Hay que reconocer que quitarnos de en medio a Pedro Sánchez no va a resultar tarea fácil. Se trata, más bien, de una operación hercúlea; con suerte, muy lejana y que ahora se antoja casi imposible. Los optimistas que sueñan con el cambio de ciclo no asumen que dos largos años de legislatura son más que suficientes para que el Ejército que defiende La Moncloa se atrinchere y llene de minas el campo de batalla. Iván Redondo y compañía son capaces de lo inimaginable con tal de aguantar en su inexpugnable castillo del poder.
Es evidente que las pocas Instituciones del Estado que todavía no controla Sánchez tienen los días contados. El Tribunal de Cuentas, por ejemplo, ha emprendido una encarnizada y valiente batalla contra los ataques del Gobierno para defender su independencia. Pero cuesta creer que logrará repeler el asedio por mucho tiempo. Torres más altas han caído. Y, cualquier día, asistiremos al derribo del Poder Judicial por mucho que el PP y los medios de comunicación independientes se desgañiten denunciando la maniobra inconstitucional en marcha. Porque está en marcha. Y así, hasta el infinito. Pedro Sánchez se dispone a controlar todo el poder del Estado. Y le queda poco para lograrlo.
Cuantas más encuestas reflejen el hartazgo de los españoles con las majaderías de Pedro Sánchez, peor. Si todos los sondeos vaticinan una victoria del PP, peor. Porque el batallón de Moncloa es como un perro rabioso. Ataca con ferocidad cuando se siente amenazado. Y hasta el más desinformado sabe que ahora, en unas elecciones limpias, tendrían que hacer las maletas los 22 ministros del Gobierno de coalición con su presidente a la cabeza y los cientos de miles de mariachis que tocan (y cobran) al son del poder. Pero hay que insistir en esos dos eternos años que quedan para que las urnas salgan a relucir.
Conviene recordar que buena parte del Gobierno y de sus asesores han crecido políticamente en Venezuela. Allí han mamado su sectaria ideología, han cobrado puñados de dólares de oscura procedencia para llenar sus alforjas de la propaganda comunista que encarcela a los dirigentes de la oposición y agujerea las urnas. Como en Nicaragua o en Rusia. Allí la democracia se llama Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Vladimir Putin. Los demás son fascistas. Y el fascismo hay que aniquilarlo. ¿Por dónde anda, por ejemplo, el bueno de Guaidó? Y en España, para los soldados del poder, la democracia solo tiene un nombre: Pedro Sánchez. Lo demás es la extrema derecha. Basta con asomarse al Hemiciclo cualquier día de debate para comprobarlo. Los que se autodenominan antifascistas superan los 190 escaños. Y tienen el mismo interés (o casi) que el líder socialista por mantener el estatus. Hacen lo que se les antoja en nombre de la soberanía popular. Y, a día de hoy, tienen razón por muchas barrabasadas que cometan. Y ese escuadrón de diputados se inventará las leyes que se le antoje con el único objetivo de escabechar al centro derecha. Y a eso van a dedicar los “progresistas” todos sus esfuerzos en lo que queda de legislatura. Porque es lo único que les importa. ¿Qué sería de Podemos, de Bildu, de ERC o del PNV sin Pedro Sánchez en La Moncloa?
En esta situación, ante la enorme dificultad para que la oposición llegue viva a las próximas elecciones generales solo queda una posibilidad. Porque hay que evitar que la catástrofe socialcomunista se eternice en el poder.
Es evidente que a Pedro Sánchez se ha hecho adicto a habitar el palacio de La Moncloa, montar en el Falcon para solazarse en Doñana o irse de parranda a un concierto en Benicassim, vivir a cuerpo de rey (con perdón) con todos los gastos pagados. Pero también resulta evidente que si Pedro Sánchez ganara las próximas elecciones generales, que ya sabemos cómo se las gasta, a España, ahora sí, no la reconocería ni la madre que la parió, que diría Alfonso Guerra. No conviene, por tanto, arriesgarnos a que eso ocurra.
Y aquí está la solución, que a muchos les sonará a cachondeo: si Pedro Sánchez dimite como presidente del Gobierno y se retira, todos los españoles deben comprometerse a sufragar con sus impuestos el tren (o el jet) de vida que lleva para pagarle su estancia en La Moncloa, llenar de queroseno el depósito del Falcon para que se dé unas cuantas vueltas al mundo y engrasar su helicóptero para que lleve a la familia de picnic. Con esta colecta, no solo ahorraríamos un dineral al tributar a Hacienda. Evitaríamos que este hombre endiosado y tramposo nos gobierne de por vida y aniquile la democracia y la convivencia en España. En efecto, suena a cachondeo. Pero lo siento. No se me ocurre otra posibilidad. Aún peor; creo que no la hay.