Opinión

La guerra “al revés”. El 80 aniversario del comienzo de la guerra germano-soviética 1941-1945

TRIBUNA

Boris Cimorra | Lunes 21 de junio de 2021

El día 22 de junio de 1941. Las tropas del Ejército Rojo, previamente desplegados en la frontera germano-soviética, contestando a la provocación de los soldados alemanes, que desde su territorio habían tiroteado a una patrulla de la guardia fronteriza soviética, cruzan la línea fronteriza y entran en combate con las tropas del ejército alemán, también concentradas en la misma frontera.

Las tropas soviéticas superan en veces, tanto en los efectivos de la infantería, como en los blindados y la aviación, a las divisiones del Wehrmacht. Ante un empuje de la fuerza tan superior, el ejército alemán se ve obligado a retroceder y con numerosas bajas en sus filas se va retirándose de su frontera oriental, dejando kilómetros y kilómetros de su territorio a los invasores rusos.

Ya en los primeros días de la guerra, las unidades blindadas y de la infantería del Ejército Rojo, penetran a 100-150 kilómetros dentro del territorio enemigo. Con este ritmo del avance de sus divisiones, los generales rusos calculan que en un mes, como mucho dos, derrotarán al ejército germano y entrarán en Berlín, derrocando el Tercer Reich de Adolfo Hitler.

Los países europeos liberados de la ocupación alemana, producida en las campañas de 1938-39 y 40 – Polonia, Francia, Bélgica, Holanda, Checoslovaquia – reciben con los brazos abiertos a sus libertadores rusos y en estos países el poder en breve se pasa en manos de los partidos comunistas locales y se establece un sistema socialista, con la ayuda fraternal del “gran hermano” (hermana) – la Unión Soviética.

El sueño del Gran Caudillo ruso, Vladimir Lenin, de que el mundo entero, un día, se convertiría en un Mundo Comunista, ya empezaba a cumplirse. Una Europa Comunista es sólo el primer paso en la conquista del Comunismo Mundial.

Pero ¿qué está contando el articulista? – preguntará cualquier lector que conoce mínimamente la historia de la Segunda Guerra Mundial. ¿Acaso no sucedió en la realidad todo lo contrario y fue, precisamente, la Alemania Nazi que había atacado a la Unión Soviética de Stalin, justo el día 22 de junio de 1941, rompiendo el “Pacto de No agresión” firmado entre ambos países dos años antes? ¿Y que el Wehrmacht aplastó al Ejército Rojo, llegando las tropas germanas en tres meses y medio hasta la propia capital soviética, Moscú, casi ganando la guerra? ¿O sea, no ocurrió todo al revés a lo que está contando el autor de este artículo?

Y tendrá toda la razón el sabio lector. Lo que había sucedido a partir del 22 de junio de 1941 en la vida real fue justo al revés. Pero, pero, pero... Quiero contar en el presente artículo que todo podía haber ocurrido de forma totalmente diferente, si Hitler, sabiendo de los preparativos de Stalin para invadir Alemania, no se le hubiera adelantado al dictador soviético y con ello los acontecimientos se sucedieran tal como los conocemos.


Stalin planeaba atacar a Alemania Nazi en verano de 1941.
Lo revelan los documentos desclasificados en la época de la Perestroika de Gorbachov y de la Rusia postsoviética de Yeltsin. Existen planos y mapas, adjuntos al texto explícito de una Directiva del Despliegue Estratégico del Ejército Rojo para atacar e invadir el territorio alemán, preparado por el Estado Mayor de las fuerzas armadas de la URSS, a finales de 1940. Las fechas que se barajaban para tener las tropas preparadas para la invasión, eran del verano del 1941, los meses de junio-julio como más tardar.

Lo demuestra el hecho de que a finales de mayo de 1941, en la URSS había empezado un “encubierto” despliegue estratégico del Ejército Rojo hacía su frontera occidental, bajo la tapadera de unas maniobras rutinarias que las fuerzas armadas solían realizar en diferentes fechas para el mantenimiento de un adecuado nivel combativo de sus tropas.

Pero no eran unas simples maniobras, ni mucho menos.

Para que el enemigo no lo detectara, por las noches, miles de trenes (más de 3.000) estaban llevando hacia la zona fronteriza cientos de miles de soldados y oficiales con miles y miles de las piezas de artillería y de los blindados que, una vez descargados, se escondían en los bosques cercanos a la espera de la orden de Moscú de entrar en acción. En cercanías de la frontera fueron construidos medio millar de aeródromos de campaña y pistas de aterrizaje a las que llegaban miles de aviones preparados para despegar y bombardear las tropas enemigas en su propio territorio en una profundad de 200-300 kilómetros y más.

