“Señoras y señores diputados, tras las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019, para conseguir mi investidura, necesité los votos de los secesionistas catalanes y vascos, de los filoetarras y de los comunistas. Los conseguí gracias a una serie de concesiones, entre otras la de los indultos a los encarcelados por el gravísimo delito de sedición contra el orden constitucional. Los necesité también para la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Y los necesito ahora para completar la legislatura”.
En lugar de decir la verdad, Pedro Sánchez cumplió ayer de forma minuciosa con las instrucciones de Iván Redondo, desarrollando el relato que oculta el origen de los indultos concedidos, desviando el debate hacia las ventajas o inconvenientes de la gracia otorgada.
Pablo Casado, que se ha convertido en un excepcional orador parlamentario, acorraló a Pedro Sánchez y le golpeó certeramente eludiendo el debate indultador para centrarse en la política inequívoca de Pedro Sánchez: permanecer en la silla curul del palacio de la Moncloa.
Al presidente del Gobierno le entraron por un oído las palabras de Casado y le salieron por el otro sin herir su imperturbable cerebro. Pedro Sánchez está demasiado lejos de Francisco Silvela, que el 24 de octubre de 1903 se sinceró ante el Congreso de los Diputados afirmando: “Tened la caridad al juzgarme por el único acto de que me considero culpable: el de haber tardado en declarar a mi país que no sirvo para gobernar”.