimaginable, nuestros inmediatos antepasados -padres y abuelos- se supusieron abocados si no al fin del mundo, sí al de la era histórica presidida por Occidente.

La literatura y el arte, vigías y atalayas indeficientes del devenir de mujeres y hombres, cultivarían desde entonces y en todas sus modalidades el género
utópìco, hodierno erigido en dictador supremo de todas las expresiones de la cultura. Comparado con el cambio de ejes traído por la bomba atómica y
el eclipse irremediable de Europa, la mudanza de paisaje histórico entrañado por las consecuencias cataclismales de la cruenta pandemia importada de Asia tendrá las dimensiones que le da la pluma alertada y tremente de ese último profeta de Europa que es el italiano Claudio Magris. En coyuntura no semejante pero sí parecida, otro gran espíritu italiano, Manzoni, escribió: “Ai posteri, l`ardua sentenza…”.