Claro está, ocultar por completo un despliegue de esta grandiosa maquinaria de guerra fue imposible, y el Estado Mayor de la Wehrmacht conocía, a través de sus servicios de información y de espionaje, sobre estos preparativos del Ejército Rojo. Pero los generales alemanes no sabían y no podían imaginar ni la verdadera envergadura del despliegue ni el tamaño real del ejército con que se les esperaba enfrentarse.

La versión oficial soviética asegura que el ejército alemán a la hora de atacar a la URSS tenía una importante superioridad numérica y armamentística. De allí tan terrible derrota que había sufrido el Ejército Rojo en los primeros meses de la guerra. Pero, como demuestran los numerosos documentos, muchos de ellos ya del pleno dominio público, esta afirmación es completamente falsa.

Al principio de la guerra, las fuerzas armadas soviéticas disponían de 300 divisiones (más de 5 millones de efectivos) y tenían desplegados en la frontera occidental: 15.000 mil tanques, entre ellos 5.600 de los más nuevos modelos, cuyo armamento y blindaje fueron bastante superiores a los de los envejecidos Panzer germanos; y más de 10.000 aviones. Todo esto superaba a las tropas alemanas concentradas en el frente “ruso”: en los efectivos en 1, 5 veces, en tanques en 4 veces y en aviones en 2,5 veces.

Si, como ya he mencionado, el despliegue “estratégico” había empezado a finales de mayo de 1941, según los cánones militares debía haberse terminado en la primera-segunda semana de junio, encontrándose las tropas preparadas para atacar a partir de mediados de junio. Si no estaba previsto el ataque en estas fechas, no tenía ningún sentido la movilización de toda esta enorme maquinaria de guerra sin tener una fecha del ataque, próxima al final del despliegue, manteniendo las tropas, preparadas para empezar la campaña, un largo tiempo sin actividad alguna y además a la vista de los servicios secretos del enemigo. Esto va contra cualquier lógica militar.

Por tanto, suponer que Stalin había fijado el inicio de la guerra con Hitler para el 22 de junio de 1941, tal como lo está insinuando un historiador ruso, el máximo experto en el tema de la última guerra germano-soviética, Mark Salónin, es más que probable. Mark se basa su teoría en unos documentos indirectos, ya que los “directos”, según él, o no existían nuca en forma escrita, sólo oral y lo sabían 5-6 los máximos colaboradores de Stalin en el Politburó del PCUS y en el Gobierno de la URSS. Y si realmente existía algún “papelito” que podía haber mencionado la fecha del supuesto ataque de la URSS a Alemania Nazi, fue destruido al día siguiente de haber cruzado las tropas alemanas la frontera de la URSS.

La idea de atacar a Alemania no le vino a Stalin simplemente por capricho aquel verano de 1941 o por prevenir un posible ataque de Hitler en las mismas fechas. No, el dictador soviético no sabía ni de cerca la intención de Hitler de enfrentarse con su rival bolchevique en aquel momento. Ni antes tampoco.

Si el Caudillo Rojo hubiera querido agredir a su homólogo, el Führer Nazi, podía haberlo hecho en el mismo año 1939, cuando su ministro de exteriores, Mólotov, y el germano, Ribbentrop, habían firmado el “Pacto de No agresión” que había recibido este mismo nombre Pacto Mólotov-Ribbentrop. En el año 1939, el Ejército Rojo era más grande, más fuerte y más poderoso no sólo que el entones aún bastante inferior el ejército alemán, sino que los ejércitos alemán, francés y británico juntos.

Cabe señalar que Hitler, llegando al poder en 1933, se ha atrevido a romper el humillante Acuerdo de Versalles – que prohibía tajantemente a Alemania derrotada a tener en adelante sus propias Fuerzas Armadas – sólo en el año 1935. Fue cuando Führer empezó la construcción de un poderoso ejército, bien armado y perfectamente adiestrado. Claro está, en sólo 4 años –para 1939 – conseguirlo del todo fue imposible. Pero en el 1941 ya se estaba acercándose a la meta.

