Opinión

Leticia Sánchez Ruiz y la fuerza abrasadora de todos los veranos

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Jueves 01 de julio de 2021

La inmensa escritora asturiana no apea camisetas, ropa cómoda, ojeras hasta los tobillos, callos en los dedos y una fuerza en la escritura, un empuje en la hipotaxis, una magia en la subordinación que solo puede ser embeleco y espejismo en mitad del actual erial gramático. Lo dijo Rafael Sánchez Ferlosio y pocos asintieron: “No existe literatura sin hipotaxis”. Iván Alonso, su marido, peto y espaldar familiar, es pieza absoluta en el engranaje editorial internacional de Graciano García, junto a un hijo en común rubio, elfo, mago, talismán entre tres frente a todas las epidemias imposibles, allá donde la tribu salva y despeja la espesura, caldo de las palabras en la unidad robusta, escudo contra la muerte peluda.

Leticia Sánchez Ruiz comenzó a ganar premios con puro encendido bajo el cielo de Algaida, premios de muchos concejales y aparato consistorial provincial, premios de pasta larga; premios que no eran operaciones comerciales de lanzamiento y, por tanto, tenían mucho valor. Las novelas/tochos en Algaida tuvieron circulación y ventas: El gran juego, Los libros luciérnaga, etc. Un Ateneo de Sevilla o Alarcos de Novela, insigne académico de la Española, orlan un comienzo literario de laureles y mucho, mucho trabajo detrás. La gran escritora nunca cambió: rezuma calle, alegrías compartidas, sonrisas blancas, sueños largos, vida impresa, locura privada. Pica piedra y no pregunta quién está detrás espiando sobre su hombro. Pica piedra y solo descansa al bocata.

Enloqueció de escribir, de querer escribir más y mejor, así llegó a su actual etapa en editorial literaria y única, Pez de Plata, donde sus novelas son otros disparos al aire en los que ella muere de sí misma: La biblioteca de Max Ventura, Cuando es invierno en el mar del norte. Por un lado, en este nuevo ciclo auténtico, escapan dos vetas del venero ardiente y submarino: el intento de hacer metaliteratura, sin citas, junto a una novela negra de calidad, presidida por la leyenda del muerto, que es lo principal, porque sin mito no hay búsqueda real, algo así como aquello de Clausewitz de que sin niebla pierde siempre algo la guerra. La niebla del conflicto es lo que Sánchez Ruiz despeja en su prosa de tantas arrobas.

Le preguntan por los parques que cómo puede ser escritora, ella que está bien de la cabeza, cuerda y ajena al mar en chapapote de todas las polaridades encendidas. Es un minero, un obrero de las palabras, un carpintero sin horario, y lo digo así en masculino para oír desde aquí los ladridos de alguna feminista en asueto. Ve la escritura cercana a un trabajo manual, como quien repara un coche, quien pule incorrecciones, busca un ritmo, eliminar reiteraciones, puro Tetris o puzle, sí, donde las manos piensan y muchas veces el cerebro ocia. Mucho daño hizo en este país Raymond Carver y todos esos escritores sin hipotaxis, sin subordinadas, oraciones simplonas una detrás de otra donde se huele detrás el tiempo entero dedicado al libre retrete. Sánchez Ruiz quiso venir de los clásicos, de la palabra recental y sabia, con sabor y sudor, ajena a telegramas, potro de tortura.

¿Qué es la literatura? “Las mejores palabras en el mejor orden”, Alarcos dixit. La expresión de la belleza por medio de la palabra que produce en el lector un placer puro, inmediato y desinteresado”, Anson dixit. Sánchez Ruiz sabe a eso: obreraje, olla caliente, una fiebre del lenguaje que es fuego del alma dedicada a su tajo sin interrupciones. El hijo pequeño, el marido calvo, la ropa cómoda, son la mejor orla para la escritora infatigable, insobornable, imposible. Escribe en los veranos, escribe en los inviernos, escribe en las primaveras y otoños, el tiempo interno es el mismo: la sintaxis como facultad del alma, a la manera de Paul Valery, donde la única lucha de Antígona es por expresarse, según quiso Reinhardt.

Tiene tanto oficio que, de primeras, renuncia al género, y es el turbión de palabras quienes van despejando la espesura. “Mis novelas no tienen género, son vida”, dijo en alguna ocasión. Cata de aire acorralado, caza de vida secreta, verdad sin coacción exterior. Busca, a sorbos, el medio o escenario singular, las sospechas inhabituales, un hilo o hebra de soledad del que va saliendo el mogollón, textos en estado de trance y rapto, alquimia negra de otro lenguaje donde una autora con vocabulario evita tanta afasia e inepcia. Entren en su metaliteratura negra (La biblioteca de Max Ventura, Cuando es invierno en el mar del norte) y aquella otra, ya descrita, que podría ser algo así como borgeana traviesa, la de los premios del pesetamen: El gran juego, Los libros luciérnaga. Sus libros no son de ficción única, sus novelas son cajas de otras novelas, tal vez porque no es un libro tras otro, cuanto todo una Literatura (lo que se dijo de Quevedo y aquí nadie escuchó). Otro lenguaje.

¿Cuál es el veneno de Leticia Sánchez Ruiz? El secreto. A veces lo administra como curato del moribundo, otras como veneno para la alimaña. Una escritora amplia, vertiginosa, cuyo nervio es clásico, ajena a poses y ociosidades. Este primero de julio, Leticia Sánchez Ruiz suda tinta para usted. La vocación es ese toro que se lo come todo frente a uno, menos al niño pequeño y querubín, al marido calvo y fortachón. Sus éxitos son los míos. Empezar un libro suyo es colocarse junto a la lumbre o ventilador, el tufo a guiso para la cena o almuerzo, el tufo tierno a pis de gato. Escritora de la vida, sin el menor ensayo probeta, donde la espuma en la cresta de la ola –como en Rayuela- dura para siempre. Uno de julio, estreno del gran verano obrero, pronto Sánchez Ruiz ocupará el alma de todos ustedes.