Alicia Huerta | Miércoles 10 de septiembre de 2008
La definición que hace la omnipresente Wikipedia del término demagogia no deja lugar a dudas. Para la enciclopedia de la red, la demagogia es una estrategia política que consiste en apelar a emociones para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica y la propaganda. Me parece que en ello andamos. Y nuestro Diccionario de la Real Academia es aún más preciso y la define como la “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”.
No me digan que no les suena. Llevamos pocos días de actividad política después de unas largas vacaciones y lo único que parece existir en los informativos son los anuncios de nuevas y polémicas propuestas, no sé si de verdad son proyectos, lanzadas a bombo y platillo desde todos los frentes del Gobierno. Y así, hablando de la reforma de la ley del aborto, de la iniciativa para regular el suicidio asistido, de si los ministros están divididos a la hora de opinar acerca de los contratos a inmigrantes, de si Garzón encontrará o no la vía del estrellato con su particular memoria histórica, y, por supuesto, de una subida de pensiones para los más desfavorecidos, que esto sí que vende y mucho, se nos pasan los días y ya no nos ponemos a comentar la brutal subida del paro o la crisis, de la que sí hablan otros Gobiernos del mundo occidental.
Hablan de ella sin complejos y, además, que es al final de lo que se trata, toman medidas para paliar sus efectos en las cartillas de los ciudadanos. Pero no, no se preocupen. La vicepresidenta del Gobierno acaba de declarar que es cierto que vivimos, como lo hacen todas las economías avanzadas, una situación económica complicada, pero que España está en mejores condiciones que otros para hacerle frente. Ignoro a que tipo de condiciones se refiere, pero seguro que lo aclara. Y no me llamen ingenua. Añade, por otra parte, que para salir de la crisis “no ayuda ni la demagogia ni el catastrofismo” y que el Ejecutivo trabaja “sin descanso y con rigor, convencido de que vamos a superarla con las medidas adecuadas y con el esfuerzo de todos”. ¿Son las medidas adecuadas a las que se refiere De la Vega esas de las que todos nos vemos obligados a hablar estos días? No sé. Yo pensaba que sería algo mucho más pragmático, digamos más económico, más de sacar la calculadora.
Que la democracia es la única forma legítima en la que todos podemos convivir, ya nadie con sentido común lo pone en duda. Por eso precisamente, conviene que no nos olvidemos de la advertencia de Aristóteles, quien se oponía a la democracia como forma de gobierno adecuada, ya que la consideraba como la tendencia inevitable para que el pueblo llano caiga en la demagogia como poder. Pero no, el pueblo no se deja engañar. Hablará de lo que toque en las tertulias, pero sabe muy bien lo que quiere: conservar su trabajo, su casa y su dignidad a la hora de votar.
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