Así que Stalin, si hubiera querido atacar y conquistar solo a la Alemania Nazi, lo podía haberlo hecho en el mismo año 1939 o incluso antes, en lugar de firmar el “Pacto de No agresión”, sin tener ni más mínimo miedo de que Hitler, con un ejército más débil en veces que el Ejército Rojo, se atreviera a empezar la guerra con la todo poderosa en aquel momento la Unión Soviética. ¿Entonces qué sentido real tenía el Pacto Mólotov Ribbentrop?

El “Pacto de No agresión” – una tapadera para dos.
Para Stalin “tragar” únicamente a Alemania era un bocado de poca hambre. Él quería todo el “pastel”, toda la Europa “burguesa, imperialista y anticomunista”. Y luego irse ya por la conquista de los demás continentes, hasta que todo el mundo no se convirtiera en el Mundo Comunista, bajo la bandera roja con la hoz y el martillo y con un escudo donde el globo terráqueo simbolice este Universo Comunista terrenal.

¿Acaso no este fue el sueño del viejo Marx y de los bolcheviques, quienes fueron los primeros de haber convertido este sueño en la realidad en la sexta parte terrestre con su Revolución en 1917, encabezada por Lenin, Trotski y Stalin? ¿Para qué entonces, desde el primer día en el poder, los bolcheviques empezaron a construir un gigantesco Ejército Rojo, dedicando a este objetivo todos los recursos materiales y humanos, privando a la propia población de lo más necesario y dejando morir de hambre a varios millones de ciudadanos, para los que no quedaba el pan y otros alimentos, mientras el país soviético estaba exportando miles de toneladas del grano, mantequilla y otros alimentos básicos, para obtener las divisas con que comprar la maquinaria y las piezas del armamento necesarias para la industria militar y para las fuerzas armadas. Todo esto poderoso e invencible ejército, según la doctrina bolchevique, debía servir para apoyar los levantamientos revolucionarios comunistas en todos los países del mundo para derrocar los gobiernos democráticos burgueses, instalando el sistema socialista comunista como en la Unión Soviética.

Pero en aquel 1939, el ejército “bolchevique” tampoco era capaz de luchar contra todos los países de su entorno, y Stalin había ideado un “genial” plan: utilizar a Hitler, con sus ambiciones revanchistas y de venganza por las humillaciones impuestas a Alemania por las potencias vencederas en la Primera Guerra Mundial, principalmente Francia y Gran Bretaña, empujándolo a Führer a una guerra contra ellas. Y, una vez derrotados y conquistados estos países por el Tercer Reich, empezar la guerra contra Alemania, eufórica de sus conquistas, pero con un ejército bien desgastado en los combates anteriores. De esa manera la URSS se apoderaría tanto de su rival principal, como de sus conquistas consumadas. Ya sabemos de la historia de la Segunda Guerra Mundial: cualquier país, zona o región que quedaron ocupados por el Ejército Rojo, en pocos años se convirtieron en los países socialistas con unos regímenes comunistas.

Este brillante plan maquiavélico de Stalin lo describe con detalles y exquisita imaginación otro historiador “disidente”, ex agente de los servicios secretos soviéticos, fugado al Occidente, Viktor Suvórov, en su interesantísima obra Ledokól (El rompehielos).

Así que, Stalin decide animar a Hitler a enfrentarse directamente con las principales potencias democráticas europeas a las que él odia igual o más que el propio Führer. Además, la situación es muy favorable. Francia y Gran Bretaña, para conservar la paz en Europa hacen la vista gorda y permiten a Hitler anexionar descaradamente a Austria y luego a una parte de Checoslovaquia – los Sudetes – cuya población mayoritariamente era alemana. A pesar de que entonces, en 1938, cualquiera de estas dos potencias tenía un ejército superior al de Hitler y le podía haber parado los pies. Pero nadie en Europa, y menos todavía Francia y Gran Bretaña, querían una nueva guerra después de los devastadores efectos de la Primera Guerra Mundial, con decenas de millones de víctimas y unas enormes destrucciones. El Acuerdo de Múnich, firmado por Francia y Gran Bretaña con Alemania Nazi y su fiel aliado la Italia de Mussolini, el 30 de septiembre de 1938, lo demuestra claramente: las “democracias” europeas intentaban apaciguar las aspiraciones bélicas de Hitler, “reconociendo” sus recientes conquistas.

