Opinión

La historia contra la Ley de Memoria Histórica

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 09 de julio de 2021

La infame Ley de Memoria Histórica no sólo ataca a la convivencia política y al espíritu de la reconciliación nacional, sino que también es el mayor instrumento de censura contra la Historia, como ciencia y género literario que es, que ha pergeñado un gobierno español jamás. La Ley de Memoria Historia socava de modo perverso y brutal todos los principios con que se elabora la Historia desde Tucídides, hace veinticinco siglos, y al pervertirla termina con su utilidad como el mayor artefacto científico que tenemos para prevenir el futuro a partir de los principios interpretativos y modelos de análisis que tenemos para entender el pasado. Todo relato histórico que no soporta el análisis crítico no es verdad. Además, la historia nos ha enseñado que no hay verdades estáticas sobre los hombres, sólo experiencia de reacciones humanas y comprensión de situaciones particulares. Como modo tanto de acción política como de análisis, la historia cultiva la prudencia social y el juicio libre colectivo, y muestra la necesidad de tal cultivo en libertad. Los grandes historiadores nos ofrecen una historia de las experiencias reales de personas ubicadas en un contexto que, interpretado correctamente, revela la conexión entre sus acciones y la realidad de la situación. La gran utilidad de la Historia depende de una síntesis de informes e interpretaciones precisos. Aquellos deben ser rigurosamente veraces, y éstas ajenas al interés político del momento. La ciencia histórica jamás puede ser acrítica, que es lo que precisamente quiere la Ley catequística de Memoria Histórica con nuestra historia contemporánea que, por otra parte, es la única historia que existe si nos atenemos a la etimología griega del término, historia como relato de lo que se ha visto. Todo acontecimiento histórico es siempre particular, nace en un clima emocional e intelectualmente particular, es mirado desde un punto de vista particular, responde a una necesidad particular, se realiza bajo condiciones particulares y jamás se pueden extrapolar a otros momentos.

Buscar la verdad o lo seguro ( “tò saphès”, que diría Tucídides ) guiado sólo por los intereses políticos, los viejos prejuicios, muy a menudo asentados en la mentira y el dogma, y la conveniencia electoral, que la ley citada impone, supone la mordaza y el aniquilamiento de la Historia. Los actores de la historia política no sólo llevaron a cabo acciones y tomaron decisiones políticas, sino que también, lo mismo que los historiadores, intentaron interpretar la situación en la que estaban inmersos y sus circunstancias. Los políticos de hoy y de ayer evalúan continuamente el curso probable de los acontecimientos y las consecuencias probables de sus acciones. El político, como el historiador, razona sobra la base de la información que posee y lo que cree sobre las regularidades de la experiencia humana, desde lo que es o ha sido hasta lo que probablemente será. La Historia no es simplemente una serie de hechos más o menos precisos, sino de interpretaciones más o menos realistas, no es un relato moral que enseñe una lección universal sobre el comportamiento adecuado en todo tipo de circunstancias, sino una interpretación realista de un período histórico particular; no es otra cosa que interacciones interpretadas e interpretaciones interactivas.

La Ley de Memoria Histórica es aún peor y más bárbara que el Índice de los Libros Prohibidos de la Santa Inquisición, y más funesta que el Decretum Gelasianum, porque convierte los saberes históricos en saberes inútiles, al no poder ser tratados ni interpretados científicamente, y algunas veces en fábulas o apólogos de consumo en una sociedad totalitaria. Esta ley criminaliza la investigación histórica sin anteojeras, esto es, la ciencia histórica. Pero no hay Ley, por roja y bárbara que pueda ser, que pueda sofocar por completo la vocación irrefrenable del historiador verdadero, aunque éste pueda ser quebrantado en el camino por crítico y desviacionista, como mártir de la verdad, igual que tantos otros lo fuesen también por las dictaduras rojas. España está empezando a sufrir los dogmas contra la libertad propios de toda la fantasmagoría totalitaria de acuerdo con una dictadura roja. Ahí está, como ejemplo, la expulsión del profesor de Secundaria a causa de enseñar a los alumnos la evidencia biológica de que a los seres humanos la Naturaleza nos dividió en dos sexos – de ahí viene precisamente la raíz de sexus en latín, sec- “dividir”-, confundiendo la ignara autoridad administrativa, sin duda entregada con frenesí misionero a la causa gubernamental, el concepto biológico y anatómico de sexo con los infinitos géneros que efectivamente la cultura humana puede artificiosamente inventar y catalogar. De hecho el hombre es el único ser vivo que responde más a un valor adquirido ( o de cultura ) que a un producto de la Naturaleza. Pero aunque sea así, aún tenemos un soporte material bastante evidente. El gran problema del comunismo siempre ha sido el hecho de que es un puro artificio, de que no tiene nada que ver con la Naturaleza, que no tiene ni una sombra de la auténtica natura de las cosas, que es un puro constructo complicadísimo de biblioteca. Y sólo como constructo que surgió en el interior disciplinado y silencioso de la Biblioteca del Museo británico lo podemos admirar.

Recapitulando, lo que el buen historiador puede ofrecer en una democracia liberal en su narración libre – con discursos y acciones pasados – es precisamente lo que necesita saber el agente histórico, esto es, el político: una compresión plena de lo que se requiere o es apropiado para situaciones históricas particulares y la habilidad relacionada para discernir con qué acontecimientos es probable que se relacionen otros hechos; la forma en que los hombres tienden a comportarse de acuerdo con una inferencia de la historia de la experiencia humana; la regularidad que subyace en la existencia de semejanzas entre una situación histórica y otra; y, finalmente, descubrir que ciertos rasgos generales de la naturaleza del hombre permanecen constantes y que ( en general ) se ven afectados de la misma manera o de manera similar por eventos similares. Pero, ¿para qué va a necesitar saber esto el dictador Sánchez si ya tiene al factótum Ivanov?

Y, por cierto, políticos de España: no os corresponde a vosotros hacer juicios históricos sobre acontecimientos pasados de nuestra Historia. Quedáis aún mucho peor que en vuestros análisis del presente.