Estas debilidades de Francia y de Gran Bretaña dan más razones al plan de Stalin de enfrentar a Alemania con Francia y Gran Bretaña. Pero hay una razón, quizás la más importante. El Caudillo Rojo conoce muy bien la situación económica de Alemania Nazi. Las gigantescas inversiones que Hitler estaba haciendo en la industria bélica, en la construcción del poderoso ejército, en las infraestructuras que creaban millones de puestos de trabajo, sacando a la mayoría de la población del hambre y de la miseria en que se encontraba el país, después de perder la Primera Guerra Mundial y obligado a pagar las millonarias contribuciones a las potencia ganadoras, principalmente a Francia – según el ya mencionado Acuerdo de Versalles” – por los daños ocasionados a estos países durante la guerra.

Todos estos enormes gastos habían vaciado las arcas del Tercer Reich, ya no quedaban las reservas del oro, la economía estaba al punto del colapso. Para salir de esta dramática situación había sólo un remedio, muy de acuerdo con el espíritu bélico de Hitler: una eficaz guerra contra sus principales vecinas, Francia y Gran Bretaña. Su conquista le proporcionaría al Tercer Reich los recursos y las riquezas necesarias para sacar a Alemania del colapso y convertirla en una súper potencia, el sueño de Hitler de toda su vida.

Pero para irse a esta guerra, Führer tenía que asegurarse de que otra potencia vecina y poderosa, la Rusia Bolchevique, no le golpeara a sus espaldas, obligándolo a combatir en dos frentes y perder la guerra, como siempre ocurría con Alemania cuando ella estaba luchando en varias frentes a la vez. Hitler lo escribió con la meridiana claridad en su libro Mein Kampf (Mi lucha) a que Stalin había estudiado detalladamente.

Y Stalin hace, como se dice en el ajedrez, una jugada maestra. Propone a Hitler firmar un “Pacto de No agresión”, garantizándole la “neutralidad” en caso de que Hitler decidiera empezar la guerra en Europa.

Pero a cambio pide un gran precio: la mitad de Polonia, países Bálticos, una parte de Rumania - la Besarabia - y algunas “cositas” más. Y aunque el precio fuera muy alto, Hitler estaba encantado. Cuentan los testigos presenciales, que cuando Ribbentrop trajo a Berlín el texto firmado por Molotov, el 23 de agosto de 1939, con un protocolo secreto adjunto y el mapa del reparto de Europa entre los dos dictadores, rubricada por el propio Stalin, Hitler estaba saltando de alegría, gritando: “¡Lo he conseguido!” Mientras, Stalin, en su despacho de Kremlin, en un círculo muy reducido dijo: “¡Hitler ha picado!”. Así surgió este tan famoso Pacto, que, prácticamente, dio el comienzo a la Segunda Guerra Mundial, la más devastadora en la historia de la humanidad.

Por supuesto, ni Hitler pensaba no agredir finalmente a la Rusia bolchevique, ni Stalin a la Alemania Nazi. Ambos dictadores, el rojo y el marrón, simplemente estaban esperando el momento más oportuno para atacar uno al otro. Incluso habían coincidido en las fechas. Hitler simplemente un pelín adelantó a Stalin y la Guerra fue tal como la conocemos.

Pero si Stalin hubiera adelantado a Hitler, como he escrito al principio de este artículo, todo podría haber sucedido de otra manera.

¿Habría logrado el Ejército Rojo con tanta facilidad – como lo hizo el Wehrmacht alemán en los primeros tres meses de la guerra contra la URSS – a derrotar las tropas alemanas y en un tiempo récord llegar hasta Berlín? ¿Se entrarían los EE.UU. en la guerra, aliándose con la Alemania Nazi ante la amenaza de la bolchevización de toda Europa? ¿Y podría haber sido entonces la Segunda Guerra Mundial una “guerra al revés”?

Esta y otras preguntas por el estilo pueden ser unos temas para las obras de historia ficción, ya que la historia real es tal como es y no admite el “modo subjuntivo”.

Dedico este artículo, en primer lugar, al pueblo ruso al que la Victoria en esta guerra costó 27 millones de vidas. Y, en segundo lugar, al “heroísmo” de los actuales historiadores y publicistas rusos, que se están atreviendo a revisar la Historia “oficial” de su país, con el único propósito de completarla para que fuese una Historia “verdadera”. Sin esta labor, los gobernantes de turno en cualquier país del mundo siempre intentarán a sustituir, incluso por la ley, “la verdad histórica” por “la memoria histórica”. Ya que la memoria es selectiva y la verdad no lo es.